Estatal

General Salvador Alvarado

Por domingo 1 de agosto de 2010 Sin Comentarios

Por Marta Lilia Bonilla Zazueta*

Salvador Alvarado nació en Culiacán, Sinaloa, el 16 de septiembre de 1880. Trabajó de farmacéutico en Guay­mas, de comerciante en Cananea. Ingresó a las filas de la revolución a la edad de 17 años en el pueblo de Pótam, río Yaqui del estado de Sonora.

En 1910 se hizo miembro del Partido Liberal Mexicano y activo propagandista del periódico Regeneración. En 1911 mi­litó a las órdenes del general Juan G. Cabral, combatiendo al porfirismo. Al triunfo de la revolución se le dio el grado de ma­yor. En 1913 combatió a Pascual Orozco, cuando el cuartela­zo. Desconoció a Victoriano Huerta y defendió la herencia de Madero. En Sonora fue ascendido a coronel y cuando tomó el puerto de Guaymas el 17 de julio de 1914 se le ascendió a general. En agosto de 1914, José María Maytorena se adhirió al villismo desconociendo a don Venustiano Carranza; Salvador Alvarado no estuvo de acuerdo con esta deslealtad y fue en­carcelado en Hermosillo por orden de Maytorena y libertado por acuerdo de la Convención Revolucionaria de Aguascalien­tes.

Ya libre y en México, se incorpora a las fuerzas de Carran­za para seguir combatiendo a los convencionistas. Venustia­no Carranza apreciando las aptitudes de Salvador Alvarado, lo escoge para la campaña militar de Yucatán para sofocar la rebelión que había estallado, encabezada por Abel Ortiz Ar­gumedo, fomentada por el general Toribio V. de los Santos, gobernador preconstitucional de la península, en febrero de 1915. Alvarado combatió a los rebeldes con todo éxito en Blanca Flor, Pochos y Halacho, para entrar triunfante a Méri­da el 19 de marzo de 1919.

Salvador Alvarado asume el gobierno preconstitucional de Yucatán que aprovecha para realizar una obra social me­morable. Llega a Yucatán el 19 de marzo de 1915. Sus ideas revolucionarias y su amor al pueblo, al humilde, al desposeído y su pasión por la justicia y conociendo a fondo la vida de los indios yaquis y mayos, circunstancia que lo prepara para en­tender los sufrimientos de los descendientes de los mayas. Él mismo deja una descripción conmovedora de las circunstan­cias en que vivían los indígenas en la península.

Ya en el poder, como gobernador y comandante de Yuca­tán, su primer acto fue: poner en libertad a más de 500 pri­sioneros de guerra, en su gran mayoría jornaleros del campo, obreros y gente humilde; ordenó que públicamente se les die­ra provisiones, dinero, salvoconductos y pases de ferrocarril para que volvieran a sus hogares, por lo cual dijo: “Encontré a Yucatán en plena servidumbre, miles de desgraciados por cul­pa de instituciones tradicionales y de vicios sociales tan fuerte­mente enraizados que parecían indestructibles, languidecían de generación en generación, con la vida vendida a los amos, con el músculo relajado en enriquecer a la casta de los señores, con el alma y la conciencia sujetas al hierro invisible de una amarga esclavitud, en la cual habían aprendido de padres a hijos, que no podrían tener otro sueño de alegría que el del alcohol, ni otra esperanza que la muerte. Encontré en mi actuación revolucio­naria en Yucatán que la riqueza de aquel pueblo bueno y fuer­te, hecho para mejores destinos, no tenía otro fundamento ni otro origen que el trabajo del indio, sobre su miseria y sobre su ignorancia, que los convertía en máquina de labor, se habían levantado fabulosos capitales y se habían labrado fortunas de príncipes”.

Salvador Alvarado, en su actuación como gobernante de Yucatán liberó al indio y al mestizo; dignificó a la mujer, creó la ley del divorcio, organizó el Primer Congreso de Emanci­pación, liberó a los obreros del yugo capitalista, expulsando a los traficantes con la justicia, estableció fábricas y canalizó el trabajo colectivo hacia el cooperativismo, dictó acuerdos de dotación de tierras para los campesinos, destinó más del 50 por ciento de los ingresos del estado a la rama de la edu­cación, atendió la enseñanza normal y tecnológica, fomentó las asociaciones obreras, organizó sociedades cooperativas, fundó bibliotecas populares y centros de enseñanza laica, persiguió el vicio y la corrupción, destruyó los trust extranje­ros, salvó la producción henequenera de la explotación, bus­có los mejores mercados para el comercio del henequén de exportación, implantó la jornada de ocho horas, estableció indemnizaciones por accidentes y pagó de mejores salarios, organizó los ferrocarriles del estado, entre otras cosas.

El respeto a la vida humana constituyó una norma de su gestión civilizadora en Yucatán. La experiencia social que pro­movió en Yucatán, tiene un carácter valioso por la sinceridad y buena fe que en ella prevalecieron, a través del propósito de servir a los humildes con voluntad insobornable.

La probidad de Alvarado dejó una huella imborrable y con su conducta honrada en el manejo del dinero del pueblo, que­dó vivo el afán porque se hiciera justicia a los desamparados, que siempre fueron motivo de sus más hondas preocupacio­nes como gobernante.

Su pluma no dejó un instante de anotar su pensamiento de periodista e intelectual. Escribió cuatro libros de gran con­tenido revolucionario: La reconstrucción de México, Mi actua­ción revolucionaria en Yucatán, Mi sueño y Cartas al pueblo de Yucatán.

Salvador Alvarado, después de su gobierno en Yucatán, ocupó las comandancias militares de Oaxaca y Veracruz. Soli­citó licencia en 1919 por no estar de acuerdo con Carranza en el lanzamiento de la candidatura a la presidencia de la repú­blica de Bonillas. Sufrió de nuevo el hostigamiento político y hasta la persecución policíaca, viéndose obligado a expatriar­se en Estados Unidos.

En Nueva York escribió un folleto contra el régimen ca­rrancista.

Como general de división se unió al Plan de Agua Prieta, firmado por Plutarco Elías Calles, Ángel Flores y Francisco R. Serrano, donde se desconoce a Carranza como presidente de la República. Fue Secretario de Hacienda y Crédito Público, al ser presidente interino Adolfo de la Huerta. Al asumir el poder el general Álvaro Obregón se retiró del ejército; pero, en 1923 secundó la rebelión de Adolfo de la Huerta. Defendió a Oco-tlán, Jalisco, contra las fuerzas obregonistas, la defección del general Cipriano Anzaldo lo obligó a abandonar sus posicio­nes, huyendo a Manzanillo, donde se embarcó a Vancouver, Canadá, pasando a Estados Unidos. Adolfo de la Huerta lo trajo de nuevo al país y lo comisionó para encabezar la suble­vación de Tabasco, en marzo de 1924.

Las operaciones militares fueron un fracaso, Alvarado fue traicionado por uno de sus ayudantes, el capitán Federico Aparicio. Camino a Guatemala fue asesinado en el rancho de La Hormiga cerca de Montecristo, Tabasco, el 9 de junio de 1924 por Diego Zubiar, perdiendo así la revolución y la causa del pueblo a uno de sus más fieles intérpretes.

COMENTARIOS SOBRE EL GENERAL SALVADOR ALVARADO

Mis primeras inquietudes revolucionarias las obtuve a través de las obras de este gran ciudadano. Sinaloa debe honrar a uno de sus más esclarecidos pensadores, dando a conocer su biogra­fía a las actuales generaciones, a efecto de que se nutran de las elevadas enseñanzas del idealismo práctico que transformó Yu­catán en el plazo perentorio de dos años, al impulso creador de un riguroso plan gubernativo que tuvo como base inconmovible la honradez acrisolada, y una legislación revolucionaria y radi­cal que reivindicó las libertades públicas en todos los aspectos de la convivencia social”.

Revista Noroeste (junio de 1962).
Adolfo López Mateos

Amigos y paisanos sinaloenses; porque si bien soy originario del estado de Yucatán debo gran parte de mi formación profe­sional en artes plásticas a un gran sinaloense, de Culiacán preci­samente, y que dejó en mi lejana tierra, uno de los más grandes ejemplos de los hombres forjadores de la grandeza de México, durante la Revolución Mexicana; mi admiración y respeto al ge­neral Salvador Alvarado, quien de su vasta labor en Yucatán y en su programa cultural, creó entre tantas obras la Escuela de Bellas Artes del Estado y, aunque en fecha muy posterior, me fue altamente honroso ser alumno de esa escuela”.

(De: Escudos del Estado de Sinaloa y de sus municipios)
Rolando Arjona Amábilis

“Mi tierra de Yucatán, tuvo el privilegio de que Salvador Al­varado fuera escogido para una misión que, en primer término, se entendió como pacificación de un brote rebelde, pero luego fue transformándose como el barro en las manos de un alfarero; ansioso de crear y afirmar una obra suprema, en un programa de fulgurantes ideas que por momentos fue realizándose en sor­prendentes y poderosas realidades. Él cayó pero su espíritu y su obra quedan en alto, más en alto cada día. Los indios de mi tierra yucateca repiten con ternura en la soledad y la tristeza de los campos su nombre esclarecido. Cada piedra de Yucatán aspi­ra a ser monumento de su gloria y en el corazón de cada hombre honrado late la nostalgia de su obra y de su tiempo.” (Rumbos Nuevos número 8 junio de 1960).

Antonio Mediz Bolio

Fuentes:
Azuela, Salvador. Salvador Alvarado. En revista Noroeste nú­mero 28 (junio de 1962).
Bustillos Carrillo, Antonio. Perfiles de un gran reformado. En Rumbos Nuevos número 8 (junio de 1960).
Leyva Velázquez, Gabriel. Alvarado es el Hombre. En revista Noroeste número 24 (febrero de 1962).
Mediz Bolio, Antonio. El caudillo que transformó a todo un pueblo esclavizado. En Rumbos Nuevos número 8 (junio de 1960).

* Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa.

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