Nacional

Tomás Mejía… El fusilamiento 6ta Parte

Por domingo 21 de septiembre de 2014 Sin Comentarios

Por Andres Garrido*

pag 14 andres garrido1Los queretanos discretos se asoman curiosos con el rostro pintado de terror, desesperación, indignación y siempre de respeto, tras los visillos, azoteas, ventanas y balcones pero los de clase baja, hasta se formaron atrás de la retaguardia para acompañar al fúnebre cortejo hasta el cerrillo más famoso de todo México a partir de ese día. La mujer de Mejía, doña Agustina Castro, desmelenada y muy descompuesta trata de subir al estribo del carro que conducía a su pareja rumbo al calvario y es arrebatada del mismo brutalmente por los guardias y atropellada por una rueda, quedando de hinojos y herida en la frente y mejillas con su hijo en brazos al tiempo que daba gritos desgarradores. Media hora  acaso tarda la lúgubre comitiva en llegar a la falda oriente del cerro de referencia y el primero en bajar es el archiduque.

Mejía, sólo tiene para dar al padre Figueroa su humilde sombrero, desciende del vehículo y con paso incierto va cuesta arriba abrazado a su crucifijo sufriendo terriblemente por lo que ya sospechaba: que su linda y joven amasia presentaba ciertos síntomas de una incipiente locura.  Maximiliano les da ánimos a Miramón y Mejía con un desabrido “vamos señores”. Tras los soldados del cuadro hay solamente cincuenta curiosos a lo mucho, y todos de clase baja, exceptuando a los parientes de los dos generales condenados, según testimonio del barón de Magnus.

Doña Agustina Castro sigue gritando enloquecida de dolor con su pequeño en brazos tras la cortina militar frente al paredón, pero su marido no la escucha por el demoniaco barullo de los preparativos y tampoco la ve por estar absorto en su diálogo con Dios, el Dios al que entregó toda su vida. Llegados al lugar del fusilamiento, –bello circo donde el César era el que iba a morir, no un vulgar gladiador- los tres sentenciados se ponen frente a su respectivo pelotón de espaldas al paredón. El oficial Simón Montemayor lee una disposición que condena a muerte a quien se oponga a la ejecución. El archiduque pide permiso y se adelanta hacia sus verdugos para dar una moneda de oro a cada uno y suplicarles que no le tiraran al rostro.

Ya de nuevo en su lugar hace una proclama en voz alta donde resalta la libertad e independencia de México. ¡Qué desvergonzado al decir eso, siendo un intruso en los asuntos que sólo conciernen a los mexicanos! Mejía reparte una sola moneda a los miembros del pelotón que lo van a fusilar para que sea repartida entre ellos. Miramón sólo reparte ojos de pistola. El Macabeo saca un papel de entre sus ropas y a viva voz lanza un mensaje donde se deslinda del título de traidor para él y su descendencia. Maximiliano abraza a sus dos generales y les comenta que “dentro de breves instantes nos veremos en el cielo”. Todavía bromeó con ellos si habrían de caer de cara al sol o boca abajo. Miramón dijo que boca arriba pero Mejía pidió que no se hablara de ello. En lo alto se ven unos zopilotes que forman una negra corona sobre la cabeza del Habsburgo, quien se despide de Miramón cediéndole el lugar central y ocupando él el extremo izquierdo al tiempo que le dice: “General, un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas. Antes de morir quiero cederos el lugar de honor”.

Se dirige a Mejía y le espeta que “lo que no se premia en la tierra lo premia Dios en la gloria”. Mejía alcanza a musitar “Madre Santísima”. Dice Agustín Rivera que “Mejía fue tan avaro de sus palabras como el rico de su oro; no quiso proferir ninguna palabra inútil, miró con noble orgullo y desdén a sus enemigos, los juzgó indignos de dirigirles la palabra y no les dio satisfacción alguna, dejando a la posteridad el juicio de sus hechos”. En estos momentos, un niño vestido con elegancia, se acerca a Maximiliano y le ofrece tres vendas finísimas bordadas por encopetadas damas queretanas que llevaba en charola de plata. Max las toma pero enseguida las deja caer,  quizá para morir con los ojos viendo de frente a los opresores.

Toda esta larga sucesión de hechos ha ocurrido ya en un silencio harto sepulcral, lleno de tensión, en el que aún algunos soldados están llorosos. El penoso silencio es roto por el capitán Simón Montemayor que grita los terribles “preparen, apunten…” Maximiliano se separa la barba y señala su pecho, Miramón dice “aquí” mostrando su pectoral y levantando la cabeza, mientras Mejía separa de su cuerpo el crucifijo para que las balas no lo dañen, dejándolo en su mano derecha, extendida, lejos de su tronco.

Se oye el “fuego” e inmediatamente se escucha una descarga perfecta que pareció producida por un solo fusilero. “Esa descarga echó por tierra a las tres columnas del imperio”, dijo don Bernabé Loyola.  Como fulminados caen al piso los condenados. Mejía recibió el tiro de gracia, al no morir con la descarga. Según Bernabé Loyola –que no fue testigo ocular de los hechos- el tiro de gracia lo ordenó Montemayor a Blanquet, quien lo dio de manera magistral.

El cuerpo de Mejía es recogido por doña Agustina y amigos del bravo general occiso,  quienes reciben el aviso de que el cadáver de su antiguo amasio y jefe –respectivamente- será llevado al templo de San José de Las Capuchinas –lo mismo que el de Maximiliano- donde será embalsamado por cuenta de Escobedo. Se dice que después de recibir la noticia del fusilamiento, Juárez cayó durante una semana en un estado de decaimiento.

*Doctor en Derecho y Cronista del Estado de Querétaro.

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