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CATALINO ÁVILA GÓMEZ

Por martes 28 de febrero de 2017 Sin Comentarios

Por: Teodoso Navidad Salazar

Corría el año 1964, era yo, un párvulo; llegó al incipiente ejido Mezquitillo, donde recién habían entregado las tierras a un grupo de campesinos solicitantes. Se habían delimitado las parcelas, canales de riego y se realizaban las primeras siembras de milo, frijol y maíz. Recuerdo las casas, más bien, chozas de paja, en las que el nuevo asentamiento cobraba forma urbana, donde se instalaron las familias, entre ellas la mía.

Aunque hay que recordar que muchas otras, habían tomado por hogar temporal, el amplio galerón de lámina de cartón que en otro tiempo fue utilizado para el empaque de hortalizas y resguardar la maquinaria agrícola del griego Chaprales, a quien la reforma agraria había afectado, para dar paso al nuevo núcleo ejidal.

Llegó una mañana de septiembre. Era un jovencito, espigado de tez blanca. Recuerdo aún, su vestimenta modesta. Era el maestro de la escuela: Catalino Ávila Gómez, supe después, su nombre. Muy pronto ganó la simpatía de los muchachos de su edad. Supe también que era de Escuinapa, municipio y ciudad del mismo nombre; muy pronto conocí esa parte del sur de Sinaloa, sin haber estado jamás en el punto geográfico, pues sus charlas generalmente versaban sobre su tierra, sus personajes, las bellezas y riquezas en las marismas.

Mientras se acondicionaba, la casa del griego (afectado por la reforma agraria), como escuela, los padres de familia, habilitaron un espacio en el viejo Teodoso Navidad Salazar CATALINO ÁVILA GÓMEZ y amplio galerón de lámina, para que el maestro impartiera sus clases. Recuerdo los primeros ejercicios caligráficos que nos enseñó con esmero, tomándonos de la mano: “Rueda rueda pelotita, rueda sin cesar, que la niña ligerita, muy pronto te va alcanzar”. O aquella de “Ay niña mechuda te voy a peinar, porque así en la escuela, no debes andar”.

Aquello era el movimiento para “aflojar” la mano y enseñarnos a tomar el lápiz (muy escasos por cierto).

Muy escasos eran también los cuadernos, por lo que nuestras madres habilitaban cuadernos con recortes de papel de envolver o de empaque de la Maseca, que entonces se compraba por kilo o por paquete de diez kilogramos; recortaban y cosían aquellos papeles, que formaban nuestra herramienta escolar. Era tanta la pobreza de las familias de la época, que difícilmente podíamos tener acceso a un cuaderno “Polito” de páginas de papel trigueño.

Fue Catalino Ávila Gómez, comprensible con las carencias de las familias. Fue muy querido, por sus alumnos y habitantes del ejido, donde laboró algunos años; hizo buenos amigos. Como todos los maestros de su época, fue multifacético.

Atendió los cuatro primeros grados hasta que le enviaron un auxiliar. Impartía las materias y se daba tiempo para las actividades de educación física, artísticas (nos hacía cantar todos los viernes y nos enseñaba melodías del cancionero mexicano); de educación para la salud, estaba muy pendiente del aseo personal de sus alumnos, no importaba la vestimenta pobre con la que acudíamos a diario. Muchos de mis compañeros asistían descalzos, no había para huaraches, menos para zapatos; era insistente en el baño diario, oídos y uñas limpias, pero sobre todo, hacía énfasis en las reglas de urbanidad.

clementeEl saludo y respeto a los mayores y los padres mismos, era algo muy importante. Una o dos veces por semana, nos citaba al amanecer para hacernos correr por el bordo del canal. Hacer ejercicio, luego a desayunar, y ayudar a nuestros padres en tareas propias de la casa y a las nueve de la mañana, listos en el salón de clase. Era el tiempo del turno discontinuo: tarde y mañana.

A menudo era nuestro invitado a comer. Nos sentíamos honrados con su visita y tratábamos de portarnos lo mejor que se podía. Nos gustaba escucharlo, porque a través de él, conocíamos Culiacán, los pueblos y ciudades, por las que pasaba en su ir y venir desde Escuinapa al ejido, cada vez que las condiciones económicas se lo permitían. Fue y sigue siendo un gran tipo.

En muchas ocasiones, cuando nos daba tiempo, por las mañanas, emprendíamos el camino para encontrarlo por el bordo del canal, hasta el Campo Eureka, cuando venía de Culiacán. Era una delicia escucharlo mientras caminábamos a su lado, disputándonos el honor de caminar lo más cerca de él. Sonreía complacido por las muestras de afecto de sus alumnos.

Cuando mis hermanos y yo, tuvimos que salir a continuar nuestros estudios, porque la escuela sólo ofrecía hasta el cuarto año de educación primaria, él seguía allí. No descuidó su preparación profesional, porque mientras daba clase, estudiaba en Instituto Federal de Capación del Magisterio, donde se forjaron miles de maestros que la patria requería en esa época de los sesentas.

Trabajaron a su lado, de manera temporal, algunos maestros como Antonio Tirado Guzmán, Alejandro Carrillo, Miguel Ángel Rojas Manzano, Eustolia Payán Salomón, por mencionar algunos.

Mi familia emigró del ejido Mezquitillo hacia otras latitudes, donde pudimos realizarnos como profesionistas. Lo perdí de vista, pero fue esa etapa de mi infancia feliz, un pasaje inolvidable. Su influencia fue muy importante en la vida de muchos de mis compañeros (y la mía). Pasadas algunas décadas, siendo yo maestro normalista en servicio, lo volví a ver. Seguía siendo un hombre erguido, conservaba su figura atlética y también su gesto alegre y bonachón. Me dio mucho gusto el reencuentro. Había sido el maestro de mis primeras letras y le profesaba un cariño muy especial; su comportamiento había marcado la vida de muchos de nosotros.

Fue hijo de familia modesta, nos contaba, que desde niño, supo ganarse la vida en la venta de tamales barbones y de picadillo, aunque a decir de él, en ocasiones se escondía para no asistir a clases, con los consabidos regaños de su progenitora. Pero a tiempo, se dio cuenta que, de la venta de tamales, no iba a labrar su futuro.

Entonces, atendiendo los consejos de sus padres, estudió duro, para obtener su título de profesor, años más tarde el de licenciado en derecho, en la Universidad Autónoma de Sinaloa, donde impartió cátedra en la Escuela de Trabajo Social, por muchos años; incursionó en el servicio público, como Agente del Ministerio Público y como Secretario del Ayuntamiento de Escuinapa, luego como abogado postulante. Logró formar una familia integrada de profesionistas, contando siempre con el apoyo de su esposa Lupita.

Recibió las medallas al mérito magisterial “Rafael Ramírez” e “Ignacio M. Altamirano”, por sus treinta y cuarenta años de servicio en un acto de elemental justicia, por su dedicación en la forja de tantas generaciones que hoy le sirven a la patria en distintas “trincheras”. Hoy disfruta de su jubilación, pero ejerciendo la abogacía en la región que le vio nacer y en la que se forjaron sus sueños de servir a su comunidad.

La Voz del Norte, rinde sentido reconocimiento a tan destacado mentor, por sus más de cuarenta años al servicio educativo de México.

*La Promesa, Eldorado, Sinaloa
Comentarios y sugerencias a teodosonavidad@hotmail.com

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