Estatal

Retablo mítico, sólo para sus ojos

Por domingo 22 de mayo de 2011 Un comentario

Por Joel Isaías Barraza*

Escrito a mano sobre una tabla clavada en la pared de atrás del escritorio de la recepción del hotel Heracleo Marverde, en la calle Manuel Salcido en Cinaloa se podía leer:

“…y así vosotros amad también a los extranjeros, pues lo fuisteis igualmente en la tierra de Egipto.-Deut. 10:19.”

El Rayo había reservado una habitación en el piso tercero y ahora descansaba sentado en el vestíbulo fumando un cigarrillo sin filtro, esperando saber algo de su amigo Napo, al que había dejado en la finca del indio Bernal Osuna. El hotel Marverde estaba en un edificio antiguo construido en 1920. Sin lograr ser una construcción distinguida. El vestíbulo ni siquiera lucía espacioso, y grandes abanicos de techo giraban con lentitud y en silencio por encima de los viejos sentados en los gastados sillones de vaqueta dispersos en la estancia.

“¿Primera vez en Cinaloa?”

El Rayo dio vuelta su cabeza veinte grados hacia el sol y midió al hombre que le hablaba, un respetable octogenario metido en un amplio coordinado color caqui de dos piezas y un sombrero de palma de ala ancha. El rostro y las manos del viejo lucían bronceados por las pecas de los años. Fumaba un aromático cigarro y bebía whisky con ostiones.

“Si Señor,” respondió el Rayo. “Primera vez.”

“Yo nací en Cinaloa, el mismo año que este hotel abrió sus puertas. Los dos cumpliremos noventa años en septiembre. ¿En que estamos, en marzo?”

“Marzo dieciséis.”

“16 de septiembre, ese es mi día. El día que conmemoramos nuestra dependiente independencia.”

El viejo extendió su nervuda y firme mano derecha.

“Me llamó Antonio, Antonio Coronel y Félix. Me dicen Toño.”

“Raymundo Fierro. Me dicen Rayo.”

Los dos hombres se dieron la mano. El Rayo quedó impresionado por la energía en los dedos del viejo.

“Que buen pulso tienes, Toño. Que buen nombre también.”

Antonio aprovechó el puente: “Mi abuelo cabalgó con Hermosillo en la Brigada Trigarante. Me imagino que sabes algo d’eso.”

“No señor, declaro no saberlo.”

“Fue en la época vergonzosa –la guerra entre nosotros mis­mos, como horita– el mes de octubre del sesenta y tres, quiero decir 1863. El capitán Hermosillo y sus seiscientos valientes, mi abuelo entre ellos, Apolonio Coronel Toulouse. Empezaron en San Antonio, de donde llevó mi nombre, cruzaron el Río Baluarte hacia el Tamazula, en donde se les unieron otros tantos o más confederados de la frontera y procedieron a patear traseros gabachos, quemar puentes y puestos de abastecimientos, interrumpiendo las líneas de comunicación hasta Booneville. La caballería de Hermosillo se disfrazaba usando uniformes del imperio con ramitas de zumaque rojo en los sombreros, lo que se suponía como señal secreta de identidad de las tropas imperiales. Te puedo decir que los valientes de Hermosillo les pusieron buenas friegas, en cuarenta días la Brigada Trigarante les destruyó el equivalente a millones de coronas en armamentos y comestibles, eliminó y baldó a cientos de soldados gabachos, y regresaron al Baluarte con más hombres y pertrechos que con los que habían principiado. Esos curtidos broncos sureños fortalecieron el orgullo de la joven patria.”

“Muy buena historia, señor Coronel.”

“El final, sin embargo, no es tan glorioso.”

“¿Eso por qué?”

“Finalmente los fueron llevando hasta Texas. En Vado Hondo, Hermosillo supo que la causa estaba perdida pero no quiso rendirse. Doscientos hombres lo siguieron hacia México, en donde Maximiliano, el títere austriaco llevado al poder por los franceses y que habían derrocado a Benito Juárez, estaba claramente a la disposición de los confederados. En el camino, la brigada de Hermosillo se detuvo a envolver sus banderas y estandartes en piedras para hundirlas en las aguas del Río Grande.”

“¿Y que les sucedió en México?”

“Maximiliano les ofreció algunas tierras en las cercanías de Vera Cruz, y unos cuantos aceptaron, mientras otros solo escogieron a México como lugar de descanso para luego continuar hacia Cuba y Brasil, en donde fueron bienvenidos. Poco tiempo después Maximiliano fue sacado del viejo México. Los franceses se asustaron con la armada de la Unión dirigida por Little Phil Sheridan, que se acuarteló en la frontera, y dejaron solo a Maximiliano. Tan pronto como Juárez volvió a tomar la ciudad de México, los rebeldes de la brigada que se habían asentado en Vera Cruz salieron volando, incluyendo a mi abuelo. Entonces se fue a Brownsville, en donde fue reclutado por Rip Ford para el comando de Mc Cook, que perseguía a los bandidos mexicanos en el territorio del Viejo Sal del Rey. Un poco más tarde se mudó a Cinaloa. Eso pasó después de casarse con mi abuela Jesusa Fayette Farrás, que era hija ilegítima del general Wilhelm Quantrill, el hombre que llevó a cabo el asalto sangriento en Lawrence, Kansas, en donde ciento cincuenta personas murieron mientras dormían.”

El Rayo encendió un cigarrillo nuevo con la brasa del cigarro de Toño.

“Qué tiempos aquellos, amigo Toño, que tiempos.”

“Tiempos de fieras, hijo,” dijo Antonio Coronel y Félix. “En­tonces mis padres, Plutarco Coronel y Carolina Félix, atendieron un almacén de alimentos y bebidas hasta que murieron, y luego pues yo me hice cargo del negocio. Hace menos de veinte años que se lo vendí a un hombre de apellido Koppelsky, parece que le ha ido muy bien. A mi padre le pusieron el nombre por un gobernador de Sonora, un pima mestizo que llegó a ser general confederado y fue el último oficial en rendirse a las fuerzas vencedoras. Mi madre por su parte también era mestiza, parte mexicana por su padre y parte negra fran­cesa por su madre –hija de un hombre llamado Francis Xavier Bonaparte, que luchó con la Segunda Caballería Colorada de Kansas, al menos es lo que me contaron.”

“Usted sabe mucho sobre los viejos tiempos pasados, amigo Antonio.”

“Dime Toño. Solo los viejos solitarios recordamos los viejos tiempos idos, m´ijo. Dentro de unos sesenta años –siempre que la madre tierra y los demás animales te dejen vivirlos– estarás de acuerdo conmigo, es lo que creo.”

Mientras El Rayo estuvo escuchando las añejas palabras salidas del recuerdo del amigo Toño, el sol de la tarde que se despedía se había zambullido sin mucha prisa en el paisaje marino. Al final, tan solo unos esbeltos rayos de luz se deslizaban entre las viejas persianas que cubrían el gran vidrio del vestíbulo del hotel Heracleo Marverde. De repente, el Rayo pegó un brinco por un fuerte ronquido. Echando un vistazo hacia el poniente vio que Antonio Coronel y Félix estaba profundamente dormido en su sillón de fresca vaqueta.

“Ya estoy de acuerdo, Toño, ya estoy de acuerdo,”dijo sus­pirando.

*Antropólogo ENAH.

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