Nacional

El eco del caracol de lo ineluctable a lo inexorable

Por domingo 30 de noviembre de 2014 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Los estudiosos de las ciencias sociales saben que la política depende de la economía; que ésta constituye la estructura sobre la que descansa una superestructura formada precisamente por la política, la religión, la educación, en suma: la ideología. Y que pase lo que pase en la superestructura (crisis y demás), ésta jamás cambiará a la estructura económica, así la economía produzca desigualdades sociales, injusticias, pobreza, explotación, empobrecimiento. Se le buscan únicamente remedios y atenuantes por medio de reformas o, como recomendaba el inglés John Maynard Keynes (1883-1946),  a base de “cebar la bomba” y de aplicación de políticas “al borde del precipicio”.

La ideología, según el italiano Antonio Gramsci (1891-1937), justifica la estructura y nos convence de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. (Y no conoció qué tipo de sedante es la televisión comercial mexicana ni de la actual enajenación masiva de la cibernética a través del internet). La espantosa crisis social que estremece actualmente al país, pese a su gravedad, no afecta, pues, la estructura económica. Dicho de otro modo: pueden desaparecer partidos políticos, pueden cerrar normales rurales, se puede cambiar de religión (en Chiapas cerraron más de 30 iglesias católicas porque los indígenas se cambiaron al protestantismo), pueden renunciar influyentes líderes a sus partidos o gobernadores a su cargo, etcétera; eso y más, a la estructura económica la tiene sin cuidado.

Perdidos en el rencor mediático, ni los estudiosos académicos son capaces de preguntarse por qué en ninguna de las demandas del  movimiento estudiantil de 1968 se propuso nada que cuestionara siquiera mínimamente la eterna injusticia social derivada de la inequitativa distribución de la riqueza en el país. Y pasó lo que no debió haber pasado. Y el proceso de producción, distribución y consumo siguió incólume. Y como las demandas no fueron planteadas por las clases sociales productivas (obreros y campesinos, que hubieran tenido que ver con la economía) sino por estudiantes e intelectuales (cosa de la superestructura ideológica), se dio la llamada “apertura democrática” que un sexenio después se concretaría en la LOPPE para crear los partidos políticos que allanaran el camino del acceso al poder de la oposición.

Aquí cabría reflexionar que si no se le dio importancia a su tiempo a la infiltración, como la humedad, del narcotráfico, al mundo de la política y de la administración pública (sobre todo de la justicia), lo mismo que a estratos de la iglesia y de instituciones de seguridad, nunca se imaginó lo que podía suceder su penetración en los partidos políticos: ante las últimas evidencias criminales, el avance histórico que representaron los partidos opositores para acceder al poder legalmente, se precipita a un abismo en cuyo fondo están las innumerables narco fosas y basureros convertidos lastimosamente en piras donde es asesinado impunemente el pueblo, en Guerrero.

La mínima congruencia moral exige que si a su amparo se desaparecen seres humanos, que desaparezcan tales partidos por el bien de la salud pública nacional, así sea lo inexorable que sea.

Para algunos, la exposición anterior no pasa de ser una visión  pesimista, descarnada, cruda. Pero la realidad está ahí, nos guste o no: se nos impone. El médico detecta el mal, lo diagnostica y describe, aunque no le guste. Y receta la cura o recomienda la cirugía, dependiendo de su grado de gravedad.

Si el sistema económico inexorablemente sólo tiene como fin el lucro, de acuerdo a nuestra propia experiencia histórica y a nuestra idiosincrasia, se debe buscar la manera de humanizarlo, aunque suene utópico.

Ya el alemán Erich Fromm (1900-1980), en un estudio que le encargó el presidente norteamericano Richard Nixon para su segunda ronda electoral, postuló la urgente necesidad de que las inmensas empresas trasnacionales alguna vez perdonen al menos un año del pago de la deuda externa a los países pobres, para que respiren de la inicua explotación a que están sometidos de por vida y puedan disponer de esos recursos para paliar en ellos mismos la secular pobreza. El libro en cuestión en español se titula “La revolución de la esperanza”. Recomendable.

Ya hace 224 años, el economista escocés, Adam Smith (1723-1790), en su monumental obra “Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones”, estableció los puntos principales de su doctrina: considerar el trabajo como fuente de la riqueza; el valor, basado en la oferta y la demanda; el comercio, libre de toda prohibición; la competencia, elevada a la altura de un principio. Independientemente de las modalidades que cada nación impone al libre comercio, el primer punto está por encima de todos los demás, pues sin trabajo no hay riqueza y sin riqueza no hay bienestar, se nulifican los otros factores de la producción.

El mismo John Maynard Keynes (calificado como el enfermero del capitalismo), recomienda que los gobiernos deben procurar mantener el pleno empleo de la mano de obra, gracias a una redistribución de la renta tal que el poder adquisitivo de los consumidores aumente en proporción al desarrollo de los medios de producción.

Keynes de entrada privilegia igualmente el trabajo, derivando de ahí el poder adquisitivo de los consumidores. Obviamente que nunca supo que en nuestro país nada tienen que ver los salarios mínimos con el desarrollo de los medios de producción.

*Economista y compositor.

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