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Gustave Courbet en la Fundación Beyeler (Basel Segunda Parte)

Por domingo 15 de febrero de 2015 Sin Comentarios

Por Alberto Ángel “El Cuervo”*

Gustave Courbet1Basilea se muestra variable cual mujer veleidosa… Lo mismo sube la temperatura hasta 14 grados inclu­so, que desciende de pronto a 5 bajo cero… De cualquier manera, como siempre, es sorpresiva y encantadora. El plan el día de hoy es ir a alguno de los dos grandes mu­seos de arte en esta ciudad medieval que, a la orilla del Rhin, fuera un día el centro del comercio y demás activi­dades de Europa y que hoy en día es centro de la actividad artística en tanto que poseedora de la feria de arte más importante y renombrada del mundo: Art Basel…

A última hora, el museo de la Fundación Beyeler es triunfador en la elección… Camino desde Breisachers­trasse hasta Claraplatz… Bajo una cuadra hacia la orilla del Rhin, siempre es delicioso caminar en la ribera… Después de unos metros vuelvo a subir para llegar a Kasserne y de ahí derecho hasta llegar a un costado de la Iglesia de Santa Clara, una de las que están dedicadas al culto cató­lico… El anuncio del “tram 6” dice dos minutos… Con su asombrosa y acostumbrada puntualidad, a los dos minu­tos exactos el tranvía llega. Abordo después de obtener de la máquina un boleto que me cuesta un franco suizo, algo así como quince pesos. Es el valor del boleto en una sola dirección dentro de la zona 1 de Basel… El trayecto desde Claraplatz hasta Rhiehen, que es una bella pobla­ción fuera y muy cerca de la ciudad de Basel, es de apro­ximadamente veinte minutos… Tal vez un poco menos. Al llegar a Beyeler, que está a solamente unos 200 metros de la frontera con Alemania, me doy cuenta que el mu­seo estará a reventar. En unos carteles de las paredes, se anuncia la “última semana de Gustave Courbet” y mucha gente no se lo quiere perder… Además, es sábado, día de descanso y de paseo. Los casilleros donde colgar la ropa y guardar las pertenencias de valor, también están aba­rrotadas, hubo que esperar unos diez minutos para que se desocupara un casillero… Guardo lo guardable y tomo la llave fijándome que el casillero es el número 55.. Antes de entrar, saludo a Walter, siempre con una sonrisa que muestra el calor brasileiro, nos recibe justo a la entrada preguntando si todo estuvo bien a la entrada y que si ne­cesitábamos algún pase de cortesía…

—¡Heeey, Alberto, qué alegría “saudarti”… ¿Cuándo lle­gaste??
—Hace apenas cuatro días… Estaré aquí trabajando hasta el día 26…
—Ah, tenemos tiempo de tomar unas caipirinhas jajaja­ja…
—Claro… Nos ponemos de acuerdo para que vayamos al atelier a que veas la obra que estoy trabajando y nos to­memos un buen tinto…
—¡Sí, sí…! ¿tudo bem… Necesita algo…?
—No, nada, todo perfecto. Muchas gracias como siem­pre, mi querido Walter…

Nos invita a pasar y se disculpa por tener que es­tar haciendo su recorrido vigilando que nadie se acerque más allá de lo permitido a las pinturas… El comienzo del recorrido siempre motiva un suspiro relajante que invita a la observación con toda la disposición emocional… Ocho salas del museo son dedicadas a la obra de este gran pin-

tor francés que formara parte del gobierno de París du­rante la afamada Comuna de 1871. Courbet se nombraba a sí mismo “realista por ser sincero con la verdadera ver­dad”. Vivió prácticamente entre los bosques europeos de la zona de la frontera con Alemania, lo que definitivamen­te tiene gran influencia en su pintura. Al ver los paisajes de Gustave Courbet, no puedo dejar de pensar en la es­cuela que Landessio dejó en México a través de enormes paisajistas como José María Velasco y Gerardo Murillo el “Dr. Atl”. Los mexicanos, grandes pintores y muy emoti­vos en su narrativa al trazar, nos dejan una obra llena de luz, de color, de sol en lo que es un verdadero documento histórico testimonio y captura del momento geográfico, físico, emocional de los paisajes de nuestro país. El paisaje de Courbet, tal vez acorde a su melancolía que refleja su obra y su existencia, es siempre la penumbra, el juego de la vida con la inevitable muerte… La amenazante natura­leza que recuerda siempre al hombre en su pequeñez, se hace presente una y otra vez en toda la obra del artista francés tanto en su paisaje que es tema dominante como en la figura humana siempre en el sufrimiento, en la zo­zobra, en la incertidumbre y la búsqueda del final en su camino. Así, no es casual que el curador de la exposición haya puesto como número uno en el orden de aparición, un autorretrato de Courbet titulado “La Fou de Peur” que en el catálogo del museo traducen como El Loco con Te­rror. Es necesario señalar que esta obra fue realizada en la época temprana del pintor cuando, según los críticos, estaba aún en busca de su propio estilo… Si el lector se fija en la parte inferior del cuadro, se dará cuenta que esta obra ni siquiera fue terminada, pero a decir verdad, no hace falta. Más aún, esa peculiaridad le brinda una fuerza mayor en el movimiento del personaje hacia el precipi­cio, la muerte, la desorganización, el caos, la desintegra­ción corporal… Este cuadro fue exhibido alguna vez con el nombre de “El Suicidio”.

Gustave Courbet2Me paso un largo rato adentrándome en este maravilloso y tormentoso autorretrato de Coubert… Pero son 60 obras entre colecciones de museos y diferentes colecciones privadas, las que se presentan en Suiza, lugar donde el pintor tuvo que refugiarse después de que fuera encarcelado en París y también en Suiza donde terminó sus días a la edad de 58 años. Los paisajes aparecen una y otra vez con esa penumbra que sabe a antiguo, a histo­ria, a esa indivisibilidad con el llamado viejo continente… Siempre he dicho que los colores en el inverno europeo son lánguidos, reflexivos… Y aquí necesariamente tengo que recurrir a la metáfora en tanto que el recurso ideal para poder ir más allá de la realidad directa, lineal y tras­pasar los muros de la realidad aparente para llegar a la realidad profunda a la que con el lenguaje directo y for­mal es imposible acceder… Sólo se asciende o desciende en su caso, por medio de la metáfora… Por eso hablo así de los colores del invierno europeo… Los conozco, me he revolcado con ellos y en ellos hasta exprimir en las obras que he pintado de este lado del mar, la languidez que ene­ro en Europa me regala cada vez. Y volviendo a Courbet, sus marinas son la melancolía… Sus paisajes la historia y el medioevo… Sus tormentas están absolutamente plas­madas en cada uno de sus trazos aún en aquellos paisajes que intentan ser mostrados dentro de la calma tan anhe­lada tal vez por Gustave…

Continúa la visita… Paso por las distintas salas en las que algunas obras motivan curiosidad tal como el pe­queño cuadro titulado: “Autoretrato de una Pipa”… Al es­tar frente a esta pintura que no es más que un óleo de una pipa colgada en la pared, no puedo evitar una sonrisa pen­sando que Courbet se burla del espectador… Y en esta re­flexión, necesariamente me remito a la posición siempre polémica del artista en la que además jugaba con plena conciencia… Alguna vez, al ser increpado por ser proclive a la constante polémica, declaró: “Si dejo de escandali­zar, dejo de existir”. La confrontación del ser humano hasta llevarlo a la cólera, la humillación, el asombro, etc han sido siempre una estrategia valiosa y funcional para la motivación de la conciencia revolucionaria. Courbet siempre se consideró a sí mismo un revolucionario… De manera constante se situaba en contra de lo establecido y su lucha se manifestó siempre por una libertad de la con­dición burguesa y consumista. Los filósofos anarquistas se identificaban con su obra y su proceder… Proudhon, el gran filósofo considerado padre el anarquismo, situó a Gustave Courbet como un “pintor proletario”…

En la sala 5 de la exposición, un paisaje, una ma­rina tremendamente impactante: “La Vague”. La emoción que proyecta aquí en el paisaje Courbet, envuelve, trans­porta hasta aquellas horas en mares fríos donde la me­lancolía y meditación se vuelcan arrollando el alma como esa ola de la obra del pintor. Nuevamente me quedo un tiempo mirando. Me acerco, me alejo, me muevo de un lado a otro, me siento y me dejo llevar por la emoción de esta marina tan peculiar, tan fría, tan distinta a los mares a los que mi niñez me acostumbró… Después de un rato, continuo el periplo en el camino de Courbet. Llego a la sala 8 y me encuentro nuevamente impactado por dos de sus obras. En primer término, “La Tormenta” una obra donde el artista plasma con toda su maestría esa emoción de temor que produce el principio de una tormenta. En la costa de Normandía, deja ver el pintor francés, la inmi­nente llegada de la tormenta que tal vez no es tan sólo en el paisaje sino también en su interior. De inmediato, la captura que ambas obras hacen del espectador se deja sentir en toda su intensidad… Aquí se hace presente la figura humana en la orilla y algunos botes lejanos en el mar… Normalmente los paisajistas plasman en su obra fi­guras humanas con un carácter estático, pero en este caso la dinámica se capta en forma asombrosa en el devenir de la tormenta. La segunda obra que me impacta contunden­temente en esta última sala, es una marina que contraria­mente está en calma… Con esta obra despide el curador magistralmente la exposición… El nombre de la pintura es “Le Bord de Mer à Palavas”… Esta obra es considerada como una verdadera joya del arte pictrórico de todos los tiempos… La figura del caballero que saluda desde una peña a la orilla del mar, enmarca la despedida de la expo­sición de manera excelente. Con una sensación de adiós en el alma, otro suspiro es inevitable. De nueva cuenta los casilleros repletos… Hacen fila para esperar el que se vaya desocupando.

Una señora me pregunta algo en alemán, supon­go que quiere saber si descocupé el casillero. Respondo con un cordial Bite (por favor). Espero que haya sido lo que pensé y no un insulto. Antes de salir, la fotografía que deja constancia de mi visita a Beyeler. Llena el alma, de regreso el tram 6 hasta Klein Basel que es donde vivo temporalmente… Me urge regresar para entrar al atelier y pintar, pintar, pintar… No sé si lo que resulte esta vez tenga influencia de Courbet, seguramente así será… De regreso observo, como siempre, esas parcelas que el go­bierno presta a quienes cultiven hortalizas para contribuir a la alimentación… Siempre hay gente trabajando no im­porta el clima… Me bajo una parada antes y entro a La­chenmeier, la tienda de arte donde desde mi primer viaje he comprado mi material de trabajo… Salgo con algunos tubos de óleo, un par de gomas y unos esfuminos que estaban en oferta… El frío arrecia, lo siento al salir de la tienda y caminar hacia el Rhin… Nuevamente camino por la ribera recogiendo como siempre la magia del que me gusta llamar “El Aguador de Europa”… Contemplo un rato el otro lado del río donde está Grossbasel, la parte anti­gua de la ciudad… La nariz se entume por la brisa helada, me envuelvo en la bufanda de lana y camino por Floras­trasse hasta llegar a la entrada del atelier… Preparo todo: La música, la paleta, el lienzo, el agua y por supuesto, una copa de vino tinto… Y ahora, me siento frente al caballe­te que aguarda a que lleguen los duendes a brindarme inspiración que de alguna manera fuera extraída de la ex­periencia que Gustave Courbet me hizo vivir con toda la intensidad que sólo el arte puede brindar y motivar…

*Cantante, compositor, pintor, autor

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