Nacional

Rostros Y Espejos – Divagaciones

Por domingo 15 de febrero de 2015 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

MISS GALAXIA

Se daba por supuesto, no ya en su pequeño planeta, su sistema solar o su correspondiente universo, sino en la inmensidad de la galaxia, en lo comprobado y en lo por comprobar, que ella era la mujer más bella y atractiva de todas las mujeres existentes.
Las demás mujeres la envidiaban y, los hombres, todos sin excepción, la adoraban y la deseaban con lascivo frenesí.
Trillones de onanistas se complacían, desde las profundi­dades encendidas de la carne, y entre artísticas fantasías eróticas, con su irresistible imagen.
Nadie, empero, sospechaba que Miss Galaxia, en el fondo de su corazón, era inconmensurablemente infeliz y, cuan­do se veía al espejo, odiaba aquel rostro yb aquel cuerpo que la condujeron a ser coronada Miss Galaxia y conver­tirse en una esclava de los artífices de la mercadotecnia, por lo que suplicaba a Dios envejecer cuanto antes, para poder librarse así de su belleza y, por ende, de los hom­bres y todo lo demás.

IDIOTAS

La humanidad, nuestra humanidad, está plagada de idio­tas. El número de idiotas, quiero decir de inteligencias menores, no hay manera de calcularlo y de hecho escapa a todos los cálculos.
Los idiotas son una calamidad, abundan por todas partes. Basta con mirarnos al espejo cada mañana para ver a un gran idiota frente a nosotros y si miramos a nuestro alre­dedor veremos idiotas en multitud.Lo admirable de este fenómeno, tan extendido, es que no hay idiota que no esté convencido de que él es inteligente.
¿Acaso, tú y yo, nos creemos idiotas y lo aceptamos así como así?
Al igual que cualquiera de los idiotas que nos rodean, tú y yo, pobres de nosotros, no perdemos la ocasión de presumir de inteligentes.
¡Qué gran idiotez!

EL GATO

El gato podía leer la mente de su amo y daba gracias a Dios de que su amo no pudiera leer la suya.
Su desprecio por su amo no tenía límites, pero, en el col­mo de la hipocresía, se dejaba acariciar por él como si tal cosa y le movía graciosamente el rabo cuando éste le servía la comida.
El gato, al igual que las jóvenes y bellas amantes de los hombres adinerados, más que servir a su dueño, solía ser­virse de él, aunque cuando éste murió, sorpresivamente, y se convirtió en un gato callejero, se pasó el resto de su vida añorándolo.

EL RESUCITADO

Cuando revivió de entre los muertos descubrió que ya no le importaba absolutamente nada a nadie de cuantos él creía que le habían amado.
Su desilusión fue tal que lo único que deseó fue morir de nuevo, pero la muerte, para su desgracia, se le negó y, a regañadientes, tuvo que continuar viviendo en lo que para él era ya un infierno: la vida.
Si te mueres, por favor, no se te ocurra resucitar.

LA ESPIGA Y EL GORRIÓN

Que la poesía existe lo testimonian el gorrión y la espiga. No todo en este mundo se reduce a la fealdad del discurso político. Tan existe la poesía, por encima y muy encima de los llamados poetas, que jamás olvidaré uno de los es­pectáculos más bellos y poéticos que he visto en mi vida, y me remiten a los días de mi infancia en los campos del Sur, donde tantas veces pude embelesarme viendo a la espiga doblándose por el peso del gorrión, en vivo aleteo, y picoteando el rubio grano de trigo.

LA VEHICULITIS

Aquel pobre hombre, pues no era más que un pobre hombre, aunque tenía sus ahorros y sobrados medios para poder vivir sin apuros económicos, se la pasaba ha­blando, con el cigarro entre los dedos y arrojando humo a su alrededor, como si fuera una chimenea de vieja fá­brica, de su vehículo; sin el que, advertía, no podría vivir, pues su vehículo era su vida.
La vehiculitis se convirtió en una grave enfermedad y se extendió de tal manera por aquella ciudad, de pequeña y miserable alma, al igual que las mortales plagas que azotaban de repente las ciudades de la Edad Media y las diezmaban.
Con el virus de la vehiculitis sucedió lo mismo, ya que se propagó a tal extremo que los vehículos, al margen de sus marcas y sus precios, terminaron destruyendo a sus due­ños y de paso a la totalidad de la población, sin mostrar la más mínima misericordia por los inocentes peatones.

LOS FAMOSOS

Cuando yo era niño, los famosos, no eran, como ahora, figurines de la T,V., futbolistas, gentecilla de la farándula y politiquillos hablantines. Entonces los famosos era seres reales de carne y hueso y de ninguna manera falacias vir­tuales como ahora suele suceder.
La T.V. no existía y, en la radio, uno escuchaba voces, pero sin rostros. En mi pequeño los famosos eran El Cojo, El Ciego, El Bizco, El Loco y un anciano víctima del llamado entonces Mal de San Vito, entre otros personajes por el estilo, a los que nadie envidiaba y, por ende, nadie pedía autógrafos y ninguno de ellos era custodiado por guar­daespaldas.

EL POZO

¿Quién tapo el pozo? ¡Ay!, el pozo aquel donde nunca se ahogó ningún niño y embellecía el patio de mi casa. Aquel pozo donde mi madre refrigeraba las sandías, introdu­ciéndolas en un canasto de caña, y sumergiéndolas en sus aguas salobres, durante las tórridas noches del verano.
¿Quién tapó aquel pozo, ahogando en él tantos y tantos recuerdos míos y de nadie más?
El pozo, sí, aquel pozo donde las tortugas conversaban con las avispas y mi alma de niño con las golondrinas.

Y PARA FINALIZAR UNA COPLILLA

Me quedo con tus mentiras/ y mis mentiras me quedo/ y me pongo por sombrero la mentira de la vida.
Hasta nuestra próxima verdad aquí en LA VEGA.

*Poeta y periodista andaluz.

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