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OCTAVIO PAZ LO ADVIRTIÓ Y LO DEJÓ ESCRITO

Por miércoles 31 de enero de 2018 Sin Comentarios

FAUSTINO LÓPEZ OSUNA

Hace rato (1440-1479), más de trece años antes del descubrimiento del Nuevo Mundo, el poeta español Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte del maestre don Rodrigo o Coplas a la muerte de su padre, escribió, con poderosa nostalgia, que “todo tiempo pasado fue mejor”. La alegría no es verbo que se conjugue en pasado. De darse o manifestarse, siempre es presente, no tiene pretérito.
En cambio la tristeza, sin tampoco ser verbo, sí tiene pasado, de ahí que la nostalgia se define como “tristeza con que una persona recuerda épocas o personas del pasado a las que se siente vinculada afectivamente”. La singularidad del individuo y la pluralidad del pueblo, tienen, como contener la información el genoma, memoria, que es uno de los componentes que articulan la progresiva evolución de la especie.
Algunos consideran sinónimos la razón y la memoria, pero, aunque están ligadas, la razón es facultad de pensar, en tanto que la memoria es capacidad de recordar algo. Privar de la razón no es privar de la memoria. Con lo primero, se pierde. Con lo segundo, se encuentra.
En el siglo pasado, la historia contemporánea da cuenta de las dos Guerras Mundiales y, aunque con distinto signo, también de las grandes revoluciones sociales: la Mexicana, la Rusa, la China, la Cubana, incluida la Nicaragüense. Las socialistas fueron la intención más profunda de pretender acabar con un pasado de explotación y de injusticia pero, pese a su visión humanista reivindicadora, fracasaron.
Aunque duela a muchos, terminó imponiéndose la continuación de la explotación del hombre por el hombre.
Por otro lado, algo que los estudiosos han soslayado al intentar comprender el fracaso de tales proyectos que influyeron en el destino de la humanidad, fue la inconformidad de las masas de esos pueblos de desaparecerles su pasado histórico. Si bien es cierto que las inmensas mayorías las conformaban campesinos y, de acuerdo al marxismo, las dirigían las clases obreras, jamás desapareció de ellas la nostalgia por su sistema monárquico: dejar de ser súbditos de un rey, de alguna forma diluía el prestigio de un linaje nacional de siglos, lo cual los empobrecía espiritualmente.
Y como el dogma marxista no acepta que nada subjetivo se sobreponga a la dictadura del proletariado, en la Unión Soviética se dio la intentona de destruir todas las obras de arte del zarismo, por considerarlas burguesas, pero Lenin la detuvo señalando que eran herencia del proletariado. Otro tanto ocurrió en China con la Revolución Cultural, que prohibió toda la literatura “burguesa”, incluido Confucio, destruyendo, la turba juvenil fanatizada, en piras públicas, tonelada de libros a lo largo y ancho de la República Popular.
El mexicano Julio Scherer en su visita a la tierra del filósofo Lao-Tsé, dio cuenta, en Excélsior, que los últimos años de Mao-Tsé-Tung, en su retiro, los pasó leyendo a… Confucio, para razón del poeta español.
Justo al estar escribiendo estas líneas, se manifiesta en Chile la indignación del pueblo chileno por la inacabable pederastia del clero haciendo estragos en la niñez de la patria de O´Higgins, lo que obligó a pedir perdón al papa Francisco durante su visita, antes de dirigirse a Temuco. Frente a aberraciones tales y aunque aparentemente no se conecta, se antoja la pregunta: ¿habrá algo más dolorosamente nostálgico para la humanidad que recordar que Jesús, pese a su inmensa Gloria, estaba en tal estado de pobreza que el judío de Jerusalén, José de Arimatea, prestó su propia tumba para que lo enterraran? (Y el clero opulento de la hora presente haciendo de las suyas).
Pasando al tema del título, México no escapa al fenómeno de una nostalgia tatuada en su ser nacional. Y si alguien se compenetró lúcidamente de ello en su vida, en sus estudios, sus investigaciones y su obra fue, ni más ni menos, que nuestro Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz. Curiosamente, aunque el Larousse dice de él: “En su obra se une la evocación de los mitos y el mundo mexicano” y cita títulos de sus libros, no menciona el de Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe ni La llama doble, siendo, el primero, un extraordinario aporte a su visión de lo nuestro. Tampoco cita El Ogro filantrópico, en el que aborda aspectos cruciales de la evolución de nuestra democracia. Y es en este punto donde Paz dejó escrito, para descontento de sus detractores, que veía difícil que el pueblo de México pudiera resistir no contar en el gobierno con el Partido Revolucionario Institucional, como parte indisoluble de su idiosincrasia.
Aunque esto no es ninguna gracia para los partidos políticos de oposición al PRI, ahí está, dicho y escrito. A partir de su conocimiento histórico, Octavio Paz señala que el desgaste de tantas décadas de detentar el poder, generaba las condiciones de un cambio de partido en la Presidencia y que el que veía capaz para una alternancia en esos momentos, era el Partido Acción Nacional. Pero agrega: el problema es qué tanto resistirá el pueblo sin PRI.
Habrá que reconocer que el asombroso diagnóstico de Paz fue acertado, porque murió en 1998, dos años antes de la llegada del PAN a la Presidencia de la República, como lo vaticinó, y también acertó en que el pueblo sólo resistió dos sexenios sin el PRI y en 2012 lo regresó a Los Pinos.
En los días que corren y que nos encontramos como en los últimos de Ernesto Zedillo, con barruntos similares y un descontento mayor que entonces por la corrupción galopante, ¿se repetirá la historia prevista por Octavio Paz? ¿Hasta qué grado será el temor de los brujos de la política a una derrota, que decidieron lanzar por el PRI a un candidato no militante del PRI? En el remoto caso de perder las elecciones, ¿se estará pensando en la refundación del PRI con coplas ya no de Manrique, sino de un son jarocho que diga lo mismo: que toda época pasada fue mejor? Cuidado con el tiempo circular.

* Economista y compositor

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