Estatal

¡Un cafecito muchachos!

Por domingo 1 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Ernesto Parra Flores*

Cuando un ser se enfrenta a una situación difícil que atenta contra su existencia –tanto los animales como los seres humanos– la capacidad mental puede tener reacciones de supervivencia que dejan maravillado al mismo que la ejecuta y le parece un acto increíble, o el consejo de un ser sobrenatural o protagonizó un “milagro”.

Los actos heroicos se dan, precisamente, en esos instantes en que parece no haber solución posible ¡Y surge la idea bri­llante!, no siempre de las mentes más desarrolladas.

Los movimientos armados, en toda la historia de la huma­nidad, han generado un sinfín de anécdotas que el tiempo las transforma en ejemplos de heroicismo: el Pípila en Guanajua­to, el “7 leguas de Pancho Villa”; en leyendas, en frases céle­bres como “Vale más morir de pie que vivir de rodillas”.

Durante el último movimiento armado de México –no el de los Zapatistas del Cte. Marcos que aún no se sabe el desen­lace- se crearon las condiciones, casi siempre extremas, para engendrar gran variedad de esos chispazos mágicos; rayos fu­gaces que lo iluminan todo y se aclara íntegra la situación bro­tando espontánea la sabia solución que salva las vidas.

La anécdota que narro enseguida me fue proporcionada por José Aurelio García Lugo, miembro de nuestra Corres­ponsalía del Seminario de Cultura Mexicana (recientemente fallecido). Nos cuenta Aurelio que, en uno de los saqueos que hiciera el “Indio Bachomo” con su ejército a la ciudad de Los Mochis en 1914, recorriendo las calles asaltando y matando sin detenerse ante nada mostrando su fuerza, o quizás cobran­do venganza contra el hombre blanco que tantas injusticias cometiera en contra de los “mayos” de la región. Un grupo de bachomistas, entre balas y gritos, se dirigieron a una humilde casa donde vivía doña Adelina Lugo, oriunda de El Fuerte, y que estaba recién casa­da; en esos momen­tos se encontraba sola en espera del amado esposo, la oscuridad cubría ya la población. Al ver esta mujer, por cier­to con la belleza que da la juventud, que venía aquel grupo de revolucionarios casi llegando a su casa, pudo adivinar las malas intenciones por la euforia que mostraban y por la información que tenía de los villistas de Bachomo. En cuanto vio que se bajaban de sus caballos, armas en mano; Adelina, des­de la puerta abierta de su casa, lanzó un grito poniendo todo su corazón en sus palabras: ¡Viva Felipe Bachomo¡. Ese grito desarmó totalmente a los revolucionarios que transformaron su actitud belicosa en sonrisas de amistad.

La noche se detuvo un instante. Adelina los hizo pasar ofre­ciéndoles un café calientito de “talega” que saborearon entre amena charla luego, con todo respeto, tomaros sus rifles y agradeciendo la hospitalidad, salieron al trote perdiéndose en aquella agitada noche.

Adelina, perdida la mirada entre las diminutas llamas en la hornilla, no podía contener el temblor de todo su cuerpo. Aquel día, sin duda alguna, algo o alguien, le brindó la oportu­nidad de retener su honra y su vida por muchos años más. Ella misma contaría años después, lo que había pasado y sufrido en carne propia, y daba gracias a Dios cada día.

*Cronista de El Fuerte

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