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Lo jesuita, presencia viva

Por domingo 6 de febrero de 2011 Sin Comentarios

(La historia siempre nuova)

Por Gilberto J. López Alanís*

El tiempo jesuítico de Sinaloa no ha terminado, la medición for­mal de su presencia, desde 1591 hasta 1767, es decir, desde su llegada entrando por el sur de Sinaloa, hasta su expulsión de las posesiones reales de la corona española, es producto de una circunstancia social enmarcada en la cate­goría histórica del acontecimiento, que en este caso es de carácter internacio­nal. Lo jesuita como realidad cultural en nuestra entidad tiene reconocidos fun­damentos; baste visitar sus devastados templos y parroquias, para admirar su aporte arquitectónico al paisaje sinalo­ense en San Ignacio, San Javier, Santa Cruz de Alaya, San Juan de Capirato, San Miguel de Mocorito, San Felipe y Santia­go de Sinaloa, San Pedro de Bacubirito, Pueblo Viejo en Guasave, Nio y lo que queda en las márgenes del río Fuerte.

Fue tan radical su aporte cultural que sustentados en la evidencia de la escritu­ra de Pedro Díaz en 1593, sabemos que las fiestas de la semana santa mayo y las de navidad, iniciaron su construcción como bien intangible de nuestra cultura mestiza a partir de 1592, cuando los pa­dres Gonzalo de Tapia y Martín Pérez, al ver que los naturales celebraban fiestas con mucho contento y alegría y con bai­les a su modo y en enramadas cercadas con petates, salían bailando muy pinta­dos con mucho plumaje y cascabeles; se atrevieron los padres jesuitas a ver lo que sucedía dentro y vieron que habían tomado las representaciones simbóli­cas de Dios Padre, la Santísima Virgen María, su hijo Jesucristo a los cuales les pedían, como antes lo hicieron otras re­presentaciones, que cuidaran sus siem­bras, los libraran de las inundaciones y de los animales bravos y ponzoñosos, enseñando ese nuevo ritual a sus hijos para que así lo hicieran en adelante.

Visto esto, los misioneros, los indu­jeron a que un día de pascua hicieran lo mismo dentro de las incipientes pa­rroquias que estaban construyendo: sugiriendo la instrucción que entraran bailando y pidieran lo mismo ante las imágenes que ya estaban colocadas en los rudimentarios altares.

A partir de entonces, Sinaloa cuenta con una ritualidad religiosa de carácter mestizo; con historia propia, donde los dio­ses son los mismos, pero transfigurados; la inducción fue ela­borada en sus propios parámetros culturales; los jesuitas manifies­tan que no sabían lo que pasaba al interior de la enramada cu­bierta de petates, así que llevar la fiesta al seno de las parroquias y ellos aceptar, fue el inicio del verdadero milagro cultural que hoy se constata en la realidad de nuestro tiempo.

Si este proceso cultural se mantiene indefenso, si no se procesa como pa­trimonio de los sinaloenses, estamos ante una inconsecuencia de desagrada­bles resultados. Esta es una tarea de los ciudadanos y de las instituciones, para reafirmar nuestro sentido cultural de identidad.

Tremenda conmoción se experi­mentó en el pueblo indígena y mestizo al tiempo de la aplicación de la orden de expulsión de los padres jesuitas del sistema de misiones en Sinaloa y So­nora, instrumentada bajo las rigurosas ordenes del Rey Carlos III de España.

*Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa

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