Nacional

Muerte y bonanza

Por domingo 28 de agosto de 2011 Sin Comentarios

Por Víctor Roura*

1. El 22 de julio de 2011, a las 17:07 horas, desembarca en la isla noruega de Utoya el que se identifica como policía Anders Behring Breivik. Poco antes se había detonado una bomba junto a la sede del gobierno central en Oslo, que mató en el momento a ocho personas y destruyó un buen sector de oficinas y ministerios allí instalados. Nadie sospecha que este hombre, pertrechado en su cuerpo de armas, es el que ha cometido este acto vandálico para distraer a las autoridades, ya que él tiene un plan que ha ideado a lo largo de varios meses, una estrategia que ha calculado pormenorizadamente: nada podía salirle mal. Apenas desciende en esta isla, donde acampan alrededor de 500 jóvenes en sus vacaciones veraniegas, empieza a matar a quien se le ponga enfrente y recorre, con parsimonia, la isla para continuar aniquilando todo lo que se mueva delante de sí, de modo que, durante 79 minutos, asesina a 69 personas hasta que por fin es capturado por el comando especial que ha llegado luego de numerosas llamadas telefónicas de auxilio. Anders Behring Breivik se rinde de inmediato. No quiere problemas. Arroja su pistola y levanta los brazos. Y va sonriendo porque evidentemente está orgulloso de su fechoría, que para él no lo es, sino un acto de valentía ante el mundo. No en vano en su facebook se fotografía de combatiente heroico, y no me cabe la menor duda de que muchas mujeres se sienten atraídas por este corajudo e intrépido bloguero. No se arrepiente de nada: todo lo ha efectuado como un maestro del crimen. Lo hizo porque quería hacerlo. Porque habría que acabar con los jóvenes que en un futuro pueden acabar con el planeta. Por eso hay que adelantarse a los hechos. ¿Para qué esperar a que alguno de estos mozuelos se convierta en un osado terrorista? Y miro algunas fotos de los muertos: hermosas muchachas y alegres chicos que seguramente estaban en la isla para corroborar sus sentimientos amorosos o, quizás, conseguir un romance imprevisto. Sin embargo, nadie contaba con que se iban a hallar con un nuevo Rambo, al que la vida –hay que decirlo— lo había tratado de maravilla. ¿Por qué entonces su odio? ¿Por qué su saña? ¿Por qué su fascinación por la sangre? Y todavía sonríe ante las cámaras. Se le ve feliz al desgraciado. Se le ve henchido de orgullo por su hazaña.

2. El sonorense Edmundo Valadés escribió, en 1955, su cuento “La muerte tiene permiso” donde nos narra cómo a veces eliminar a alguien de esta vida tiene vínculos naturales: no hay otro remedio. Y Valadés centra su relato en la siempre injusta tenacidad política; pero los siervos se levantarán un día, y no van a pedir permiso. Y la muerte, entonces, será natural. Tan natural como la olemos a diario en el país. Muerte en el norte, en el sur, en el este, en el oeste; arriba, abajo; a los lados, enfrente, detrás; en la esquina, a unas cuantas calles, en la casa. La muerte tiene permiso en México desde la bonanza panista.

*Periodista y editor cultural

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