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El futbol no tiene la culpa

Por domingo 20 de junio de 2010 Sin Comentarios

Por Arturo García Hernández*

En qué se parece el futbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.”

La adivinanza la escribe Eduardo Galeano en su libro El futbol a sol y sombra. En seguida cuenta que Jorge Luis Borges decidió dictar una conferencia en Buenos Aires sobre la inmortalidad, el mismo día y a la misma hora que Argentina jugaba contra Hungría el partido inaugural del Mundial de 1978.

Galeano sugiere que Borges aborrecía al fútbol y la histeria colectiva que genera, sobre todo durante cada Copa Mundial. Borges era un ateo del futbol.

En el extremo contrario están los devotos. Como sabemos, toda devoción tiene una puerta hacia el fanatismo. Y más de uno la cruza. Son muchas las historias al respecto. Como la del defensa de la selección de Colombia, Andrés Escobar, quien al regresar del Mundial de 1994 jugado en Estados Unidos, fue asesinado a tiros por un aficionado indignado con él porque anotó un autogol que contribuyó a la eliminación de su equipo.

Entre el repudio inofensivo y genial de Borges al deporte más popular del mundo y el fanatismo criminal del aficionado colombiano, caben muchas interrogantes: ¿por qué produce el futbol comportamientos tan extremos? ¿por qué emociona tanto? ¿es por su primitiva simplicidad? ¿por la alegoría sexual que hay en el juego: una lucha cuerpo a cuerpo en la que un equipo trata de introducir el balón en la portería contraria? (¿qué diría Freud?) ¿Es porque pone en escena una guerra sin muertos, donde se subliman los demonios de la comunidad, del barrio, de la nación? ¿Será a caso, como dice el escritor Juan Villoro, porque los jugadores sobre la cancha, “los once de la tribu”, representan y defienden los anhelos y el honor de la colectividad?

Sea por las razones que sea –misterio sin resolver–, el futbol pone de cabeza a millones de personas en todo el mundo. Y ya lo sabemos: eso le da un potencial político y económico que ha sido aprovechado hasta la náusea.

Según la revista Expansión, el futbol como negocio maneja 500 mil millones de dólares. Si se tratara de un país, ocuparía el lugar 17 entre las mayores economías del mundo. Y de acuerdo con Ciro Murayama, catedrático de la Facultad de Economía de la UNAM, la transmisión de los partidos de la selección mexicana en el Mundial de Sudáfrica dejará a las televisoras, por concepto de publicidad, un ingreso de aproximadamente 900 millones de pesos.

El problema no es que del futbol se haga un gran negocio, si no que la forma en que se hace atenta contra su esencia lúdica, contra la magia que enamora a tantos. Por ejemplo: los millones y millones de euros invertidos este año, no hicieron campeón al Real Madrid en España. En México, el dinero invertido (¿gastado?) no hizo mejores equipos del América o de los Tigres.

Con tanto dinero de por medio, el futbolista deja de divertirse, deja de disfrutar, lo aplasta la obligación tácita de justificar la inversión, se marea de fama y oropel. ¿No es eso lo que le pasó a el Chicharito Hernández? Hace un año, antes del contrato con el Manchester United, antes de los llamados a la selección, antes de los comerciales en televisión y de las apologías desproporcionadas de los comentarías, el joven jugador se divertía, gozaba sobre la cancha. ¿Y ahora?

Casos emblemáticos son los de Ronaldo y Ronaldinho, quienes llenos de fama y dinero, dejaron de disfrutar del juego y se desbalagaron hasta la mediocridad. Si algo salva periódicamente a Cuauhtémoc Blanco de la debacle, y pese a sus años sigue siendo un jugador popular e importante en la selección, es que no ha dejado de divertirse y de jugar con pasión.

No es que los futbolistas tengan que morirse de hambre. Pero todo tienen un proceso, algo que no se lleva bien con el vértigo de la vida moderna, donde impera lo instantáneo y lo efímero.

Sin embargo, me gusta el fútbol. Y ya en esas, tomo para mí las palabras de Eduardo Galeano: “Yo no soy mas que un mendigo de buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios (o frente al televisor) suplico: Una linda jugadita, por amor de Dios.

“Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece”.

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