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ESE ÁRBOL DE NAVIDAD

Por martes 31 de diciembre de 2019 Sin Comentarios

PRIMAVERA ENCINAS

Apenas caigo en cuenta que mi árbol de Navidad tiene veinte años. Llevaba poco de casada y cargaba un niño de brazos, cuando lo observamos en una tienda de servicios y nos gustó. Cada año lo miraba con la misma alegría, mientras le compraba nuevas esferas, adornitos y sobre todo lucecitas. Siempre lo he visto fuerte, sólido, sin embargo, el tiempo ha pasado y no ha sido en vano.

Ha sufrido cambios de domicilio, separaciones y cierto desdén cuando he viajado. Apenas tengo días libres en mi trabajo de docente, así que aprovecho el fin de año para agarrar una maleta y conocer lugares que despiertan mi imaginación. En el 2010 lo dejé, para conocer los callejones empedrados de Guanajuato, al siguiente me fui a la Ciudad de México, perdiéndome en las pirámides de Tula y Teotihuacán, después a la Riviera Maya, más tarde a Francia e Italia, posteriormente sería Guadalajara.

Aun así, llegaba rápido a poner el árbol, repleta de experiencias que vertería en mis libros. No ha sido en vano. De esos viajes salió La Leyenda del Collar Turquesa, una novela sobre un collar que viaja desde la época maya hasta el México del siglo XX. Se me ocurrió sobre una de las pirámides de Uxmal cuando contemplaba la frondosa selva. El libro de relatos Amanecer en París nació de unas vacaciones decembrinas recorriendo las calles de París. Varios de esos relatos se han publicado en La Voz del Norte. Los viajes a Guanajuato, Querétaro o Guadalajara, me han servido para las novelas: La Elección y Por siempre, que hablan sobre la guerra de Reforma y la invasión francesa en México.

El árbol de Navidad tenía que esperar a que desempacara, con la mente fluyendo de ideas. En realidad lo pongo por mis hijos y también por mí, para sumergirnos en el espíritu navideño. Una vez, el viaje fue con ellos. Partimos el 25 y regresamos después de año nuevo, llenos de vivencias en museos, parques y zoológicos. En otra ocasión, mis hijos se fueron a Durango con sus abuelos paternos y el arbolito se sintió muy triste y solitario.

Tenemos una costumbre en casa. Cada año, en estas fechas, vamos al mercado a comer churros o dulces típicos. Visitamos el árbol de Navidad de la Plaza pública y varios nacimientos. Recuerdo sus caritas frente al nacimiento de la calle Hidalgo, que ya no ponen más. Ahí, mi hijo mayor se quemó un dedito a los tres años, mi hijo Carlos se maravilló contemplando a Santa Claus y el más chiquito señalaba los animales a escala que rodeaban las figuras principales.

Cuando tuve la fortuna de visitar Asís, muy cerca de Roma Italia, recordé a mis hijos. Asís es un pueblo medieval, cuna de San Francisco, donde actualmente está su imponente iglesia en tres niveles, que muestra los maravillosos frescos de Giotto, representando la vida del santo.

Afuera del templo, que está en la montaña, se aprecia el precipicio con cientos de pinos invernales, generando un maravilloso efecto. A un lado está un nacimiento con figuras de tamaño real. Es muy famoso y lo visitan de todo el mundo. Cómo me hubiera gustado que me acompañaran mis hijos, para escuchar sus vocecitas de antaño: Mira mami, qué grande se ve ese burro o esas ovejas, ¿ya viste que bonita se ve la Virgen o por qué no han puesto aún al Niño Dios?

Era diciembre del 2013 y ellos no estaban conmigo, sin embargo, sí lo estaba mi madre, quién con los ojos cerrados, oraba frente ese majestuoso paisaje. Recuerdo que ella me dijo: Aquí se siente más espiritualidad que en muchas iglesias incluyendo San Pedro en el Vaticano; es muy bonito, pero hay mucha gente y ruido, en cambio en Asís…Tuve que darle la razón y también oré, agradeciendo de estar donde el santo logró tanta grandeza. Seguimos nuestro recorrido por diversos templos y otros edificios. Efectivamente San Pedro me impresionó, así como lo hizo el Panteón y el Coliseo Romano. Cuando contemplé La Piedad de Miguel Ángel me estremecí, recordando de nuevo a mis pequeños.

Ahora en el 2019, uno de ellos me comentó: Mamá, ocupamos otro árbol, ¿no te das cuenta que ya está viejito? Le faltaban dos patas y ya tiene varios huecos, pero es que he estado tan distraída que no lo recordaba. Este año, no hubo viajes, ni recorridos exóticos, pero fue más especial. Mi hijo mayor se graduó de medicina y la verdad, estuve tan contenta que no tuve tiempo para acordarme del árbol, hasta que lo saqué hace cuatro días.

Es cierto, contesté, está muy viejo, pero nos ha acompañado siempre y se merece estar aquí, testificando los años buenos y los no tan afortunados. Démosle chanza, ¿cómo ves?

Batallamos para instalarlo, pero una vez que estuvo erguido me recuerda tantas cosas. Me gusta ver como brilla, aunque estorbe para las sillas del comedor o que estén a punto de tumbarlo cuando juegan Nintendo cerca de él. Se levanta imponente en sus dos décadas. Si el árbol hablara, evocaría cuando un chiquitín jaló una serie de luces desde la andadera o de las miradas de emoción de mis tres tesoros, cuando aún creían en Santa. Ahora ellos traen a sus novias, ahora la sentimental soy yo. Ese árbol me ha acompañado la mayor parte de mi vida adulta. No creo que sea fácil desprenderme de sus ramas, ni de la sencilla estructura, pues forma parte esencial de nuestro hogar.

* Licenciada en Psicología

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