Estatal

Don Evaristo El Policía

Por domingo 22 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Nicolás Avilés González*

Todo el tiempo de quepí y sobre éste, un escudo nacional cincelado en bronce que por lo general siempre lucía poco brillante, debajo del escudo, la visera.

¡Sì, a Don Evaristo siempre lo vi vestido de policía!

Enseguida de la visera se percibía un rostro trigueño que según yo, alguna vez fue blanco sólo que, por el intenso sol de estos valles estaba quemado.

La visera se pegaba con unas cejas espesas que por esas fechas estaban ya entrecanas y bajo de éstas se percibían unos ojos redondos, pequeños, profundos y vivaces, de esos ojos que hablan por sí solos.

En la tez quemada había una piel espesa, tan gruesa como las de las iguanas vaqueta, que lucía surcada por más de mil arrugas, surcos que le marcaban el rostro, unas venían otras iban, muchas de ellas se encontraban formando equis. Una sobre otra, así como se arrugan los zapatos viejos cuando se abandonan al sol rabioso de mi tierra.

La visera del quepí, el águila opaca, los ojos redondos y vivaces, las cejas abundantes, la arruga de su piel de zapato asoleado y su pequeño cuerpo encorvado, que siempre estaba enfundado en su uniforme de policía, le daban un aspecto especial.

¡A Don Evaristo siempre lo ví vestido de policía!

Era corto de estatura más bien chico, enjuto de carnes, tanto, que casi pegaba su vientre al espinazo, esto lo hacía caminar con el torso volcado hacia adelante como si el peso de la visera fuera tanto que lo doblaba.

Así, encorvado caminaba por todo el pueblo, buscaba ambulantes para cobrarles derecho de piso. Era inconfundible el caqui de policía ya que sobre el pecho portaba otro escudo, abajo, colgando de la presilla, una leontina de acero inoxidable que descargaba dentro de la bolsa de su pantalón almidonado.

Junto a la leontina Don Evaristo llevaba la fornitura y justo dentro de la funda, un revolver que, dada la pequeñez del policía, parecía enorme y más cuando lo empuñaba entre sus manos trémulas, tratando de liquidar perros de los cuales se sospechaba rabia.

Entre buscar ambulantes y eliminar perros, Don Evaristo se ganaba el sueldo dignamente, pero no eran estas sus únicas actividades. Era además un referente obligado en los homenajes cívicos, actos que con mucha regularidad se organizaban por esos entonces.

En estos eventos permanecía Don Evaristo, formal y solemne todo el tiempo, lo hacía con la mano derecha sobre el pecho, a manera de saludo. Y de verdad que se esforzaba para mantenerse erguido, figura que me recordaba a los soldaditos de plomo con los que jugaba cuando era niño.

Don Evaristo siempre estaba vestido de policía, Don Evaristo era policía de tiempo completo.

Todas estas acciones le valían para conservar el empleo a pesar de que comandantes y síndicos iban y venían, Don Evaristo seguía allí vestido de policía, como si sobre su pequeña humanidad se hubiese detenido el tiempo.

Hoy, cuando paseo por las calles retorcidas de mi Costa Rica, siento su presencia y creo que aún vigila las calles, que camina buscando ambulantes y eliminando perros con rabia.

Aún lo percibo vestido de policía y como que lo veo erguido en los homenajes, ¡A veces creo que ya está muerto!

¡Si, a Don Evaristo siempre lo ví vestido de policía! ¡Don Evaristo era policía de tiempo completo!

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