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Confidencias del padre Soria

Por domingo 17 de junio de 2012 Sin Comentarios

Las últimas palabras del Emperador frente al pelotón de fusilamiento

Por Óscar Lara Salazar*

A las 7 de la mañana con 5 minutos del día 19 de junio de 1867 el Emperador Maximiliano de Austria caía abatido por las balas de la República. Así terminaba quien vino a México, invitado por una Junta de Notables; integrantes todos de una casta de conservadores reaccionarios, para imponerle a México un Emperador en la persona de este ingenuo descendiente de una familia real.

Su osadía lo llevó a ser pasado por las armas en el Cerro de las Campanas en el Estado de Querétaro. Así pagaba “un extraño enemigo que intentó profanar con sus plantas este suelo”. El Presidente Juárez no desmayó hasta hacer pagar su culpa ante un Consejo de Guerra para que nunca nadie más,- así se tratare de hombres fuertes o naciones poderosas- someta a México a designios de intereses ajenos a la nación mexicana.

El Obispo y Gobernador de la Mitra de Querétaro, Manuel Soria y Breña, a quien además se le reconocía como notable abogado, fue quien asistió espiritualmente a Maximiliano de Hassburgo en los últimos momentos de su vida, durante aquellas horas de cautiverio, previas a ser llevado al patíbulo. El maravilloso testimonio histórico del clérigo Soria, lo consigna de manera magistral Agustin Rivera en el libro “La Reforma y el Segundo Imperio”, presentado por Ortega y Compañía, Editores, en 1904.

15 de junio

Como ha quedado consignado, el nombre completo de este clèrigo era Manuel Soria y Breña, reconocido abogado, quien por la época se desempeñaba como gobernador de la Mitra de Querétaro y Obispo en funciones por ausencia del titular, quien describe así aquella trama: “El día 15 de junio en la tarde fue la primera vez que visité a Maximiliano, porque me llamó para que recibiera su confesión sacramental y lo auxiliara en sus últimos momentos. En los días siguientes lo visité a mañana y tarde. Visité también una que otra vez a Escobedo para arreglar algunas cosas. Cuando yo le hablaba a Maximiliano, lo trataba de su majestad, y cuando lo mentaba delante de Escobedo, le decía el Archiduque. En la celda donde estaba Maximiliano no había más que un catre, algunas sillas de tule, dos baúles y dos mesas: en una escribía Maximiliano y en otra estaban siempre escribiendo dos personas, y me parecía escribían en alemán.

Lo primero que me dijo Maximiliano el día 15 fue esto: “he recibido la noticia de que la Emperatriz ha muerto. Ahora ya muero tranquilo. El único tormento que yo llevaba al sepulcro era el de dejar a esa mujer, y más en el estado en que estaba, y cuando dijo esto se le rodaron las lágrimas. Esta fue la única vez que lo vi llorar. Mejía fue el que le dio la noticia de que había muerto Carlota, y era que él y Miramón fraguaron esto para hacerle más soportable la muerte a Maximiliano”.

16 de junio

El día 16 en la mañana, lo confesé y le administré el sagrado viático. El mismo día 16 en la tarde, me dijo Maximiliano: Hágame usted el favor de facilitarme un libro “valiente”; le llevé un tomo de los sermones de Massillón, y a la otra vez que lo visité, dándome un abrazo y refiriéndose al libro, me dijo: “Magnífico, magnífico”. El día 17 tratamos de una carta que había de dirigir al Santo Padre, pidiéndole perdón de todas las faltas que había cometido como Emperador católico.

18 de junio

El Padre Soria, le obsequio copia de la carta que Maximiliano le escribió al Papa, al escritor don Agustín Rivera, misma que consigna en el libro antes citado : “Prisión en el Monasterio de Capuchinas en Querétaro, a 18 de junio de 1867.- Beatísimo Padre: Al partir para el patíbulo a sufrir una muerte no merecida, conmovido vivamente mi corazón y con todo el afecto de hijo de la Santa Iglesia, me dirijo a V. Santidad, dando la más cabal y cumplida satisfacción, por las faltas que pueda haber tenido para con el Vicario de Jesucristo, y por todo aquello en que haya sido lastimado su paternal corazón; suplicando alcanzar, como lo áspero, de tan buen padre, el correspondiente perdón.- También ruego humildemente a V. Santidad, no ser olvidado en sus cristianas y fervorosas oraciones, y si fuere posible, aplicar una misa por mi pobrecita alma.- De V. Santidad humilde y obediente hijo que pide su bendición apostólica.- Maximiliano.

El señor Soria, prosiguiendo en su narración, me dijo, –dice Rivera-“En la tarde del mismo día 18 fui a visitar a Escobedo para arreglar la hora en que le debía decir la misa a Maximiliano al día siguiente. Le dije: Diré la misa a las siete, y me contestó “no, no señor, dígala usted a la cinco”. Le fui a comunicar esto a Maximiliano, y me contestó: “¡Ah, ah, quiere decir que la cosa ha de ser temprano! Bien, bien, a las cuatro de la mañana me tiene usted listo”. En efecto fui a las cuatro y cuarto de la mañana y ya lo encontré con la cara lavada, muy bien peinado y vestido con aseo. Lo volví a confesar, dije la misa, después de ella le volví administrar el Sagrado Viático, dimos gracias, se desayunó y platicamos un rato.

19 de junio

A las seis de la mañana comenzaron a sonar los tambores y las cornetas en el patio, y por la escalera subía la tropa que iba a conducir a Maximiliano al suplicio. Este se puso muy pálido y cortó la conversación. Esta fue la única vez que lo vi turbado. Salimos luego de la celda, y cuando íbamos en el corredor ya él iba con su color natural y sus modales fogosos.

Luego que montamos en el coche comencé yo a temblar, porque me dio una especie de convulsión, y Maximiliano sacó luego del bolsillo un pomito con álkali, y aplicándomelo a las narices me decía: ¡“Oh, no, no hay que tener miedo!”. De manera que en lugar de auxiliarlo yo, el me iba auxiliando a mí, ¡ja! ¡ja! ¡ja!. Maximiliano llevaba en la mano derecha un pañuelo y un crucifijo mediano de bronce de mi propiedad, que tengo siempre sobre la mesa de mi estudio, y en la izquierda llevaba un rosario que le había regalado su señora madre.

Luego que el coche paró al pie del Cerro de las Campanas, Maximiliano se puso el sombrero, el cual era de color morado obscuro, de felpa y de copa baja, y luego se lo quitó y arrojó en el asiento del coche, diciendo: “¡Ah! Esto ya no sirve”. Trató de abrir la portezuela, y no habiendo podido hacerlo pronto, se salió del coche sin abrirla, lo que me admiró, porque era muy largo, e iba subiendo tan aprisa por el cerro, que no lo podía alcanzar.

Estando parado Maximiliano en el lugar donde lo iban a fusilar, me entregó el crucifijo, el pañuelo, el pomito de álkali y el rosario. Antes me había encargado que remitiera el rosario a la Archiduqueza Sofía. Dio algunos pasos hacia los soldados que lo iban a fusilar, llevando algunas onzas de oro en la mano; el oficial que mandaba la ejecución, le dijo: ¡Atrás!; Maximiliano le dijo: “¿No se permite darles esto? el oficial contestó que sí y Maximiliano se acercó a los soldados y dio a cada uno un Maximiliano, que era una onza de oro de a 20 pesos, con el busto de Maximiliano.

Luego que fusilaron a los tres, hubo una gritería de “¡Muera el Imperio! y “Viva la República!” sonido de tambores y cornetas y desfile de tropas, y yo me quedé parado y entontecido, hasta que un oficial se acercó a mí, y me dijo; “Padre, la misión de usted está concluida, y me parece que no está usted en su lugar”.

Luego bajé de prisa del cerro, me metí en el coche, me fui a mi casa y estuve algunos días en cama enfermo del estómago.

Aquella mañana del 19 de junio de 1867 se cerraba una página de la historia patria mexicana. En las faldas del Cerro de las Campanas caía abatida la intención de un puñado de antipatriotas que quisieron entregarle al extranjero, lo que una nación jamás puede conceder, su derecho a que la gobierne y la conduzca un hijo de su propia historia. El pueblo mexicano así lo demandò y Juárez asumió el mandato.

*Diputado Federal/Cronista de Badiraguato.

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