Estatal

Recordando a Ana Pavlova

Por domingo 18 de marzo de 2012 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

La reciente e inesperada muerte de Lucio Dalla, inspirado compositor italiano, autor, entre otras grandes melodías, de la bella balada Caruso, inmortalizada en la poderosa voz de su paisano, el espléndido tenor Luciano Pavaroti, me hizo, no sé porqué, recordar a la eximia Ana Pavlova (1885-1931), célebre bailarina rusa, transformada, por su arte excelso, en una leyenda en vida, al convertirse, a nivel mundial, en la creadora genial de La muerte del cisne y que había nacido 45 años después de su coterráneo Piotr Ilich Tchaikovski, creador, precisamente, del inigualable ballet El lago de los cisnes.

Esta obra, en 1967, durante la temporada anual del Ballet nacional de Bulgaria, me permitió ser testigo de un extraordinario hecho de solidaridad humana, por demás aleccionador e insólito.

Animado por otros estudiantes latinoamericanos, entre algunos chilenos y argentinos, compré, no recuerdo en cuántas “levas”, mi boleto para dicho ballet, en el que se contemplaba, como primera bailarina, el debut de Xrístova Ofvornik, joven y talentosa seguidora de la musa Tepsícore, oriunda de la propia república balcánica, hija de campesinos, para orgullo nacional, con altísimo rigor académico, cuyo temprano prestigio se había extendido ya desde la planicie del Danubio, en el norte, hasta la del río Maritza, en el sur. Sofía se sentía satisfecha de poder darle a Europa una primera bailarina, a la altura de Berlín, Roma, Londres y Moscú. “Es otra Pavlova”, se corría el rumor con admiración, en la acogedora capital búlgara de apenas 8 millones de habitantes.

El Palacio nacional de la danza, vestido para la ocasión con una profusión de banderolas y luces multicolores, con lleno total y una sala esplendorosa, cuya escenografía de lujo pasmó a los espectadores al levantarse el telón, dio inicio a la tan esperada función de gala. El público, avezado y culto, conocía a la perfección cada compás de la obra cumbre de Tchaikovski.

Con gran sobriedad y una dibujada sincronía de música y danza del más alto nivel, se desarrollaban, impecables, los sucesivos cuadros, con la ejecución majestuosa de la orquesta sinfónica. Un latente nerviosismo se fue apoderando de la sala, cuando la obra llegó al solo de Xrístova en la danza donde demostraría su dominio escénico, por el rigor que requería y el grado de dificultad, la evolución de un velocísimo triple salto a mitad del escenario. ¡Y falló! Fue tan rápido como un parpadeo el rompimiento y la recuperación del equilibrio, que la joven bailarina cruzó como un relámpago el foro, danzando como si no hubiera ocurrido, saliendo del escenario ante el estupor del público, que aguardaba su reaparición, pero Ofvornik, avergonzada, cayó en una súbita crisis que la paralizó. Confiando en su recuperación instantánea, el director de la orquesta continuó con la suite. Pero, al no regresar Xrístova a escena, tuvo que suspenderla. Se hizo un silencio confuso.

Entonces sucedió el milagro. En cosa de segundos, el público, al unísono, empezó a aplaudir, con ligeras palmadas, como cuando se alienta a un niño a levantarse cuando cae en sus primeros pasos. Luego los aplausos fueron subiendo de nivel hasta convertirse en uno solo, vibrante, al tiempo que el director reinició con la música del mismo cuadro suspendido. Y, de alguna manera repuesta por el aliento del auditorio, ubicada en la misma línea invisible del escenario en la que había ensayado cientos y cientos de veces, Xrístova Ofvornik realizó nítidamente no una sino dos veces, a la perfección, la difícil rutina, con dominio pleno de su cuerpo, colmándonos a todos, de pie, con la belleza de su gracia. La aclamación fue unánime.

Hoy reconozco que en aquella memorable ocasión recibí, de una parte de lo mejor del pueblo búlgaro, esa aleccionadora experiencia, destello de la grandeza del espíritu humano cuando se decide a apoyar lo mejor de sí mismo. Ya alguien, con sabiduría, ha advertido que, cuando no existe el debido respeto a los demás, de lo sublime se pasa a lo ridículo, lamentablemente. Ojalá sepamos elevarnos de lo ridículo a lo sublime, cuando las circunstancias lo ameriten. Ojalá sepamos siempre alentar con solidaridad al semejante que cae o se tropieza, por el bien de nosotros mismos y de nuestra cultura.

*Cantante, compositor y escritor.

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