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La Poesía Kalmuca Y Sus Poetas

Por domingo 1 de diciembre de 2013 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

La-Poesia-KalmucaEntre los kalmucos, conocidos también por mongoles occidentales, la poesía es un reflejo de su sociedad, donde impera la poliandria, es decir, que cada mujer puede tener varios maridos. Como la poesía, entre los kalmucos, la escriben los hombres, dada la realidad social antes reseñada, los cantos de amor no son, como puede colegirse, apasionados. La poliandria, según parece, acaba con los celos y las pasiones, dado que los maridos comparten complacientes la esposa común sin el más mínimo egoísmo.

No hay, pues, exaltaciones amorosas entre ellos. Un poco más calmadas son las mujeres kalmucas que las tibetanas, donde reina la misma costumbre de tener varios esposos, pero allí, aparte de disfrutar de los consabidos maridos oficiales, no faltan las que todavía se suelen buscar un amante. No llegan a tanto las kalmucas. La poesía en este pueblo está por tanto desprovista de toda pasión amorosa. El llamado machismo, entre nosotros, allí es inimaginable y ningún hombre jamás ha asesinado nunca a ningúna mujer por tales motivos. Los celos prácticamente no existen entre los kalmucos, dado que no existe la posesión exclusiva. La exclusividad entre hombre y mujer, el tú eres mía y de nadie más, sobre la que nosotros hemos conformado la relación de pareja, con un obtuso sentido de la propiedad, propio de amos y de esclavos, es algo que jamás se le ocurriría a un kalmuko.

Son, sin embargo, hombres y mujeres sensuales que se aparean por sobre todo para reproducirse, aunque como el clásico don Juan rara vez le ven el rostro a la amada o al amado. La otra parte es una mujer, o un hombre, pero podríamos decir que casi sin nombre, sin identidad ni intimidad. Visto desde nuestra perspectiva cuesta creerlo, pero es tan real para ellos como lo es el sentido del otro como propiedad para nosotros. Esto, empero, hace de los kalmucos un pueblo de excepción, donde los bajos rencores amorosos no dan señales de vida. Es por ello que su poesía erótica más que erotismo emana ternura.

La poesía kalmuca es como una salmodia y nunca va de un extremo a otro como suele pasar entre los pueblos donde el sentido de la posesión en exclusiva se ha desarrollado de una manera feroz. Es así que el odio y la envidia son ajenas a este pueblo, tampoco existe la crueldad o la venganza entre ellos. Es pues el pueblo kalmuko una comunidad extraña y, lo curioso e insólito de ello, es que habitan en una región plagada de hordas belicosas. Los kalmucos, no obstante, han aprendido a vivir en paz y cantan armoniosamente. Dan la sensación, reflejada en sus poetas, de ser unos contemplativos. Es probable que ello se deba a que están satisfechos sexualmente, no obstante compartir entre varios una sola mujer. Lejos, sí, de las pasiones amorosas, suelen cantar:

La luna resplandece en el cielo cual un gran espejo de plata”

Cantan también al viento, a las ramas, a los grillos y, alguna vez, rara vez, a la mujer, pero sin fuego:

Voy a la feria de Kiatchá mujer y te prometo que te traeré un espejo para que contemples tu bello rostro, ese tu rostro donde yo me miro tan feliz cuando beso tu boca.”

Esto es lo raro en su poesía, ya que los poetas kalmucos prefieren escuchar el viento:

Escucho, tarde de primavera, el aire en los bambúes y recuerdo los juegos de mi Infancia y el paso blanco de las nubes rumbo al otro lado de la montaña.”

Cantan también a la hierba, que para ellos habla y posee cúmulos de sabiduría:

La voz de la hierba es suave y profunda. Siendo niño me embelesaba escuchándola y al escucharla sentía el sabio latido de la tierra, que la tierra es sabia y nos habla desde la verde y tierna lengua de la yerba. No dejes nunca de escuchar a la yerba”.

E insiste: “La tierra es una voz, es una voz la luna y las estrellas son vocesitas que en la noche me susurran al oído dulces melodías. La creación es música y el creador es el gran música creador de la música de la vida.”

La vida es música para los poetas kalmukos. Es poesía la vida para ellos, que se han ganado el gozo de la contemplación. El amor a la mujer no los atormenta, ni tampoco las preocupaciones familiares, pues forman cada mujer y sus hombres una pequeña comunidad, un matriarcado, al tiempo que cada uno de ellos es una entidad, en sí por sí y para si, libre. Preciosa y envidiable paradoja.

*Poeta y periodista andaluz.

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