Nacional

Las Mil…

Por domingo 30 de marzo de 2014 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchis Jimenez*

Damocles

No importa que lo olvidemos o lo tengamos muy presente: la espada de Damocles siempre está ahí pendiente de un frágil hilo.

Si de algo se puede estar seguro en esta vida es de la inestabilidad de la fortuna y, por fortuna, también de la desgracia, y es lo que no pareció considerar aquel cortesano de Dionisio el Viejo, llamado Damocles.

La Papa

Cocida, asada, frita, con cáscara o sin cáscara, la papa, y el apetito, y la boca haciéndosenos agua.

La papa, ese tubérculo, que tantas hambres ha quitado y sigue quitando a nuestra humanidad.

¿No te parece, mujer amada, un bocado delicioso, un, por  humilde, manjar exquisito y digno de ser servido en la mesa de los dioses, si los hubiere?

A mí sí.  Desde niño me deleité con las papas fritas, asadas y cocidas y aún sigo sin entender por qué los poetas han cantado tanto a las rosas y, que yo sepa, casi ninguno ha compuesto un himno a la papa, que si bien ha socorrido, generosamente, la mesa de los pobres jamás nunca ha faltado en la mesa de los ricos.

Metamorfosis

El semental, aunque disponía de un variado y atractivo harén, mientras fue semental, rara vez alcanzó la felicidad, pero he ahí tras ser castrado y transformarse en un apacible eunuco vio el mundo y la vida con otros ojos y, si propiamente no alcanzó tampoco la felicidad, dado que ésta es de por sí inalcanzable, si consiguió la calma, una calma que le permitió pensar sosegadamente;  algo que, mientras fue semental, sólo pudo desear, y bien sabemos que el deseo es ciego.

Es evidente que el impertérrito eunuco, cerebralmente hablando, está por encima de apasionado e impetuoso semental.

El Clavo

Como le habían dicho que un clavo saca otro clavo, ya con un clavo partiéndole el corazón, decidió clavar un segundo clavo en su herido corazón y, contra lo que le habían dicho, el primer clavo permaneció  allí, junto con el segundo, por lo que se agrandó de tal forma la herida que, su corazón, se convirtió en una enorme y dolorosa herida.

Donde todos mentían

La verdad huyó despavorida, tal como el pez fuera del agua busca desesperado sumergirse de nuevo en ella para continuar viviendo o el indefenso gato, arrastrado por la corriente,  busca la manera de asirse a una rama para seguir respirando.

La verdad sabía que cercada que cercada por la mentira se convertiría en una mentira más, pues si bien una mentira se distingue entre un cúmulo de verdades, tal como una oveja negra salta a la vista entre un rebaño de blancas ovejas, con la verdad, cercada por la mentira, sucede todo lo contrario y pasa a ser una mentira más a la que nadie da el más mínimo crédito.

La Niña de Los Altatreces

A la niña de los alcatraces se le perdieron los ojos, sus negros ojos, en la intensa amarillez de los pistilos.

La niña de los alcatraces, mexicana de piel oscura y suave, era en sí, toda ella, seda y ensueño y noche sin aurora. Indita de luz.

Era, ¡ay!, cósmica como el maíz y astral como el alma líquida y lechosa de los magueyes.

La niña de los alcatraces quedó encantadoramente atrapada para siempre en un cuadro magistral del pintor de Tenancingo -1836-1882-: Petronio Monroy, en el que yo, por azares del intricado destino, no pocas y largas noches, he penetrado en el corazón sagrado del México profundo.

La Droga

Ella, con sutileza femenina, circulaba libremente por todas partes, por más que, en apariencia, fuese perseguida y vigilada.

Circulaba, circulaba y circulaba. Era, digamos, fantásticamente poderosa. ¡Era!

Era ella, La Droga, fantástica, sí, pero rotundamente real y, el mundo, segundo a segundo más aldea, era cada vez más suyo.

La Droga, ¡ay!, La Droga.  Hidra de múltiples cabezas e innumerables manos, ante la que el mitológico Hércules se hubiera dado de antemano por vencido y, el legendario rey Midas, hubiera acabado rindiéndole  pleitesía a su deslumbrante oro líquido.

La Droga, tan femenina e irresistible, tan oculta y tan visible, tan violenta y tan acariciadora, tan servil y tan reina. Paradoja de paradojas. Ella, La Droga, ella… ¡Ella sin más!

El Soñador

No sabía vivir en la realidad, por lo que se la pasaba soñando. Cuando su  madre le gritaba:

-¡Hijo, despierta! -,  un terror incontrolable se apoderaba de él. Su madre, desesperada, lo llevó con un sabio galeno quien tampoco pudo sacarlo de su mundo imaginario.

-Su hijo no tiene cura, señora-, le dijo, en un gesto de impotencia, disfrazado de honestidad, después de numerosas consultas y toda clase de exámenes, aquel sabio galeno del que se decía que era una eminencia…

Ante la imposibilidad de sanarlo, y considerándolo una carga para la familia, lo dejaron de la mano de Dios, como decían los antiguos, cuando las personas eran abandonadas a su suerte. Fue entonces que él despertó y, la realidad le dio tanto miedo, que se arrojó desde la torre de la nada al abismo del sueño sin retorno.

El Poder de la Química

El vino se le subió a la cabeza y, su mente, entró en el reino, paradójicamente lúcido, del extravío.

 Él, tan circunspecto, perdió por completo la compostura y se convirtió en un desconocido para sí mismo; tal como la uva, en la armonía del racimo, no alcanza a sospechar el proceso del vino y, mucho menos, el del vinagre.

El poder de la química no hay dictador que lo resista.

El Ladrón

Era tan ladrón, ¡tan ladrón!, que se pasó la vida robándose a sí mismo.

Del libro: “LAS 1001 CARAS DE JANO”

*Poeta y periodista andaluz.

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