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La quietud y el silencio de Mosén Francisco de Ávila

Por domingo 3 de julio de 2011 Sin Comentarios

Por Horacio Valencia*

Siempre es lo mismo:
cuando termino un poema
me sobreviene un gran silencio
y me pregunto por qué se me ocurrió usar palabras.
Jalaludin Rumi

El escritor Juan José Macías, en su ensayo La experiencia de pensar: Filosofía y poesía en Antonio Porchia y Roberto Juarroz (ed. For­ca, 2009), se focaliza en descubrirnos a dos poetas fundamentales. En el capítulo IV Literatura fragmentaria: escritura fracturada. Silencio y poesía, el autor incluye un subcapítulo que titula: Pensar es un asunto silencioso. En este espacio, tras su lectura, se puede resumir que la palabra, que la poesía, siem­pre ha sido, es y será elemento paralelo al silencio. Paralelismos y similitudes encontramos en la obra y la vida de Juarroz y Porchia. Vidas colmadas de reserva para nombrar la precisión de lo que existe y lo que no.

Las revelaciones que Juan José Macías nos hace en su estudio, me conducen a Alonso Avilés Echeverría. Escritor silencioso por vía doble. Su obra representa ese silencio de las cosas y de los hombres: la muerte, la ausencia, la poesía misma, que no es otra sustancia que la quietud. Por otro, lo escrito por el poeta se en­cuentra en completo mutis editorial. Los libros que él mismo financió, injustamente no han conocido la luz de la reimpresión. Ni que hablar de la obra inédita. A lo largo del tiempo, las instituciones culturales y educativas de la región ignoran y/o desconocen que contamos con las palabras de alguien que, hace más de sesenta años, creó su propia voz; lenguaje que al leerse hoy, manifiesta la vitalidad y la reflexión que el tiempo da a los verdaderos poetas.

Alonso Avilés, mejor conocido como Mosén Fran­cisco de Ávila, nació en Guaymas, Sonora, el 9 de ju­lio de 1896. Alonso Vidal, en su libro Poesía Sonorense Contemporánea 1930-1985 (ed. Gobierno del Estado de Sonora, 1985), aclara: Lo de Mosén es por aquellos clérigos que vagaban de un lado a otro, como anaco­retas por la campiña de Aragón. Lo de Francisco, por el humilde de Asís, y de Ávila por Teresa, la clara y lumínica monja de la mística sabiduría.

Su obra es construida desde un espacio lateral. Es un autor que no habita la estantería de lectores, ya que su obra, como se ha mencionado, padece del desconocimiento y, preocupan­temente, se desdibuja con el paso de las décadas. Pero no su calidad estética. Es a los cin­cuenta y dos años cuando Mo­sén, con sus propios recursos, publica su primer libro Tagmar del mar (ed. Cultura, 1948). En los versos del poema central se revela un Mosén melancólico y sombrío, un poeta que calla para evocar la memoria y su puerto:

…Tagmar el marinero
ya se hizo a la mar
el mar:
es un silencio transparente
de muchos viajes distantes
todo el mar se vertió
por los ojos de Tagmar…

En otras zonas del poemario, como en la totali­dad de su creación, leemos a un autor que traza una escritura interior, meditativa, vale decir, filosófica. Su obra poética la desarrolla, no en su ciudad natal. Vidal lo explica mejor en su trabajo biográfico Los nuestros. A propósito de centenarios (ed. El indepen­diente, 1999):

Él llegó pasados los cuarenta años a Nogales, Sono­ra, donde sufrió la metamorfosis, la transformación, su dualidad viva.

Posterior a Tagmar del mar vinieron otras publi­caciones. Dos años después surge, en el idioma in­glés, el libro The sunken cathedral (ed. Falmouth, 1950). Tres años más tarde La sombra del centauro (ed. Cultura, 1953). Los poemas escritos entre 1953 a 1959 los recopila en Salamandra (ed. Cultura, 1960). Esa conversión que menciona Vidal, Mosén la hizo presente en cada una de sus publicaciones y, segu­ramente, en los textos que han quedado ocultos. La conversión, la metamorfosis, la mudanza no es sino al territorio del símbolo y el silencio; para nombrar habrá que alejarse irremediablemente del rito con la palabra. Nombrar significa quedarse quieto, meditar el objeto y significar. Los poetas no poseen más que las palabras que son aquellas que nombran el ser de las cosas.

De Ávila concebía una poética que, si bien no es mística (recordemos los alcances de San Juan de la Cruz), partía desde la observación del ser para ex­presar una voz congruente con sus preocupaciones existenciales. El silencio y la palabra, en Mosén Fran­cisco, son elementos para poetizar un mundo interno que toma sentido en esta realidad: reflejo de lo ex­trínseco que en tantas ocasiones es mezquino y fu­gaz, injusto y obscuro. El escritor bebe del lenguaje para expresar aquello que es casi imposible externar: he ahí la importancia de los poetas como Mosén Fran­cisco de Ávila. Él versifica:

¡Si tú supieras! Me llaman loco
porque desolado, hablo con el silencio de las cosas;
porque digo que con el aroma regresa la presencia;
porque al tumulto de la sangre le llamo
agua geométrica, y digo que el día,
cuando vuelve, es transparente ausencia
de otro amanecer que no se acaba nunca.

Martin Heidegger en su ensayo Arte y poesía (ed. FCE, 1973) da con una de las claves de los verdaderos poetas, la intimidad:

Pero, ¿qué debe mostrar el hombre? Su pertenen­cia a la tierra. Esta pertenencia consiste en que el hombre es el heredero y aprendiz de todas las cosas. Pero éstas están en conflicto, pero que igualmente las reúne, Hölderlin llama “intimidad”. La manifestación de la pertenecía a esta intimidad acontece mediante la creación de un mundo, así como por su nacimiento, su destrucción y su decadencia.

Su voz se revela por el verso (la representación) y muestra eso que el poeta alemán nombra intimidad. Los seres humanos (él mismo) y sus elementos, son en Mosén, conflicto, duda y respuesta inacabada. El poeta sabe que es pasión inútil, pasión doble, esto nos recuerda al filósofo francés Jean-Paul Sartre. El sonorense se manifiesta con la libertad del lenguaje, pero deja el rastro de un silencio negro:

…¿y qué podría decir yo, dicotomía inútil,
párpado ciego, pobre sarmiento entre las rocas?
Puedo decir: en la oscuridad, las palabras querían su inocencia,
huyeron al silencio de sus madrigueras.
Puedo decir, por ejemplo: las palabras, atemoriza­das…

Más allá de un análisis de los textos del poeta, que bien lo merecen, está el contexto cultural de nuestro tiempo. Es importante preguntarnos, ¿dónde, usted lector, puede encontrar la obra de Mosén Francisco de Ávila? Me arriesgo a decir (en el fondo aseguro) que es imposible adquirir o consultar una obra an­tológica. Pocos somos los que poseemos uno o varios de sus libros. Considero que el autor da para la reali­zación de una investigación profunda de su poética, pero además, de nuestro contexto literario habría que preguntarnos: ¿por qué olvidamos lo valioso?, ¿por qué las instituciones culturales y educativas han dejado de lado su obra?, ¿por qué los medios culturales no realizan promoción de autores como Mosén?, ¿hay muestra creativa de Mosén en inter­net? Podría continuar con las interrogantes, pero será mejor dar punto final con un poema de Alonso Avilés Echeverría:

En sí, la muerte es fácil.
Signo de la luz era tu mano.
Hoy, transparente,
eres la presencia ausente. Diríamos
estéril de tu ser, tu mano es forma en sí.
Tener esa mano es sólo un signo,
un símbolo de luz.

*Lic. en Literaturas Hispánicas. Maestro en Creación Literaria por la Escuela de Letras de Madrid.

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