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¡ESA NO ES MI MUJER!

Por jueves 31 de octubre de 2019 Sin Comentarios

TEODOSO NAVIDAD SALAZAR

Octavio Barenque era empleado de gobierno; vivía de manera modesta con su mujer y sus dos hijos. Buen hombre, mejor padre y esposo; no tenía vicios y consagraba su vida al trabajo, a formar a su familia y de cuando en cuando convivir con amigos. El sueldo alcanzaba para pagar colegiaturas, servicios propios de la casa, comida, mantenimiento de su automóvil y podía tomar vacaciones con su familia cada año.

Martina, su esposa, era también buena esposa. Siempre había gustado hacer vida social, situación que a Octavio no le parecía mal. Sin embargo los últimos tiempos empezó a tener problemas para completar los gastos de la casa. El salario cada vez alcanzaba menos. Hacía cuentas y estas no salían. Platicó con su mujer. Él por su parte empezó a ser más austero en sus gastos y lo mismo pidió a Martina. No obstante las cuentas seguían sin “cuadrar”. Cierto que la vida estaba más cara cada vez, pero consideró que en algo no estaba siendo bien utilizado.

Martina por su parte siguió su rutina. Reunión con amigas cada semana, jugar baraja, tomar café, algo que por años había hecho con el beneplácito de su marido. Pero las cosas iban de mal en peor. Octavio había hecho préstamos al banco y sufría para no dejar de pagarlos.

Cierto día después de de salir del trabajo se detuvo en una tienda de conveniencia para comprar algunas cosas para la cena. Frente a dicho establecimiento comercial operaba un de los tantos casino que existían en la ciudad; Octavio salió de la tienda y se dirigió a su automóvil, en ese inter lo abordó un individuo de buen aspecto, que de primas a primeras le dijo:

-Oiga amigo le doy quinientos pesos si entra al casino y saca a mi esposa; se que está jugando desde hace rato ahí.

– ¡Qué! -Le contestó Octavio Barenque, entre sorprendido e incrédulo.

-Sí- repuso el individuo, frotándose nervioso las manos, como si temiera encontrarse con su mujer.

-Lo que pasa amigo es que, la verdad, me está dejando en la ruina. Está enviciada en el juego y ya no encuentro la forma de hacerla entender que eso no está bien. Desatiende los niños, y el sueldo, pues ya no alcanza para los gastos de la casa.

Y usted por qué no entra por ella?-preguntó Octavio, sonriendo.

¡No oiga! Qué voy entrar! ¡Es muy brava! ¡Capaz que me hace un escándalo delante de la gente! No, no- contestó el individuo. Quinientos pesos si me la trae para ver si puedo platicar con ella y la convenzo de que nos vallamos a la casa

-Bueno- contestó Octavio Barenque- ¿Quinientos pesos dice?

-Sí, quinientos pesos porque la saque del casino- contestó el desesperado individuo.

-Pero cómo voy a conocerla-le preguntó a quien decía ser el esposo de la dama en cuestión.

No tiene pierde-contestó el hombre. –Trae un vestido rosa, bolsa de mano rosa, zapatillas color rosa y una diadema rosa -no tiene pierde- le recalcó.

Dicho esto, y con ganas de ganarse ese dinero, Octavio cruzó la avenida y entró aquel antro de vicio y perdición. Pasaron algunos minutos que al pobre hombre le parecieron eternos. De pronto apareció Octavio en el pórtico del edifico de aquel desplumadero, forcejeando con una mujer vestida de amarillo, que a las claras se resistía a acompañarlo; como pudo cruzó la calle rumbo a su automóvil, tratando de convencer a la mujer hablándole en buena forma, cuando escuchó los gritos desesperados del hombre que le había hecho la propuesta de los quinientos pesos, que le gritaba… amigo- amigo, amigo, ¡Esa no es mi mujer! ¡Esa no es mi mujer!

Amigo, amigo, -volvía a gritar desgañitado aquel hombre. Esa no es mi mujer! Esa no es mi mujer! Hasta que logró captar la atención de Octavio Barenque, que ya había conseguido serenar a la mujer que caminaba a su lado, haciéndola entrar en razón, convenciéndola de subir al automóvil.

Entonces volvió hacia donde estaba su interlocutor contestándole:

-¡Si! ¡Ya lo escuché amigo! ¡No es la suya amigo, pero es la mía! Ahorita voy por la suya!

Y poniendo manos a la obra, dejó a su mujer al interior del automóvil y se dirigió de nuevo al casino de juegos. Al poco rato apareció en la puerta del edificio, platicando con una dama vestida de rosa, zapatillas rosas y bolsa de mano del mismo color, señalando a la distancia la presencia de quien le había pedido interviniera para que saliera del casino y caminaron hacia él.

Amigo. Esta sí es su esposa. Aquí la tiene. Trato cumplido. El hombre le extendió la mano a manera de saludo y agradecimiento; de manera discreta en el saludo le dejó el billete de quinientos pesos prometido.

Qué pasó después entre la pareja. Octavio Barenque no quiso quedarse a presenciar el dialogo. Tenía mucho que platicar con su mujer, por los mismos motivos. Martina había adquirido el vicio de jugar. No había duda. Ahí estaba la fuga que había hecho ya un boquete en las finanzas familiares. Motivada por sus compañeras le dio por asistir a los Casinos de juegos, primero a ver, luego a invertir en el juego pequeñas sumas, tal vez sin importancia, recibiendo a su vez, pequeñas ganancias. Luego las apuestas fueron más fuertes al ver que en ocasiones el juego era favorable. Sin embargo, la ambición la fue llevando hasta invertir en el juego algunas veces hasta las colegiaturas de los niños.

* La Promesa, Eldorado, Sinaloa. Comentarios o sugerencias a teodosonavidad@hotmail.com

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