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EL PATRIMONIO NATURAL Y EL MALINCHISMO VEGETAL

Por miércoles 31 de octubre de 2018 Sin Comentarios

ERIKA PAGAZA CALDERÓN

Debo decirlo sin tapujos: me parece chocante cuando me hablan de la belleza de los árboles de Lluvia de oro, las magníficas cualidades del Neem, el enorme potencial de la Moringa, y la panacea del árbol del Kiri. Permítanme contarles una cosa, ningún árbol o planta por si sola puede salvar al mundo y evitar el cambio climático y otras desgracias provocadas por la humanidad; la naturaleza tiene muy claro el concepto de comunidad y así se sustenta. Puede sonar feo que lo diga así, pero dicen los abuelos que aclarando amanece y yo les creo, lo que digo no debe malinterpretarse. Me parece chocante porque esto me hace reflexionar sobre lo mucho que nos falta trabajar para lograr transmitir las enormes cualidades del patrimonio vegetal de México, todas las plantas que mencioné en el párrafo de inicio son originarias de otros países. Cada vez que veo como destruyen un monte para extraer piedra, me invade una enorme tristeza al imaginar la caída de árboles que llevan 30, 50, o 100 años felices ahí; no sólo por la parte sentimental, sino porque pienso que si estuviéramos en otro lugar del mundo, los mismos empresarios y empleados verían la posibilidad de mover esas plantas a otros lugares para que adornaran plazas y parques, pero no, aquí no; aquí nos urge tirarlos y sacar rellenos para más casas que no serán habitadas y seguir con otro “monte”. Aquí damos permisos a diestra y siniestra en una competencia brutal por la destrucción fundada en la ambición.
Y entonces esto me lleva a reflexionar que a los botánicos nos ha faltado sensibilidad para comunicar a la sociedad la importancia y la necesidad de crear y promover “paisajes con identidad” como me gusta llamarlos y que ya he mencionado en otros espacios. Pienso en paisajes que revelan la riqueza de cada uno de los rincones de México, porque de verdad tenemos tantas plantas incomprendidas y plantas que no hemos alcanzado a visualizar en todo su potencial, que todo el gremio experto no alcanza para terminar de estudiarlas.
El malinchismo vegetal existe, arrastramos una herencia discriminatoria que se refleja hasta en la selección de plantas que consideramos un símbolo de estatus; vemos (porque no es lo mismo que observar) siempre hacia afuera, asombrándonos de los jardines de otras latitudes, alabando la hermosura ajena; y sin embargo, los de afuera nos miran con envidia y actúan de manera rapaz hacia nuestro recursos naturales, ya que hay un fuerte mercado ilegal para las plantas mexicanas, incluso hay una valoración distinta de la belleza de las especies de las zonas áridas de nuestro territorio y aquí seguimos haciéndoles cara de puchero, mientras otros ganan miles y hasta millones con ellas. Es el caso del género Agave, con más de 150 especies, estas dignas plantas con las que grupos indígenas y mestizos han tenido una hermosa relación de siglos, como bien señala Abisaí García Mendoza, el experto en la materia. Hoy estas plantas mexicanas forman parte de los bellos paisajes que se crean en California y otros estados norteamericanos, y nosotros seguimos desestimando sus cualidades. Digo nosotros porque me refiero a un país con sus gobernantes y a su población que prácticamente identifican a este grupo de plantas a través del tequila y el mezcal, ahora de moda. Muy pocos son quienes los estudian y sólo aquellos grupos que aún dependen de su relación estrecha con la planta, entienden la urgencia de su preservación.
Y eso es sólo un ejemplo, hay numerosos casos de plantas que ya fueron escudriñadas por japoneses, y norteamericanos, y hoy forman parte de sus cultivos de ornato más bellos; sin mencionar las que han explotado por sus propiedades medicinales, alimenticias o maderables. La formación del perfil de un botánico debiera incluir el aprendizaje de herramientas de comunicación que le permitan transmitir su amor por las plantas y los recursos naturales de la patria, porque aunque hay cosas que no se aprenden en el sistema de educación formal, pero me imagino a un profesor impartiendo la materia de “sensibilización botánica” o como gusten llamarla, pero buena ayuda nos darían.
Ojalá este llamado encuentre eco en muchos, pero aprovecho para hacer énfasis en los compañeros de gremio: debemos salir de nuestros laboratorios y herbarios, dejemos de refunfuñar por la falta de apoyo y busquemos el encuentro con una comunidad que sí quiere escucharnos, creemos lazos con quienes toman decisiones. El nuevo papel social de la ciencia, no es tan nuevo, pero ha sido empeño de unos cuantos crear los puentes para formar científicos botánicos comprometidos con su comunidad y con la naturaleza. No es que sea una botánica nacionalista, también aprecio la belleza de numerosas especies de otros continentes, pero hay que buscar un equilibrio. La patria necesita de una comunidad que aprecie su riqueza natural y que sea la más beneficiada de esta relación. Nuestras plantas son hermosas, hay que romper con el malinchismo que prefiere una Rosa del desierto a una majestuosa Magnolia.

* MC IPN

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