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El trágico fin del subteniente Luz Segura García

Por domingo 17 de abril de 2011 Sin Comentarios

Por Juan Manuel Véliz Fonseca*

Este es un hecho real que sucedió en la villa de Sinaloa, el 29 de agosto de 1933, por la avenida Ignacio Allende, entre el Subteniente Luz Segura García y el comandante de la policía municipal Ruperto López Meza.

El subteniente Luz Segura García era originario del estado de Guanajuato, de un pueblo llamado Apasco. Cursó su carrera en el Colegio Militar. Sus padres fueron don Mateo Segura y doña Tranquilina García.

En 1930, había arribado a la villa de Sinaloa, cabecera del municipio del mismo nombre. Llego para hacerse cargo del regimiento militar de caballería que aquí estaba instalado. Junto con el venía el sargento segundo Fernando Hernández Amaya, originario de la capital duranguense. Este último vivió tranquilamente el resto de su vida con su grado de sargento en Sinaloa de Leyva. La presencia militar obedecía a que terminado el movimiento cristero, sigue la lucha de la llamada: “Revolución Renovadora” impulsada por los generales José Gonzalo Escobar, Francisco R. Monzón y otros a nivel nacional. A nivel estatal figuraban Ramón F. Iturbe y Roberto Cruz. Además, este municipio quedaba al acecho de las gavillas de asaltantes y abigeos, y a falta de empleo pululaban la miseria y el hambre en estos pueblos.

Por el hecho de ser militar, era una persona recta y autoritaria. Montado en su caballo, de color blanco recorría los pueblos de “Sinaloa y Baburía”, era todo un jinete militar. Por ejemplo, tras la mínima sospecha de que alguien había sido acusado por robo de ganado, era colgado sin misericordia, del primer árbol de mezquite que se encontraba cerca, sin mediar proceso judicial alguno, incluso unos robaban para comer. Otras de las barbaridades que cometía era cuando cruzaba el rio por el “vado del limón” para ir al pueblo de El Opochi a ver una novia. Se bajaba de su caballo y obligaba a cualquier persona que se encontrara cerca a que lo “montara” a sus espaldas, el subteniente le colocaba su pistola en la cabeza y le sentenciaba: “¡Cuidado con resbalarte y echarme al rio, porque se dispara mi pistola!”. Quien no le “rendía la gorra” al subteniente, era castigado con azotes, un día me lo dijo mi abuelo Guillermo Véliz León.

Siendo presidente municipal don Joaquín Luis Ibarra le aconsejó: “mire mi subteniente, he recibido varias quejas de usted de que trata mal a la gente, yo le pido que la trate con respeto para que nos respeten, ya que puede encontrar la horma de sus zapatos”. “Pierda cuidado, señor presidente. En este pueblo no hay hombres. Son una bola de miedosos”. Pues no se equivoque le contesto don Joaquín.

Esta tragedia se inició en un baile, así me dicen algunos vecinos quienes recibieron esta información oral por medio de sus padres, entre ellos el señor Marcos Ramírez: “La mayoría de los bailes populares de esa época se celebraban por la calle Independencia (antes Mollinedo). Bajo un árbol de huanacastle frente a la casa de doña Carmen Rentería (hoy traspatio de Ángel Araujo LLanes y frente a la casa de Espiridion Laura, hoy vive la señora Agripina Beltrán)”. Agrega lo siguiente: “Lástima de ese árbol ya que nadie le tomó una foto. Nosotros, cuando niños, jugábamos arriba de ese árbol…por allí se iba a Guasave”. Sobre el huanacastle Jesús Medina Gutiérrez, originario de la Lagunilla, quien por cierto radica desde hace tiempo en Los Mochis, Sinaloa nos dice lo siguiente: “Era un árbol muy grande y frondoso, había brazos del árbol que abarcaban y cruzaban la calle. Un día viajaban unos muchachos en una camioneta vieja y arriba de la caja venían unas gentes de El Gatal y al pasar por el árbol, uno de sus brazos le pegó en la cabeza y mató a un muchacho que se llamaba Antonio Gutiérrez Montenegro”. Vuelvo al tema inicial:

Se terminó la fiesta y tanto Segura como Ruperto, acordaron llevar a la banda orquesta de Camachito a la plazuela para que siguiera tocando, es decir, los dos estaban ya “picados”; entre el huanacastle y la plazuela la banda siguió tocando. Hicieron una parada porque la discusión subió de tono.

Frente a las oficinas donde hoy se encuentra el DIF-Municipal, la discusión se dio más acalorada. El subteniente Segura se le acercó con intención de desarmarlo porque sabía que Ruperto era un hombre decidido. Le agarró fuertemente la mano derecha (pensando que era derecho) y así evitar que sacara de su cintura la pistola que traía fajada, pero no se le miraba. Cuál fue la sorpresa de Segura: Ruperto era zurdo y con esa mano sacó su pistola y le dejó ir todos los tiros al subteniente que, herido de muerte, le gritaba: “¡Ya no me tires Ruperto, siento que me estoy quemando!”. Al ver este hecho los músicos corrieron despavoridos dejando algunos de sus instrumentos; los más difíciles de cargar, como la tambora y el violón, quedaron tirados.

En cuanto le comunicaron al sargento Hernández llegó a auxiliar a su superior y le informaron que los balazos se los había dado el comandante Ruperto López apoyado por otro hombre que le apodaban “El Güilo”, y quien vivía en la esquina era Demetrio Valdez de oficio peluquero y le apodaban “El Güilo Metrio”. Esa noche la tropa buscó afanosamente a don Demetrio Valdez, sin encontrarlo, porque sus familiares lo tenían bien escondido. Él quería salir para aclarar las cosas, pues no era culpable, había sido “El Güilo Galaviz”, esa noche, si hubieran agarrado a don Demetrio Valdez lo hubieran fusilado.

El subteniente fue levantado con vida, gracias a su juventud pues contaba apenas con 30 años. Fue llevado a su casa por la calle Obregón, (donde hoy vive Roberto Véliz Figueroa) donde lo atendió el doctor Pasudeti, de origen italiano, quien al verlo cómo se encontraba le dio de vida un par de horas, aunque él se encontraba consciente. También lo visita el presidente municipal Joaquín Luis Ibarra y al verlo entrar, el subteniente Segura le dice cerca del oído: “Me equivoqué, señor presidente”. Esto último me lo relató el señor Florentino Rodríguez. El vive en Baburía y siendo niño venía a vender leche a Sinaloa y le toco llegar a esa casa ese día.

Así como estaba, Segura ordenó a su tropa que fusilara a toda persona que se encontrarán por la calle, y con más razón a aquellas que se negarán a cooperar para dar con el paradero del comandante Ruperto López Meza y “El Güilo” Galaviz. Sobre esto nos dice la maestra jubilada Guadalupe “la Pita” Camacho: “Esa noche los militares fusilaron en la esquina donde vive Miguel “El Kené”, a dos policías, uno de apellido Arredondo y otro de apellido Galaviz, porque se negaron o no sabían donde se encontraba su comandante Ruperto. Mi papá era el director de la orquesta de Camachito, y andaba en la tocada cuando se sucedieron estos hechos. Ya cuando venía para la casa por la calle Juárez divisa a los soldados y se resguardó en el zaguán del hotel “Lucia” y cuando pasaron los soldados no lo vieron, de lo contrario lo hubieran fusilado. Esa noche la gente de Sinaloa tuvo mucho miedo, todo esto me lo contó mi mamá”.

El día 30 de julio de 1933, a las 7:30 de la mañana, en la villa de Sinaloa falleció el subteniente de caballería Luz Segura García, a consecuencias de balazos, así lo informa el sargento 2º Fernando Hernández Amaya; testigos los soldados Nicolás Ochoa García y Efrén Ramos Barajas, todos ellos comparecieron ante el oficial del Registro Civil licenciado Guillermo del Valle, según reza su acta de defunción.

Nos cuenta la hija de Ruperto, María Santos López, de 75 años de edad: “Mi papá nació en la villa de Sinaloa a principios de 1900, su mamá se llamo Santos Meza y su papá Jesús López. Mi papá se casó con mi mamá que se llamaba María López Acosta.

Esa noche Ruperto se refugió en el monte –nos cuenta doña Santos–.Desde las copas de los árboles, mi padre miraba cómo se movían los soldados, para evitar ser capturado y fusilado, después huyó a la islas de los Rivera donde soportó fríos, hambres, hasta aguaceros. Todo eso aguantó mi padre, hasta pensó mejor en morirse”. Otra versión de la huida la comenta Jesús Medina Gutiérrez: “Ruperto se esconde primeramente en El Gatal en casa de Juan López Rivera, después se lo lleva a la isla de Bacahuiri, de Tomas Rivera Beltrán, donde tenían un rancho ganadero.

Cuando recién se estaba formando el ejido de Higueras de Zaragoza, mi papá se fue a vivir ahí continua narrando doña Santos y ahí se puso el nombre de David y mi mamá el de Pancha. Un día se lo encontró de casualidad Juan Verduzco y le pidió que se entregara y que él abogaría por él, ya que varias gentes de Sinaloa, incluso autoridades civiles, se alegraron por la muerte del subteniente Segura, hasta alegaban que había sido en defensa propia y que la pena que se le impondría sería atenuante y no aceptó, prefirió seguir viviendo así, escondiéndose”.

Vivió con sus hermanas Brígida y Petra en un barrio de Los Mochis, llamado “la Jaula”. Fue en el año de 1945 cuando murió Ruperto López Meza, víctima de un cáncer en la garganta. Mi papá después de lo que pasó, se hizo muy fumador ocasionándole esa enfermedad. Mi papá fue sepultado en el panteón municipal del “Cerro de la Memoria”, de Los Mochis, concluye doña María Santos.

*Profesor de la FCA / UAS. Sinaloa de Leyva

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