Local

EL LADO BUENO DE LAS COSAS

Por domingo 15 de marzo de 2015 Sin Comentarios

Por: Jaime Irizar

Desde niño en el seno de mi hogar y también en la escuela tuve la fortuna de encontrar seres que irradiaban y contagiaban en todo momento optimismo y entusiasmo, mismo que se traducía a diario con expresiones verbales directas pero sobretodo con unas actitudes positivas que retaban las situaciones más difíciles que se les presentaban. Una de las frases que les escuché decir con frecuencia y que hondo me caló, fue la de que “hay que verle el lado positivo a las cosas”, dicho tras el cual argumentaban, o mejor dicho sentían, que todas las personas, cosas o situaciones por más difíciles, malas o perversas que sean, tienen que tener su lado bueno.

Con esa idea en mente atravesé todas las etapas de mi vida llegando a consolidar también una actitud positiva y una visión de la vida. Dicen que los optimistas son seres que por su escasa información y pobre visión de conjunto tienden a tener una actitud esperanzadora y una clara convicción de que las crisis siempre sirven para mejorar las situaciones.

En cambio los pesimistas son aquellos que tienen la información más amplia de la realidad, de ahí que se les define mejor, si se les aplica el término de realistas. Son hombres secos, fríos, analistas, calculadores, a veces catastrofistas y aguafiestas, pero que con gran frecuencia tienen razón en sus predicciones y análisis. Sobre lo mismo, les digo que tal vez esto tenga algo de cierto, pero les preciso que son tan sólo los optimistas los que cruzan el río porque se animan a enfrentar los riesgos que ello implica y porque tienen confianza en sus potencialidades.

Sé muy bien que en nada abona al propósito de ser feliz, el pensar siempre en negativo. Si, el quejarse de todo, darse por vencido prematuramente, creer que las cosas no pueden mejorarse, nos hiciera a todos sin excepción felices, debería considerarse como un pecado o el mayor de los delitos el hecho de ser optimista. Sólo con fe y esperanza se puede ser feliz, y ante lo irremediable hace falta también mucha resignación. No debemos permitir que el pesimismo o el odio nos envenenen el alma y nos deje una amargura tal, que marque negativamente todos nuestros días.

Con la idea inicialmente descrita me puse a hacer análisis de los sucesos más rutinarios de la vida, algunas veces en serio, otras, en broma. En este sentido les puedo decir que al pensar en los inconvenientes lógicos de la edad avanzada, surgía en contraparte como lado bueno de ella, la sabiduría y la tolerancia que dan los años vividos; las carencias me hacían evocar automáticamente que éstas despiertan el ingenio y la creatividad; en relación a la calvicie que ha sido un signo característico de mi familia y que a todos en menor o mayor grado nos afectó emocionalmente por lo prematuro de su aparición, mi mamá nos dijo una vez para consolarnos: “ que a algunas mujeres les parecían atractivos y con aires de inteligentes los hombres calvos, pero que además, en una revista científica leyó que la calvicie aparte del componente genético de su origen, también se debía a un exceso de hormonas masculinas, o sea mijos, nos dijo hace mucho tiempo para levantarnos el ánimo y para señalar lo bueno de las cosas, que los calvos son más hombres que los mechudos”; a lo que uno de mis hermanos, escéptico a morir, respondió: “y qué chingados ganamos con eso amá, si casi nadie nos da oportunidad de probarlo”.

Mi madre sin rendirse, le esgrimió sobre lo mismo para reforzar su argumento,”pero también tienes que ver el hecho de que durante el resto de tu vida será muy poquito lo que gastarás en champús, con las economías que esto representa, sin olvidar que en un tiempo récord te secaras el pelo y te peinarás”.

Para eso de encontrar el lado bueno a las cosas, de verdad que mi madre se pintaba sola, y pienso además, basado en su ejemplo, que si nos detenemos a pensar un poquito, todos también podemos encontrar algo positivo en los sucesos que a primera vista no lo tienen. Las tragedias sociales por duras y extremas que parezcan también tiene su lado bueno, porque despiertan casi siempre uno de los sentimientos que más nos distinguen como humanos: la solidaridad. En el caso de las desgracias familiares, éstas al igual que las grandes necesidades propician y fomentan la unidad, única fortaleza para salir avante en los tiempos difíciles de cualesquier grupo social. Es frecuente oír decir que cuando alguien sufre un accidente automovilístico no fatal, los familiares y amigos en aras de consolar y levantar el ánimo a los participantes en él, expresan frases como: pudo haber sido peor; lo bueno es que sólo son pérdidas materiales; que bueno que tope sólo en eso.

Incluso cuando muere un ser querido agobiado por una enfermedad dolorosa, cama prolongada, calidad de vida muy mermada por lo crónico de su padecimiento, es común también escuchar:” lo bueno es que ya está descansando, que bien que Dios se compadeció de él y le dio ese beneficio”. Sigamos ejemplarizando: hoy día, las personas en extremo delgadas son el modelo estético a seguir y son grandes los sacrificios (dietas, ejercicios, ingestión de anfetaminas, cirugías) que hacen tanto hombres como mujeres para alcanzar ese ideal. A pesar de esto y otras cosas más, la esbeltez es obvio que tiene también su lado bueno.

Los que tienen esta condición, independientemente de lo ágiles que son, tienen una mayor expectativa de vida en comparación con las personas obesas, además de que gozan con más frecuencia de la admiración del sexo opuesto si su preferencia es heterosexual, si no, pues el de su pareja y también casi a diario reciben de casi todos los miembros de su entorno social, elogios alusivos por su particularidad física tan de moda, alimentando así su ego y en consecuencia gracias a ello elevando su autoestima.

Con los ejemplos antes citados puedo seguir mencionándoles otros, sólo para defender la creencia de muchos de que todo lo malo tiene en sí, algo bueno y que es necesario aprender a encontrárselo si se quiere ser feliz. En efecto, si se quiere ver así, siempre podremos encontrar el lado bueno de las cosas, aunque esto no sea más que en forma de una serie de frases estereotipadas, en ocasiones ilógicas y a veces chuscas, que sólo nos sirven para utilizarlas como mecanismos de compensación psicológica que ayuda a curar el alma y conservar el ánimo al hacer comparaciones con situaciones hipotéticas más graves aún que las que uno está viviendo. Todo lo anterior es el preámbulo necesario para abordar el tema central de esta publicación, misma que se referirá a la obesidad mórbida, la que según mi pobre entender, aún no me ha dado pie para poder encontrarle el lado positivo.

Y miren que se los dice quien vivió durante su niñez, pubertad y en la etapa de adulto mayor, todas las experiencias amargas que pueden tener los gordos. Aclaro que durante la etapa de adulto joven llegué a tener un cuerpo que definían mis amigos y familiares como “rellenito”, que significaba para mi, “estéticamente aceptable”, lo cual me permitió consolidar una relación de pareja que terminó en matrimonio con la consecuente procreación de tres hijos, situación que de no haber sido así, mayores serian los lamentos que aparecerían en este articulo donde trato lo relacionado con mi cuerpo y con mi alma gorda. Hubo un tiempo en mi vida, lo confieso abiertamente, que tuve dolorosas dudas de que encontraría amores que me aceptaran con quienes pudiera dejar descendencia.

Contrario a lo que mi madre y muchos más piensan o sienten, a la obesidad, sobrepeso o como quieran llamarlo, no le he encontrado aún su lado bueno. No les voy a repetir lo que todos ya saben acerca de sus causas, mismas que pueden resumirse en una gran ingesta de calorías, aunado al poco gasto de ellas mediante la actividad física que desarrollamos.

En términos coloquiales pues, casi todos los gordos, salvo contadas excepciones (mismas que son atribuibles a enfermedades raras), somos “muy tragones y muy huevones”; que mejor definición que ésa para describirnos, perdiéndole el miedo a hablar claro y directo o de echar mano a eufemismos para disimular una verdad o para tratar de no ofender a nadie. Tengo por cierto lo anterior, aunque en mi defensa y la de muchos como yo, quiero decirles sin el ánimo de justificar nada, o de proyectar culpas, que los gordos somos el producto de una cultura mal entendida de la salud y la nutrición.

Recuerdo bien que antes por lo regular, y hoy con menor frecuencia, los bebes y niños regordetes eran la clara admiración del círculo familiar y el sinónimo más utilizado de saludable y bonito, al margen de que eran también ese tipo de bebés, el sueño dorado de toda mamá. Las madres obsesivas en el cuidado de sus hijos, hacían hasta lo imposible para que ellos comieran más allá de sus necesidades calóricas para que en breve estuvieran cachetones. Los ruegos persistentes, premios a la obediencia por comerse todo y dejar el plato limpio, y la presunción diaria de que éramos muy buenos para comer, eran, por decirlo así, unas de las estrategias más usuales.

Súmenle a todo eso, las grandes campañas publicitarias que nos terminaron de enseñar a mal comer, llenarnos con comida chatarra y rica en calorías. Cabe mencionar que es un gran contrasentido, que por un lado las autoridades de salud desarrollen programas para combatir la obesidad en virtud del gran costo que representa tratar las enfermedades a causa de ella, pero por el otro lado, las mismas autoridades permitan la venta y publicitación por todos los medios de los productos que más daño a la salud nos hacen.

Sucede lo mismo con las bebidas alcohólicas, el cigarro y los medicamentos que día con día ven crecer su consumo tras el impacto de sus efectivas técnicas publicitarias. Volviendo al tema del título de esta entrega, les quiero decir de inicio que no me queda claro, qué de grato puede haber en el hecho de ser el objeto principal de bullying en todas la etapas escolares; tener los apodos y comentarios chuscos y despectivos en torno a nuestra figura redondeada; quedarse sin bailar por tanto desaire que a nuestras invitaciones hicieron las condiscípulas; también duele el no despertar a causa de nuestro físico, pasiones arrebatadoras en las personas del sexo opuesto con quienes anhelamos sociabilizar íntimamente; ser además torpes físicamente y no destacar en ningún deporte con excepción claro está del “sumo” mismo que ni siquiera se practica en nuestro país.

Es una gran verdad que según la percepción de los demás, somos poco afortunados, menos inteligentes, y sujetos a consideraciones especiales, aspectos que casi nos obligan en compensación y en aras de agradar, a tratar de ser los más simpáticos del grupo o los mas chistosos, pero ni aún así, ello nos ayuda a conseguir nuestros propósitos de elevar nuestra autoestima. Es en la soledad, cuando más se sufre la obesidad, y es una gran mentira que todos los gorditos son felices.

Ser gordo es en sí un agravio de la naturaleza o el producto de descuido cultural y personal, pero no conforme con sufrir en silencio nuestro error, somos además satanizados con burlas, desprecios y marginaciones, sin detenerse siquiera a pensar nuestros agresores verbales, que tenemos, al igual que ellos, sentimientos y pensamientos de valor que pueden contribuir de alguna manera al bien de la sociedad. Lo estético y el dinero son los valores que en la actualidad la sociedad tiene en mayor estima. Por último les digo que en todas las casas hay espejos, qué necio afán de recordarnos a diario, ofensivamente nuestra figura. Como si ellos no tuvieran defectos o en el mundo sólo hubiera seres perfectos. Por eso tengo que decir: Lo siento madre, en ésta ocasión no te daré la razón. ¡No hay nada bueno en ser gordo!

*Médico y autor

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.