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Don Catarino y el órgano

Por domingo 27 de noviembre de 2011 Un comentario

Por Alfonso Inzunza Montoya*

En la época que fui monaguillo la fiesta tradicional de Rosamorada fue cambiada a otro lugar, ¿por qué?, no lo sé, ya que donde se desarrollaba era más espacioso y funcional, además que estaba más cerca de la casa.

El padre responsable de la parroquia había traído consigo a dos hermanos. Uno era sastre, muy maaaalo, se llamaba Jeremías y para más señas, era solterón, y el otro, era cantor, igual de malo que el sastre o quizás más. Entendía y a veces, no siempre, por Catarino. Era un hombre chapo, gordo, fajándose el pantalón por abajo de la cintura y la panza colgándole. Muy trompudo y prieto. Estaba casado, y como buen flojo, era muy prolífero. Tenían un montón de chamacos todos en hilerita, unos vivos y otros no tanto, pero todos comían; eran de todos tamaños, edades y colores, vagos y serios. Como en la viña de Señor, había de todo.

Don Catarino, que así le decíamos, empezó a girarla de sacristán –¡cómo si estuviera tan grande el templo!–, ni modo, algo tenía que hacer para llevar chivo a su casa.

Desde su llegada, dejaron muy en claro que don Catarino nos haría un favor siendo sacristán, pues su profesión era la de cantor, ostentando un título del conservatorio religioso de Morelia.

Por supuesto que un día sí y otro también, salía a relucir lo del conservatorio, lo del órgano tan hermoso y afinado que tenía la otra parroquia, lo claro y entonado que cantaba. Ya nos tenían acatarrados con su plática. Lo mismo el sastre, que la esposa, Nacho el hijo mayor, hasta el plebillo chorreado y mocoso más chiquito.

En todos los sermones, que eran muy floridos, el padre se daba tiempo y maña para hablar del equipo musical que se requería para el buen desarrollo de las actividades eclesiásticas. Hasta que un buen día se animó y le planteó a mi madre Luz que era muy necesario un órgano y que buscaran la forma de conseguirlo. Me acuerdo muy bien que esa noche pobrecita no durmió pensando cómo hacerle.

Al día siguiente, desde muy temprano, anduve corre y corre, avisándoles a todas las señoras que tendrían junta en la iglesia a las cuatro y media de la tarde, que no faltaran porque si lo hacían, se las iba a llevar el diablo –esto era de mi cosecha–, hubo, aunque no lo crean, cuatro desmayadas, le tenían mucho miedo a satanás, y allí me tienen que pasé, de mandadero, a doctor, con alcohol y toda la cosa, despertando doñas.

Ya en la junta en la cual por supuesto que estuve presente en mi calidad de representante de los monaguillos y asesor oficial de la parroquia, se acordó realizar actividades para sacar fondos buscando quedar bien con el padre y cumplirle el capricho al cantor. Propongo y se acepta por unanimidad que en las próximas fiestas tradicionales del veinte de noviembre, el comité de damas instale una fonda, y, que entre todas pongan los utensilios y productos para elaborar la comida.

Cómo faltan quince días para ello, se inician inmediatamente los preparativos, encargándome de elaborar el menú, proporcionar las recetas y cuantificar lo que se requeriría.

No hay día que no se llegue, ni fecha que no se cumpla, llegaron las fiestas, se instala la fonda –ya les platicaré cómo eran–brinco de gusto pues queda lejos de la casa. A vagar se ha dicho. Aprovecho la comisión que tengo y que mis abuelas al fin de cuentas fueron las responsables de todo el mitote.

En ese ir y venir, por supuesto que no tiraba basuras, no hacía mandados, no contaban conmigo para nada, era un hombre muy ocupado, lástima que mi madre Elena no lo entendió de esa manera. El día más importante de las fiestas, desde muy temprano me fui a inspeccionar como andábamos en los trabajos. Allá desayuné y comí y a eso de las cuatro de la tarde, llega mi tía Clotilde –mi muy querida Nanita–, y me dice, ¡hijo, te anda buscando tu tía Elena!, ¡ah sí!, ¡nada más termino de arreglar un asunto con este señor –era yo, el tesorero del restaurante–, me voy para la casa! y así lo hice.

Cuando llegué, estaba mi queridísimo monstruo marino (así le decía a mi madre Elena) en el abarrote despachando –cosa que no le gustaba mucho, pero la comerciante estaba vendiendo comida–, haciéndole gorra unos muchachos ya grandes, los mido, les hablo fuerte y se ponen mansitos, le ayudo con la clientela que era mucha, terminamos con ella e inmediatamente me hace una seña, me acerco y agarrándome de la oreja me dice, ¡rebriboncisimo, donde andabas!, ¡te he buscado todo el día!, ¡en los patios están los montones de basura sin tirar!, ¡no te has bañado y así andas en la calle, no te da vergüenza a ti, pero a mi si, ordinario! No termina de decir todo eso cuando hecha mano a su pistola, mejor dicho, saca el cinto y atrás de una cómoda que había en el comedor me da una pela. Le pega más a la cómoda que a mí, pero yo grito como si me estuviera matando.

Era una tarde muy bonita, tranquila, fresca, alegre, los pájaros trinando en los árboles que en el patio había, estos era mangos, anonas, mandarinas, limones, toronjos, hasta uno que se llamaba tumbo, árbol peruano que daba un fruto largo y gordo muy sabroso, además muchas plantas de ornato, tenían pues las aves mucho donde posar y alegrarnos, y sobre todo, un gran bambú, pegado a la casa, donde los graznidos de los chanates eran una delicia para el oído.

Teníamos dos salidas al patio, una con escalones y la otra era una rampa a la cual siempre le dijimos “la bajadita”, aunque también era subidita, pero ya ven cómo es uno de niño, bueno, el caso es que después de la pela, me bajé por los escalones, me limpié los mocos, me subí por la bajadita, crucé el portal, llegué al abarrote donde de nuevo estaba ocupada mi madre, pedí permiso para irme a la fiesta, me lo dio y salí corriendo de nuevo al jolgorio.

Al llegar a la fonda, todavía con la lengua de corbata, me le cuadré a mi Nanita pues era viuda de general, me ordenó que me pusiera en descanso y me preguntó:

¡Ponchín!, ¿fuiste a la casa?
¡Sí señora!, – fue mi respuesta–
¡Ponchín!, ¿Viste a tu tía Elena?
¡Sí señora!
¡Ponchín!, ¿te regañó tu tía Elena?
¡Sí señora!
¡Ponchín!, ¿te pegó tu tía Elena?
¡Sí señora!
¡Ponchín!, ¿pediste permiso a tu tía Elena?
¡Sí señora!
¡Ponchín!, ¿te dejó venir tu tía Elena?
¡Sí señora!
¡Ponchín!, ¿te dio dinero tu tía Elena?
¡Sí señora!
¡No tiene remedio la vieja!, ¡anda vete a jugar!

Ese fue el principio de los trabajos para comprar el famoso órgano, cosa que al fin se hizo y que cuando se trajo, hubo fiesta y bendición.

Me acuerdo que mi primo Roque tenía una vaca enferma y mandó oficiar una misa para que se aliviara y como era muy fina, la pidió cantada, aprovechando el órgano y a Catarino “Plácido” Villegas. Todo iba muy bien, la vaca la habían traído del corral, estaba al pie de las escalinatas, por supuesto que echada, el padre entra y yo atrás de él, da inicio la celebración y, cuando se le hace bueno, empieza don Catarino a aporrear el órgano y a cantar, en ese momento se oye un berreo tan fuerte que nos asustamos, era la vaca que al oírlo mejor se murió.

Pobre don Catarino, nunca supo ni tocar, menos cantar, pobre mi primo, ni siquiera la vaca le pagó.

*Constructor.

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