Nacional

Un viernes santo cerró los ojos, César Vallejo

Por domingo 17 de abril de 2011 Sin Comentarios

Por Mario Arturo Ramos*

Me moriré en Paris con aguacero
un día del cual tengo ya el recuerdo.
“Piedra negra sobre piedra blanca”. César Vallejo

En el año de 1938 en Europa se inició un proceso bélico que transformaría el mundo y a la historia, las tropas fascistas del 3º Reich invadían Austria; en México los primeros días de la nacionalización petrolera corrían entre descalificaciones perfumadas y apoyo popular. Ese año en Pa­ris, en la Clinique Generale de Chirugie a los 46 años de edad, fallecía César -de la poesía-: Vallejo. La mañana primaveral de la Ciudad Luz era bullicioso testigo de cómo se cerraba el ciclo biológico de un poeta. En su certificado de de función los ga­lenos escribieron que una causa desconocida había acelerado el final, los cercanos al autor peruano, señalaron que la derro­ta infligida a la España Republicana, por la bota franquista fue el detonador de su muerte.

Vallejo nació en el barrio de Cajamba en Santiago de Chu­co, población del norte peruano, un 16 de marzo de 1892 en el hogar formado por Francisco de Paula Vallejo y María de los Santos Mendoza siendo el último de once hermanos que con­formaron la familia; al recién nacido en la pila de bautismo se le puso el nombre de César Abraham en honor al César romano y al padre del pueblo hebreo. Los primeros estudios el poeta los cursó en la Escuela Municipal y en el Centro Escolar No 27 de su lugar natal; de 1905 a 1908 continuó su educación en el Colegio Nacional de San Nicolás en Huamachuco, población conside­rada la Atenas de los Andes. En esta etapa sus maestros dieron testimonio de: “era estudioso, inquieto versificaba con facili­dad y gustaba (de) discutir temas filosóficos.”

Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
“Los heraldos negros”

La trayectoria de Vallejo dio un paso fundamental el 2 de abril de 1910, al inscribirse en la Facultad de Letras de la Uni­versidad de la Libertad en Trujillo; las dificultades económicas lo obligaron a abandonar las aulas y regresar al lado de su pa­dre desempeñando el empleo de escribiente público o tinte­rillo. Cansado de escritos jurídicos, horarios de juzgados y líos comunitarios, participó en la mina de Quiruvilca, escenario de la explotación del minero por el sistema de la compañía, sus vivencias quedaron plasmadas en su novela “El tungsteno” (1931). Con el apoyo de su hermano Víctor y su padre en 1911 cambio de domicilio radicando en la capital del Perú, el moti­vo estudiar en la Facultad de Ciencias de la Universidad Mayor de San Marcos, objetivo que abandonó al ser nombrado por el político, Domingo Sotil, prefecto de sus hijos. Al año siguiente trabajó como auxiliar de cajero en la hacienda Roma; las con­diciones de los trabajadores lo impactaron de manera esencial dotándolo de una conciencia social que conservó hasta el final de su existencia el prodigio de Santiago de Chuco.

Yo nací un día que Dios estuvo enfermo
De 1913 a 1923 la actividad de César transcurre entre activi­dades académicas, empleos temporales, asuntos judiciales, publicaciones de poesía, ensayos y narrativa. El 17 de junio de 1923, en el puerto de Callao embarca rumbo a Europa lle­vando en las alforjas sus libro: El romanticismo en la literatura castellana (1915), Los heraldos negros (1918), Trilce (1922) Es­calas melografiadas y Fabla salvaje (1923). En el viejo continen­te en 1924 se entera del fallecimiento de su padre; ese año es­cribe: “Tengo que ver de que agenciarme la vida. Yo no tengo, en verdad, oficio, profesión, ni nada. Sin embargo tengo afán de vivir mi vida con dignidad.” De 1923 a 1938 su fecha mortuo­ria, Vallejo piensa y escribe; su situación económica en Francia es bastante deplorable pero su oficio literario es fecundo; es el camino a la inmortalidad de un poeta iberoamericano que cimbró la poesía. En 1929 manifiesta: “El poema debe, pues ser trabajado con simples palabras sueltas, allegadas y ordenadas según la gama creadora del poeta. Lo que importa en un poe­ma como en la vida, es el tono con que se dice una cosa y, muy secundariamente, lo que se dice”

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la muerte concibe y pare de Dios mismo.
”Espergesia” XIII

A las 9.20 de la mañana parisina de aquel 16 de abril de 1938, César Vallejo dejó la vida. Su agonía había comenzado el domingo 10 de abril, la fiebre lo consumió rápidamente, los doctores que lo atendieron tuvieron que dejar a un lado el diagnóstico de lesión pulmonar con la que describieron su en­fermedad y buscaron otras causas, la más comentada fue su existencial protesta contra la proliferación del fascismo que amenazaba militarmente a la libertad. El 19 lo enterraron en el Cementerio de Moutrouge. Louis Aragón, André Malraux, Jean Richard Bloch y André Chamson lo despiden diciendo a nombre de la Asociación Internacional de Escritores: “Cumplimos el de­ber de comunicaros una dolorosa nueva. Nuestro amigo César Vallejo, el gran poeta peruano, acaba de morir en Paris. En es­tos momentos de la historia, nuestro secretariado quiere rendir este piadoso homenaje a aquel que, torturado por los trágicos acontecimientos de España, no pudo resistir tanto dolor”. A 73 años de la dolorosa partida César Vallejo vive en sus textos como en “Paris 1936”: Y me alejo de todo, porque todo/ se que­da para hacer la coartada:/ mi zapato, su ojal, también su lodo/ y hasta el doblez del codo/ de mi propia camisa abotonada.”

*Investigador y autor.

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