Nacional

Tomás Mejía…. La sentencia (4ta Parte)

Por domingo 7 de septiembre de 2014 Sin Comentarios

Por Andres Garrido*

El 31 de mayo, en la prisión de Capuchinas, Mejía recibe a su humilde esposa o amasia, la indígena tolimanense Agustina Castro Martínez, quien lleva a su pequeño hijo en brazos. Esa noche se aparece un hombre encapuchado en la celda de Mejía y le habla quedamente, muy cerca del oído, para proponerle salvarlo, sacarlo de allí, y para ello contaba con influencias en el gobierno y prestigio ante los militares.

Somnoliento Mejía, no pudo reconocer la voz de su encapuchado interlocutor, pero tenía la suficiente conciencia como para preguntar cuál sería la suerte de su antiguo jefe Maximiliano y de su compañero Miguel, a lo que el lóbrego y críptico personaje dijo que la propuesta no incluía más que a él: Tomás Mejía, a quien no pocos liberales veían con simpatía por noble, caballeroso, humano y congruente.

Con determinación don Tomás contestó que no aceptaba ningún trato donde fueran excluidos sus dos compañeros de infortunio. Páramo Quero sostiene que el ofrecimiento no venía de Escobedo sino del liberal queretano Hipólito Alberto Viéytez, a la sazón Secretario de gobierno en la administración del gobernador del estado de Querétaro Julio María Cervantes, nombrado por el presidente Juárez al concluir el sitio.

La conseja queretana dirá que fue Escobedo el que le propuso personalmente a Mejía el salvarlo, pero en el año de 1891, en una pocilga situada en la ciudad de México, la viuda Agustina Castro de Mejía, le dirá a un reportero de “El Universal” que el autor de la propuesta de fuga no fue Escobedo sino un militar de apellido Alcaraz y que su esposo no había querido fugarse porque dicho proyecto le pareció candoroso e imposible.

El domingo 16 de junio por la mañana, Escobedo firma la sentencia y ésta es llevada a Capuchinas por Refugio González, su escribano, el coronel Miguel Palacios y una tropa de soldados que forman fila delante de la celda de un pálido pero sonriente Maximiliano, el cual oye al fiscal y, dominando sus emociones, simplemente dice: “Estoy pronto”, que en el idioma de Dante quiere decir “estoy dispuesto o listo”. Mejía, en cambio, simplemente tomó la pluma y sin pronunciar una sola palabra firmó.

El guerrero empedernido que por fin se había enamorado y amancebado con una jovencita se despedía de este mundo casi en plena luna de miel.  Se sabía desde antes que el general Escobedo le ofreció a Mejía salvarle la vida por las dos ocasiones en que éste se la había salvado, pero el noble indio queretano manifestó a toda suerte de enviados republicanos que correría la misma suerte que sus compañeros de dolor. Apunta Fernando Díaz Ramírez que la esposa de Mejía rechazó cualquier ayuda proveniente de Escobedo al que consideraría el asesino de su cónyuge.

El mismo autor considera que don Mariano nunca tuvo el poder suficiente para salvar sin riesgos para su propia persona a Mejía, tal y como lo reconoció la esposa del mismo Escobedo de manera pública en 1891, porque así se lo había confiado el vencedor de Querétaro.

Sin embargo, el general Amado Aguirre dice que a las doce de la noche del 12 de junio, Escobedo fue a Capuchinas con el objeto de pagar la deuda que tenía pendiente con Mejía al ser capturado en Río Verde por el coronel Tinajero años atrás, en 1863, y en donde don Tomás Mejía le facilitó la fuga con todo y sus ayudantes. De igual modo pues, dice Amado Aguirre que Escobedo dijo al sentenciado: “…abajo en la puerta del cuartel está un caballo ensillado que me permito regalarle, con dos ayudantes y una escolta para que le conduzca a usted a la sierra de Querétaro, donde sus familiares lo esperarán sin duda para vivir tranquilo, y con lo cual dejó saldada una deuda sagrada de gratitud que conservaba siempre para usted y que guardaré mientras viva”.

Sigue diciendo Aguirre que “con suma sorpresa recibió el general Mejía tan noble proposición” pero que la declinó al no contemplarse en la fuga a Miramón y a Maximiliano, y después de insistir el republicano al conservador, se estrecharon en un abrazo y se despidieron ambos con los ojos rasados por las lágrimas, no sin antes pedir el bravo serrano por su esposa y un pequeño hijo, a lo que el jefe republicano accedió y juró solemnemente encargarse de ello, gestión que apoyaron el ministro de la Guerra y el mismísimo Juárez a decir de Aguirre.

El mismo autor profundiza en dicho pasaje y nos relata que Juárez reaccionó ante aquella negativa heroica y temeraria de esta manera: “No me extraña la respuesta del señor Mejía; no podía esperarse otra cosa de él, porque es de nuestra raza, y especialmente de la mía. Eso no lo habrían hecho los blancos del otro lado del mar.

Debemos lamentar la pérdida de un hombre como ese, que pudo haber hecho mucho a favor de la patria, si sus malos consejeros no lo hubieran hecho volver de Arroyo Zarco, cuando en 1862 iba a presentárseme a México para ofrecer sus servicios en bien de la nación. Sírvase usted, señor ministro, decir al señor general Escobedo, que lamento sobremanera el mal resultado de sus nobles gestiones, aprobando su noble oferta al señor Mejía, a la cual me adhiero en todas sus partes, en lo que se refiere a velar por su familia”.

El archiduque decide hacer su testamento el 10 de junio auxiliado por el barón de Lago, Schmit von Tavera y Basch, a quien le consulta si ha omitido o no a alguien a quien le deba favores. Entre otras cosas, no olvidó disponer el pago de ocho mil pesos a Carlos Rubio por un préstamo que le hizo durante el sitio y el encomendar a Carlota la custodia de Conchita Lombardo y sus pequeños hijos, olvidando por completo al bebé y a la esposa de Tomás Mejía, doña Agustina Castro, quien a pesar de la buena voluntad de los amigos del general quedará en pobreza extrema.

La sentencia se iba a ejecutar el 16 de junio a las cuatro de la tarde pero a las tres, pasado meridiano, se recibió un telegrama con la instrucción de aplazar la ejecución para el 19 de junio a las siete de la mañana.

*Doctor en Derecho y Cronista del Estado de Querétaro.

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