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NADIE PUEDE DAR LO QUE NO TIENE

Por domingo 13 de octubre de 2013 Sin Comentarios

Los hombres no son nada, los principios y los valores lo son todo”
BENITO JUÁREZ

Por Jaime Irizar Lopez*

Nadie-Puede-Dar1Estaba en la casa de ustedes terminando de comer cuando escuché que tocaban la puerta de la entrada y contrario a mi proceder habitual acudí a atender personalmente el llamado en lugar de pedirle a alguno de mis hijos o a mi esposa que lo hicieran, para que dado el caso, me pudieran negar si así lo consideraban prudente. Han de saber que ésta es una de las muchas estrategias efectivas que utilizamos frecuentemente los que debemos mucho en la Coppel o a otras empresas para evadir a los cobradores, al igual que no contestar personalmente el teléfono o inventar que salimos de viaje por tiempo indefinido. Sirven también para sacarles la vuelta a los testigos de Jehová y vendedores.

Ya en serio, quiero decirles que quien me procuraba resultó ser un padre de familia angustiado, profesor, culto, de buenas maneras y buen hablar, mismo que días antes me había abordado en un centro comercial para pedirme el extraño favor de que le regalara diez minutos de mi atención, pues quería que en lo privado, le permitiera externar unas inquietudes en torno a su vida familiar que le agobiaban mucho, ya que él sabía por terceras personas, que yo era bueno para dar ciertas orientaciones y consejos.

Lo anterior, lo confieso, inicialmente exaltó mi ego, pero segundos después hice un repaso fugaz de mi historia personal y reconociendo objetivamente la responsabilidad y el gran compromiso que esta aseveración significaba, volví a la realidad para decirle medio en broma, medio en serio, que agradecía su comentario, que ojalá eso fuera cierto, pero que honestamente yo no tenía talento ni para arreglar mi vida, mucho menos para orientar el rumbo o la vida de los demás; le rematé diciéndole, pero si algo se dé cierto, es que tengo una sola virtud, se escuchar; si ello le sirve, cuando usted quiera profesor con mucho gusto lo esperaré en casa después de mediodía.

Pasaron los días y ya que había

dado por olvidado el asunto se presentó dicha persona a cumplir con la cita pedida.

Sé que acostumbra echarse una siesta después de comer, me dijo inicialmente, así que sin más preámbulos ni protocolo alguno abordaré directamente el tema, pero permítame hacer una precisión y una aclaración sobre mi persona antes de proseguir con mi asunto. Reconozco que nadie, excepto yo, me conoce como en realidad soy, pues a lo largo de mi vida he sido muy hábil para tratar de actuar el papel que podría ser socialmente el más aceptado.

Cuesta mucho tratar de ser y aparentar lo que uno no es en realidad, vencer a fuerza de voluntad y carácter a mis vicios y sentimientos negativos, tan sólo para tratar de darle a mis hijos y al mundo el perfil que nos exigen. En ésta mi última etapa de vida, tengo la necesidad de olvidar posturas falsas y de hacer ejercicios catárticos, de desnudarme espiritual y emocionalmente, de tal suerte que ello pudiera servirme para ayudarme a pensar con más objetividad, conocerme mejor y para invitar a reflexionar a otros sobre lo que estamos haciendo con nuestras vidas.

No soy ni he sido nunca ejemplo de nada, de arranque quiero dejar esto bien establecido, pero tengo la inquietud y el derecho de deliberar y analizar sobre el papel que como padres, todos los miembros de una generación que ya se va, estamos desempeñando para el supuesto beneficio de los que nos sucederán en todos los ámbitos.

Dicen que los vicios y las virtudes se acentúan con el paso de los años. Pienso yo que la mala definición de ambos en la actualidad, así como el poco conocimiento teórico que tenemos sobre ellos, ha dado pie a la idea extendida de que atravesamos una crisis de valores, que nos está orillando a una pérdida gradual de una conciencia social que nos identifique y que nos una. Esta condición ha distinguido por siempre a muchas generaciones a lo largo de la historia de la humanidad, mismas que en mi modesta opinión han vivido con un poco más de rumbo. Los valores no están perdidos doctor, me dijo con énfasis y un dejo de nostalgia, están guardados celosamente en las mentes de quienes tenemos la obligación de replicarlos con propiedad, pero lo que pasa es que ni los padres en lo particular, ni gobierno o sociedad en lo general, queremos o ya no sabemos como transmitirlos con la energía que se requiere.

Como un padre estresado por los tiempos que me tocó vivir y consciente de mi gran responsabilidad, me pregunto todos los días del año, y hoy aquí le pregunto a usted: ¿a dónde debo voltear para encontrar las respuestas a mis dudas y los ejemplos vivientes de los valores? ¿A dónde voltear para decirles a mis hijos que volteen para allá también?

A las iglesias y sus religiones, de donde cada día surgen más escándalos provocados por sacerdotes pederastas, fanáticos beligerantes, y muchos líderes religiosos que son como el agua, pues se amoldan con suma facilidad a cualesquier recipiente y condición, todo en aras de seguir pellizcando el poder y el dinero. A las Universidades que con frecuencia responden sólo al llamado de terceros y se dedican a la producción masiva de profesionistas sin importarles con frecuencia la calidad de la educación, abaratando en consecuencia la mano de obra calificada en el país y en donde los maestros honestos dejaron ya de inculcar con firmeza los valores por temor al reclamo de los padres o a las represalias de los organismos vigilantes de los derechos humanos; voltearemos a las escuelas de cuyas aulas emigran los otros maestros, claros representantes de los antivalores a tomar las calles, carreteras y edificios públicos para alterar el orden y la vida tranquila de terceros. O tendremos que voltear quizás a ver a los políticos, las autoridades formales, los líderes sociales y laborales, a todos esos que guían y representan a nuestros pueblos, en quienes salvo contadas y honrosas excepciones, tras el primer depósito bancario no devengado, cambian sus ideales y convicciones para darle la espalda a sus representados y la frente a sus intereses personales y en quienes sin importar colores, tan sólo en virtud de la débil condición humana, se dan también los casos más vergonzosos de corrupción, degradación moral y deshonestidad; sin embargo, gracias a unas estrategias carísimas de mercadotecnia electoral, a nuestra frágil memoria y al nulo interés por pensar con objetividad, los volvemos a reelegir.

Nadie-Puede-Dar2Estaremos obligados tal vez a ver a los integrantes comunes de nuestra sociedad, a nosotros, los padres de familia, mismos que por tibieza, indiferencia o comodidad desaparecimos o minimizamos de manera irresponsable, con nuestra tímida complacencia y de un sólo plumazo, todos los valores, supliendo a los mismos tan sólo por uno: el valor del dinero. Induciendo con nuestra actitud ante la vida, a un gran porcentaje de nuestra descendencia a privilegiar la obtención del dinero sin importar los medios, a hacer de la riqueza un sinónimo de éxito e inteligencia, a no dejarse ver como tontos, y a pensar que es preferible perder el valor de la honradez y la honestidad que vivir como lo dicta la máxima Juarista emitida en torno a los funcionarios públicos y la clase gobernante, pero que puede aplicar muy bien a todos los que tratamos de gobernar una familia, lo que hoy por hoy, es aún más difícil, misma que a la letra dice así: “No se puede gobernar a base de impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción en las leyes. No se pueden improvisar fortunas, ni entregarse al ocio ni a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley les señala”

Los signos de nuestros tiempos nos inducen a pensar que los padres ya casi no tenemos a donde voltear para recoger orientaciones verdaderas de vida y ejemplos de valores; que los medios masivos de comunicación y la tecnología han invadido nuestras mentes y nuestras vidas, de tal suerte que nos están obligando a adoptar modelos que no son nuestros y que ni siquiera tienen la gracia de haber sido exitosos en su país de origen como facilitadores de la felicidad. Uno de los grandes orgullos de nuestra herencia latina, es el hecho de considerar a la familia como el motor más fuerte y la motivación primaria para ser feliz. Es una gran verdad el saber que la familia no sólo lo es todo, sino que también debería ser lo único de importancia en nuestro vivir.

Pero por nuestra proclividad social a no pensar y analizar la realidad que nos duele, cada día nos distanciamos más de la generación que nos va a suceder. En una sociedad de consumo, industrializada, donde se mide a la humanidad en función sólo de su edad productiva y rentable, es obvio suponer que se tiene que ahondar la brecha generacional y dificultar el proceso de aprendizaje y la transmisión obligada de valores de padres a hijos. Hoy en día, a nuestros hijos casi no les gusta hablar o conversar con sus mayores, ellos chatean/tuitean entre sí o con sus amigos; en lugar de leer o pensar, se pierden en las páginas web de internet y casi todo lo que ahí ven, lo creen a pie juntillas como una verdad indiscutible, no dudan de nada y por ende no construyen nuevos juicios; no aspiran a un lugar digno en la sociedad, ya lo tienen en facebook; pocos buscan a sus padres, tíos o abuelos para seguir sus ejemplos, tal vez porque no lo seamos; prefieren mejor suplir esas figuras con la de los artistas famosos de vida desordenada, con héroes de películas de ficción, o personajes populares quienes con acciones al margen de la ley han sido económicamente exitosos. Tal parece que su vida personal les parece con frecuencia muy aburrida y quieren imaginar que viven la de esos ídolos mediáticos.

He de reconocer que los vicios que los padres adquirimos a lo largo de nuestras vidas, en realidad nos ciegan con relación a las pocas o muchas virtudes que pudiéramos tener y por ello sentimos que es pobre la solvencia moral que nos resta para inculcar con energía los valores tan necesarios para una buena convivencia social y para exhortar a las nuevas generaciones a cumplir con oportunidad el compromiso generacional de heredar un mundo mejor.

Nadie puede dar lo que no tiene, es verdad, me duele reconocerlo, pero lo que yo quisiera es que me dijera a quién puedo culpar para no sentirme tan mal o me diga que puedo hacer para superar la crisis familiar y existencial que estoy viviendo. Sé que toda generación tiene su estilo de vida, su música, sus modas, sus formas de convivir, sus valores y principios; no estoy aferrado a la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Deseo de todo corazón que la presente generación encuentre en ese estilo y forma de vivir los cimientos verdaderos para su felicidad y no sean estos, los signos premonitorios de una sociedad decadente que atente contra su buena evolución. Tengo por cierto que pensar y leer a ninguna generación en toda la historia de la humanidad le ha hecho ningún daño. Me pregunto sólo para consolarme, me dijo ya para concluir, ¿cuándo llegará el tiempo de que los filósofos y los humanistas guíen a todos los pueblos del mundo?

Me quedé mudo, ensimismado, que le podía decir o aconsejar, me dibujó de cuerpo entero en menos de diez minutos, y tal vez a muchos padres más que sufren esta incertidumbre de igual manera; me levanté del cómodo sillón de la sala de mi casa y le di un fuerte abrazo. Que más podía hacer. Mi silencio fue la aceptación honesta de que no soy yo quien le puede aconsejar.

*Doctor y escritor.

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