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La mujer…

Por domingo 4 de septiembre de 2011 Sin Comentarios

Por María Esther Sánchez Armenta*

La historia registra una lenta evolución de la mujer mexicana. No se necesita ser experto para comprender su realidad, los múltiples obstáculos y limitaciones que enfrenta día tras día para ganar espacios dentro de la sociedad.

Sin embargo, aún en el contexto más desalentador, la esperanza de tiempos mejores está más viva que nunca y no hay marcha atrás.

Para nadie es un secreto que la población femenina irrumpe en los otrora lugares exclusivos ocupados por el varón, su preparación académica, lucha por la equidad de género y cambios en la legislación, se traducen en una perspectiva rebosante de optimismo en este siglo XXI.

Patrones socioculturales heredados de generación en generación aún la confunden, pues implica modificar las actitudes cotidianas de las personas para que se comprenda la capacidad de la mujer en la vida social, familiar, política y laboral.

La realidad se torna compleja, pues si bien la balanza es positiva al gozar de más libertad, independencia económica, acceso a múltiples campos de trabajo, carreras técnicas, profesional y posgrado, el precio a pagar la agobia pues acelera su ritmo de vida y no le deja tiempo libre. La autoexigencia se inscribe en un alto nivel en el intento de realizar todo a la perfección las 24 horas de cada día. Así se somete a un permanente estrés, presión social, sentimientos de culpabilidad y sobreesfuerzo, que agota sus energías.

Según la Organización de las Naciones Unidas, Suecia, Noruega, Islandia, Dinamarca y Finlandia, son los países que se ubican en el ranking donde las mujeres tienen mayor participación económica, empoderamiento político, logros educativos, salud y bienestar. México está en la posición 52, seguido de Corea, Jordania y Pakistán.

No hay que olvidar que en nuestro país la mayoría de las posiciones de poder están ocupadas por hombres, lo que constituye una gran barrera para la equidad de género. Esto es así, ya que las decisiones se acercan a la visión de los hombres con un elevado índice de probabilidad de que no tomen en cuenta las necesidades y preferencias de las mujeres, lo que, en consecuencia, tiende a perpetuar las inequidades.

Se le minimiza y hasta margina abiertamente en la realización de aquellas actividades que otorgan mayor prestigio, estatus y seguridad financiera. Tiene que enfrentar un mar de obstáculos para lograr ascender, obtener buen sueldo y puestos directivos. Aún más, en su búsqueda de igualdad de derechos, responsabilidades y oportunidades, no ceja en su intento de erradicar de una vez por todas, la violencia física y psicológica de la que es víctima.

La realidad se torna compleja. El conflicto femenino no encuentra aún el equilibrio. Aunque ya disminuye la frecuencia de los estereotipos que la catalogan como frágil, miedosa, pasiva, perteneciente al sexo débil. Lo cierto es que por un lado desea fervientemente realización personal, eliminar o disminuir su dependencia, por otro, teme no cumplir con su rol, con lo que se espera socialmente de ella como madre, esposa, hija, pues se define su papel de salvaguarda de las instituciones morales y factor formativo de la familia, en cuanto a presencia y cercanía en relación con los hijos, aun cuando el binomio mujer-hombre intenta compartir un poco más la responsabilidad.

Y aunque se repite innumerables veces que en la búsqueda de la equidad de género no se debe adoptar una posición de separación que enfrente a hombres y mujeres, sino que se propicie el trabajo en conjunto para mayores logros del bienestar general, cabría preguntarse: ¿está satisfecha la mujer sinaloense con estos cambios?

La escritora Nancy Friday, en su libro Mi madre yo misma, efectúa consideraciones que por su crudeza resultan difíciles de aceptar. Así señala que “las madres pueden amar a sus hijos, pero en ocasiones no gustan de ellos. La misma mujer que quizá se tiraría debajo de las ruedas de un camión desenfrenado con tal de que éste no aplaste a su vástago, lamenta a menudo el sacrificio, día a día, que la criatura, sin saberlo, le impone, afectando a su tiempo, a su sexualidad, a su propia realización personal”.

La rutina de las labores cotidianas, aunque parezcan naturales, conducen al hastío, a la irritación, lo que trae como consecuencia conflictos conyugales, gritos, peleas, desesperación… La labor del ama de casa no cesa nunca, ni tiene reconocimiento. Pero de ninguna manera el hombre es el único responsable, también ella condiciona, acepta y propicia su posición de inferioridad en cuanto a capacidades y derechos, a cambio de la ilusión de ser protegida por el elemento “fuerte”.

Salir al mundo a competir significa colocarse en un papel de igualdad y hasta rivalidad con el hombre, entonces ¿para qué exponerse si dentro de la casa no tiene competencia, si tiene el control y el poder casi total de los hijos? El círculo es trágico, se cierra.

El hombre, en apariencia, quiere darle un rol de igualdad, pero ella, con mil y un pretextos, no lucha por él; se segrega, aísla, se concreta a ser administradora del producto económico del trabajo masculino, a servirle a su entera satisfacción en la forma en que mamá lo hizo. En pleno siglo XXI aún persiste el anhelo regresivo de ser cuidada como lo fue en la infancia, aparece, y así entra al camino de la abnegación, el sacrificio, sumisión, negando sus necesidades y satisfaciendo las de los demás antes que las propias.

En la medida en que los tabúes establecidos sufran modificaciones podrá compartir sus responsabilidades con el varón, pero para ello necesita conocer y ejercer sus derechos en la vida familiar, económica y política, trazar nuevos objetivos y retos que conlleven a eliminar las desigualdades.

No existe la varita mágica ni receta que transforme la situación de la mujer, casada, soltera, separada, en unión libre, divorciada, viuda, la estrategia en este avance le exige par ticipación plena, donde reafirme su compromiso y convencimiento de su desarrollo potencial que le otorga un lugar legítimo en todos los ámbitos.

Cada logro, por pequeño que sea, se extiende a una satisfacción entre el sector femenino, pues simboliza la perseverancia, determinación, liderazgo, valentía, de todas y cada una, que la encaminan, gradualmente, a una mayor valoración, reconocimiento y prestigio social, acceso a posiciones de poder y a toma de decisiones en este enorme desafío.

*Comunicóloga y promotora cultural.

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