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“La materia, inmortal como la gloria, cambia de forma pero nunca muere”

Por domingo 24 de agosto de 2014 Sin Comentarios

Por Faustino López Osuna*

Como saben los lectores de poesía, el título del presente trabajo son los dos últimos versos, endecasílabos, del poema ´Ante un Cadáver´, de Manuel Acuña, quien, según biógrafos e investigadores, en su elaboración pidió asesoría a Ignacio Ramírez, El Nigromante.

A Acuña, exaltado y atormentado poeta coahuilense, le tocó vivir una de las más luminosas etapas de México, haciendo suyos los ideales de los más grandes intelectuales de la Reforma, encabezados por el Benemérito de las Américas, don Benito Juárez. Como estudiante de Medicina y libre pensador, el método científico en sus elucubraciones filosóficas lo llevó a reflexionar con altura y hondura sobre el sentido del ser. Las obligadas disecciones a la maravilla de maravillas que es el cuerpo humano, lo situaron más allá de la rutina académica. Compenetrado de la filosofía positiva de  Augusto Comte (1758-1857), quien aportó una de las obras capitales del siglo XIX, la sensibilidad poética de Manuel Acuña lo colocó en el límite de la duda filosófica sobre el origen y el fin de la existencia humana.

Manuel Acuña vivió también el tiempo histórico de la irrupción en el planeta de las ciencias modernas: la física, la química, la biología, con sus correspondientes leyes generales y particulares, y las matemáticas, conocidas como ciencias básicas. Entre los años de su corta vida, desde poco antes del 1849 de su nacimiento y el 1873 de su suicidio, únicamente en su especialidad, la Medicina, ocurrieron los descubrimientos de la anestesia con éter (1846), por el norteamericano Morton; la anestesia con cloroformo (1847), por el inglés Simpson; la medida de la tensión arterial (1847), por el alemán Ludwig; el análisis espectral (1859), por los alemanes Kirchhoff y Bunsen; la Medicina experimental (1865), por el francés Bernard, y la clasificación periódica de los elementos (1869), por el ruso Mendeleev.

Para entonces, igualmente, el economista escocés, Adam Smith (1723-1790), ya había publicado sus ´Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones´ y el naturalista y fisiólogo inglés, Carlos Roberto Darwin (1809-1882), ya había dado a conocer su célebre ´Del origen de las especies por medio de la selección natural´. Obras, junto con otras no menos importantes, que revolucionaron el pensamiento científico del mundo que le tocó vivir a Acuña.

Retornando al encabezado, ¿qué materia invoca o a qué materia se refiere Acuña en su poema? Diríamos que al concepto más simple y complejo a la vez. A la materia que se define como “substancia extensa, divisible e impenetrable, susceptible de toda clase de formas”, toda vez que la materia “es la causa permanente de todas nuestras sensaciones”.

Sujeta al cambio continuo, a la mudanza sin fin, la materia universal se mantiene, por lo mismo, en movimiento perpetuo. Es el único absoluto, diría Bertrand Russell, aceptado por la ciencia: todo cambia, todo se transforma; lo único que no cambia es que todo cambia.

Asombrado por dicha visión cósmica, el poeta Acuña se enfrenta al dogma. Lo alienta la conquista de la libertad de pensamiento y de culto que adopta el pueblo mexicano en la Constitución de 1857, con la que se rompe para siempre el monopolio de la fe, que había prevalecido durante 365 años, desde la presencia española en el Continente.

Pero, aún con una concepción científica avanzada, Manuel Acuña padece las consecuencias de la discriminación de la pobreza ejercida por las clases dominantes de sus días. El pueblo, que comprende su fatalidad, se estremece, solidario, al saber que el amor al que aspiró, Rosario de la Peña, lo rechazó por su condición social, casándose con su rival en versos, el poeta poblano Manuel M. Flores, quien, extrañamente, al mes de su matrimonio, cegó para siempre. Curiosamente, el Pequeño Larousse Ilustrado le dedica apenas un renglón: “Acuña, Manuel. Poeta romántico mexicano 1849-1873), autor de un notable Nocturno”.

Parafraseándolo, su materia, inmortal como la gloria, cambió de forma pero no murió. Honrando su memoria, el pueblo donde nació, hoy se llama Ciudad Acuña, Coahuila.

Sus detractores han dicho y escrito barbaridades sobre él. Pero de ninguno se recuerdan versos como los de su Nocturno a Rosario, para bien de la poesía romántica que forma parte vital de la identidad de la cultura nacional.

*Economista y compositor.

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