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Homenaje a Heriberto Frías

Por domingo 21 de noviembre de 2010 Un comentario

Por Joaquín López*

La calle Heriberto Frías del Centro Histórico de Maza-tlán corre de norte a sur; en su corta trayectoria vemos construcciones que recuerdan tiempos remotos como son la antigua placita de Machado o Francisco I. Madero, para los de antaño. Por ahí se encuentra un edificio con arcos y conocido como “Los portales de Cannobio”; hacia el norte encontramos la casona de don Antonio Haas, hoy en remo­delación para albergar el Museo del Carnaval; aunque austera por fuera, una vez en su interior sorprendía por la cantidad de trozos de historia, como los cuadros de la familia cuyos ante­pasados incluyen a un ex presidente de los tiempos de Santa Anna, el general Valentín Canalizo; muebles antiguos, colum­nas de ébano, cada elemento contenía distintos momentos de esplendor y elegancia que fueron quedando en la casona desde su construcción hacia finales del siglo XIX. Posee ade­más una tranquilidad que sólo se consigue en la soledad del campo, logro derivado del uso de anchos muros de ladrillo, plantas y ventanales que permiten la luz y a la vez resguardan la intimidad.

Justo frente a esta casa encontramos el edificio que sir­viera como consulado francés, si uno se detiene a observarla, verá que casi abarca la manzana entera y bien pudiera uno pasarse horas curioseando la multitud de detalles que ofre­ce su construcción, destacando miles de azulejos artesanales colocados armónicamente por toda su fachada e interiores. Esta casa actualmente pertenece a una empresa inmobiliaria canadiense que sólo espera el permiso del INAH para iniciar su remodelación y conservación.

Otro edificio de la calle Heriberto Frías, cuyo valor histórico descansa más en el símbolo que ostenta su fachada que en su arquitectura, es el de la Logia Ma­sónica. Organización que a su paso por el poder instituyó leyes cuyos efectos se aprecian por toda la geografía sinaloen­se. El más notorio fue el cambio de nom­bre de varias comunidades como Villa de Unión, que antes se llamaba Presidio de Mazatlán y Concordia, conocido desde su fundación como “La Villa de San Se­bastián”. Lo anterior forma parte de la eterna discusión histórica sobre la fecha incierta de la fundación de Mazatlán.

La calle Heriberto Frías, anteriormen­te Tacuba, terminaba en la avenida que se llamó del Pacífico, hoy Avenida Ale­mán, que entonces constituía la hermo­sa playa sur, desaparecida con las obras del puerto.

Fue a mediados del siglo XX cuando a esta calle se le cambia el nombre en honor del periodista Heriberto Frías Al­cocer, personaje letrado que el puerto honra con el nombre de una de sus más antiguas calles.

Don Heriberto nació en Querétaro el 13 de mayo de 1870, fueron sus pa­dres don Antonio Frías, militar jubilado y doña Dolores Alcocer. En su juventud fue de carácter tímido y callado y debido a la precaria salud de su padre, a los catorce años se tuvo que trasladar junto con su familia, a la ciudad de México. Ahí se inscribió en la Escuela Nacional Preparato­ria; desgraciadamente a los pocos meses falleció su padre, su madre regresa a Querétaro con sus hijas Josefina y María. He­riberto se queda para continuar sus estudios y para sostener­se recurre a la venta de revistas durante el día, dedicando la noche para el estudio. De estas tempranas experiencias hace referencia en su obra ¿Águila o Sol? (1923).

Su situación económica lejos de mejorar empeora y se vió obligado a abandonar la escuela. Esto no le impidió continuar con la costumbre de leer todo libro que caía en sus manos. Debido a su pobreza, trató con personas de tan malas cos­tumbres que un día fué a dar a la cárcel por un pequeño hurto. Esto le costó ocho meses de prisión en la temible cárcel de Belén. A pesar de su juventud y gracias a que era letrado, se ganó la confianza y el respeto de lo más granado del hampa mexicana, pues tanto presidiarios como carceleros solicita­ban sus servicios de escribano, siendo ahí donde obtuvo el apodo de “El Roto Tuerto” (roto = guapo y tuerto por su pé­sima visión).

Al abandonar la prisión se coloca como boletero de tea­tro, y poco después, gracias a la mediación de un amigo de su padre, a los diecisiete años, logra ingresar el 28 de diciembre de 1887, al prestigioso Colegio Militar. Después de un año, decide alistarse con el grado de subteniente en el Noveno Batallón del Ejército, esto ocurre el 16 de enero de 1889. Los excesivos rigores de la dis­ciplina castrense le valieron varios arrestos en la penitenciaría militar de Santiago Tlaltelolco.

El 3 de octubre de 1892, el Noveno Batallón se traslada hacia el pueblo de Tomochic en Chi­huahua, con la consigna de suprimir a sus po­bladores que se habían sublevado. Al concluir la campaña adquiere el grado de teniente y la carga de consciencia de haber participado en actos de pillaje, barbarie y la aniquilación de un pueblo en­tero; ahí terminan sus sueños de gloria militar.

Indignado por la falsedad de un reportaje pe­riodístico favorable al gobierno sobre los sucesos en Tomochic, empieza a escribir ¡en papel mem­breteado del Noveno Batallón!, su propia versión y lo envía a Joaquín Claussell, director del perió­dico oposicionista El Demócrata. Aquello provocó tal escándalo público que motivó el arresto de los directores del periódico, la clausura del rotativo y la fama de don Heriberto. El artículo lo había escrito bajo seudónimo, pero las autoridades sos­pechaban del teniente. Con justa razón, don Al­fonso Reyes escribió alguna vez que “la primera cárcel no se hizo para el primer delincuente sino para el primer crítico”.

Al año siguiente, el 16 de abril de 1893, el ge­neral José María Rangel, Jefe de la Segunda Zona Militar y el gobernador del estado, Miguel Ahu­mada ordenaron el encarcelamiento de Frías, a la vez que circulaban fuertes rumores de su inmi­nente fusilamiento. La salvación del escritor fue la astucia de una mujer; ella, arguyendo se respe­tase su dignidad, no permitió que registraran un canasto de ropa sucia, donde se encontraba es­condida una carta dirigida a Claussell, misma que revelaba la identidad de su escritor.

Mazatlán lo vió llegar en 1906, después de que los dueños del periódico El Correo de la Tarde le ofrecieran la dirección del rotativo. Una vez insta­lado, escribió sin restricciones y con su caracterís­tico temperamento polémico. El historiador José C. Valadés, quien era entonces un niño, convivió con él pues se había hospedado en casa de sus padres, Valadés lo describe de la siguiente mane­ra: “De los recuerdos de mi infancia, conservo(…) los que en mí grabaron profundamente Rafael Buelna y Heriberto Frías… que impresión dejóme aquel Frías, a quien en una calurosa noche de Ma­zatlán, vi en uno de los balcones de mi recámara, moviéndose de un lado a otro, hundida la cabeza entre los hombros y levantándose la solapa de la americana, para luego exclamar: “¡Que frío! ¡Pero que frío hace!..” Valadés lo observaba desde su lecho, temblando de temor. Sólo su orgullo le im­pidió gritar, al tiempo que Frías seguía golpeán­dose con violencia pecho y hombros; para luego desaparecer por una de las puertas.

Su estancia en Mazatlán fue fructífera pues publicó las siguientes obras: Tomóchic: novela histórica mexicana. Única edición de la obra ín­tegra; corregida y aumentada, con notas y capí­tulos inéditos escritos expresamente por su autor para El Correo de la Tarde. Precedida de La novela Nacional, con una crítica del Lic. José Ferrel. 1906. El Último duelo: Un crimen de la época del Pre­sidente Manuel González. 2ª Edición. 1907., pu­blicado también en la revista Arte de Mocorito, Sinaloa, en julio del mismo año. El amor de las si­renas: “Los destripados”, 1908. Todas ellas publi­cadas por la Impresora y Casa Editorial de Valadés y Cía., sucesores.

En el puerto se incorpora al movimiento ma­derista y encabeza la bienvenida que los maza-tlecos hicieron a Madero, quien tuvo que alquilar la carpa del circo Atayde para realizar su mitin. También participó en la campaña electoral para gobernador de Sinaloa de José Ferrel contra Die­go Redo, candidato oficial de los “Científicos” ca­pitaneado por Limantour. Victorioso Redo, Frías es perseguido y huye del estado, le acompaña su esposa enferma quien fallece poco después. Una vez en la Ciudad de México participa en múl­tiples actividades periodísticas donde su pluma “desborda en ácido” contra el brillo hueco de la dictadura. También escribe por esos meses otra novela: “El triunfo de Sancho Panza”, basada en sus experiencias en Mazatlán.

Contrae segundas nupcias con Áurea Delga­do y en vísperas de la revolución tiene que salir huyendo disfrazado de gendarme. El haber res­paldado a Francisco I. Madero le vale el puesto de miembro del Comité Central del partido triunfan­te. Luego del derrumbe de Madero, Frías se va a Hermosillo a dirigir el periódico La Voz de Sonora, ahí conoce a Venustiano Carranza, a Álvaro Obre­gón y a otros revolucionarios. Fue testigo presen­cial de la Convención de Aguascalientes, en la que se alió a los partidarios de la Soberana Conven­ción, llegando a criticar duramente al primer jefe Carranza. Al triunfo de éste, tiene que huir hacia las provincias, siendo capturado en Ixmiquilpan. Enfermo y casi ciego es conducido bajo custodia armada por las calles de México acusado del delito de rebelión. Comparece ante un consejo de gue­rra; el consejo falla a su favor. Pero desde lo alto le viene una sentencia de muerte. Intervienen sus colegas y amigos y se le rebaja la condena a ocho meses de prisión, su esposa tiene que permane­cer a su lado para cuidarlo pues los ojos de Frías no distinguían más que luces y sombras.

Cuando el presidente Carranza es asesinado en 1920, su destino toma un nuevo giro. El triun­fante Obregón, que era su admirador, le ofreció el puesto de cónsul en Barcelona, pero Frías lo re­husó, Obregón insiste y poco después acepta el consulado de Cádiz y sale con rumbo a España en agosto del mismo año.

Fue a los pocos días después de publicar la lujosa obra Álbum Histórico popular de la Ciudad de México que Heriberto Frías muere en su casa de Tizapán, el 12 de diciembre de 1925, sus res­tos descansan el Panteón Francés de la Ciudad de México.

Obras consultadas:

Brown, James W., Prólogo y notas en Frías Heri­berto, Tomóchic. Editorial Porrua, S. A. Méxi­co, 1996.

Carvajal Martiniano Dr; La Peste en Sinaloa, Edi­ción facsimilar (Mazatlán, 1903) UAS, 1994.

Valadés José C. Las Caballerías de la Revolución, Ediciones Botas, México, 1936.

*Cronista de Teacapán.

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