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Vicente Riva Palacio y las reliquias

Por domingo 15 de julio de 2012 Sin Comentarios

Por Óscar Lara Salazar*

A Don Vicente Riva Palacio se le reconoce y se le recuerda como una de las mentes más lúcidas del siglo XIX. Pero también se le reivindica como una de las personalidades más comprometidas con la causa de la libertad de México. Fue producto de la mezcla de dos corrientes sanguíneas de la libertad y la justicia, por eso su destino estaba consagrado a las mejores causas de la República.

Vicente Riva Palacio, nació en la ciudad de México en 1832, hijo de don Mariano Riva Palacio, connotado político y estadista de su tiempo, y de doña Dolores Guerrero, hija a su vez, de don Vicente Guerrero, el gran guerrero que hizo posible la independencia de México.

Riva Palacio, fue abogado y regidor, –los gobiernos de Zuloaga y Miramón lo llevaron a prisión por sus opiniones–. también fue diputado y gobernador del Estado de México. Fue general en jefe del ejército republicano contra la intervención francesa. Combatió desde los periódicos “El Radical” y “El Ahuizote”. Fue ministro en el gobierno Tuxtepecano. El presidente Manuel González, por ataques recibidos a su persona en algunos periódicos lo envía a prisión; fue en la cárcel donde escribió buena parte de la obra “México a través de los siglos”. Riva Palacio fue novelista, poeta, dramaturgo, cuentista, historiador, crítico, orador, escritor de leyendas, periodista, autor de una vasta obra literaria y famosa por sus escritos satíricos y humorísticos. Así fue como escribió “La mamá Carlota”, que llego a ser el himno de los liberales.

Adiós mamá Carlota

Terminaba la Guerra de Secesión en Estados Unidos con el triunfo del norte industrial abolicionista.

Lincoln es asesinado y Andrew Jonson lo sustituye. Las notas diplomáticas yanquis protestando ante Francia por la ocupación en México tendrían una resonancia mundial.

En 1886 Napoleón III anuncia su decisión de retirar las tropas francesas de México. “Napoleón III declaró sin valor el convenio de Miramar ante el avance implacable de tres símbolos históricos: El triunfo del norte sobre el sur en los Estados Unidos, la integración del Estado Alemán en Europa, y sobre todo, el triunfo y consolidación de la República en México”.

Carlota, sale el 8 de julio de 1866 a Europa, con el propósito de salvar su imperio y arreglar con el Papa y Napoleón los asuntos mexicanos… El general, escritor e historiador Riva Palacio escribiría la célebre despedida, burlona y heróica a la “Emperatriz Carlota” con la famosa canción Adiós Mamá Carlota.

Alegre el marinero
con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta
con extraño fulgor,

La nave va, en los mares,
botando cual pelota,
adiós, mamá Carlota,
adiós, mi tierno amor,

De la remota playa se
mira con tristeza,

La estúpida nobleza
del mocho y del traidor,

En lo hondo de su
pecho presiente su derrota,

Adiós, mamá Carlota,
adiós, mi tierno amor.

Murmuran tiernamente
los tristes chambelanes,

Lloran los capellanes
y las damas de honor,

El triste Chucho
hermosa canta con la lira rota,

Adiós, Mamá Carlota,
adiós, mi tierno amor

En tanto los chinacos
que ya cantan victoria,

Guardando en su
memoria ni miedo ni rencor,

Gritan mientras el
viento la embarcación azota,

Adiós, mamá Carlota,
adiós, mi tierno amor:

Después de infructuosas entrevistas, Carlota, derrotada, pierde completamente la razón. Carlota se presentó otra vez en el Vaticano, sola y sin hacerse anunciar, echándose a los pies del Papa, imploró su protección contra los espías y los asesinos de Napoleón.

Tan alarmante era su agitación que se mandó llamar a su médico. El médico la declaró demente.

Años más tarde, Vicente Riva Palacio era el representante diplomático de México en Madrid, y a dicha ciudad llegó la Banda de Música Mexicana que dirigía el maestro Encarnación Payen, a quien le pidió que “lánguidamente fuera tocada la MAMÁ CARLOTA, y la alegría de otros tiempos, se tornó en gran pesar en Riva Palacio, quien no pudo menos que exclamar: “pobre mujer, el destino ha sido con ella más cruel que los hombres mismos“; mientras enjugaba una lágrima que rodó por su mejilla.

Las reliquias de Riva Palacio

El general don Vicente Riva Palacio, por conducto de don Jesús Galindo y Villa, según el libro Polvo de Historia, regaló al Museo Nacional algunos objetos que estimó de valor histórico, entre ellos, los siguientes:

“Este es un sillón colonial -afirmó el General Riva Palacio- que perteneció al cura Hidalgo, mi padre lo recogió personalmente, el año (de) 1847, del curato de Dolores.”

“Esta espada con su empuñadura de concha corva como una cimitarra, a usanza de la época, perteneció a Mina. ¡Cuántas veces flamearía en manos del joven infortunado caudillo, defensor vigoroso de los Fuertes del Sombrero y de los Remedios! Ha sido siempre para mí esa espada un objeto sagrado, porque después pasó a poder de mi abuelo el general don Vicente Guerrero; mi padre, don Mariano Riva Palacio, tenía en grande estima dicha reliquia; se la encargo a usted mucho”.

·En este recuento de objetos históricos -continuó el general Riva Palacio- Aquí tiene usted el plumaje o penacho tricolor que Iturbide llevaba en su gran `Sombrero empanada’, cuando en medio de las aclamaciones de un pueblo delirante de gozo, entró en la ciudad de México en 27 de septiembre de 1821, al frente del ejército Trigarante. Parte del uniforme militar que usó mi abuelo, es esta casaca, lo mismo que la piqueta que tiene el bordado de los brigadieres. En los instantes del fusilamiento – prosiguió el general- mi abuelo llevaba estos escapularios, uno de los cuales lo ve usted quemado y atravesado por un proyectil de la descarga homicida”.

“Riva Palacio – colocó en mis manos dice Galindo Villa, autor del citado libro- la bala del tiro de gracia, hallada en el cráneo del caudillo suriano, y que se mandó engastar primorosamente en oro; una larga banda desteñida y un pañuelo ennegrecido sacado del fondo de la huesa (al hacerse su exhumación en Oaxaca); mas un mechón de pelo que contemplamos con curiosidad.

La silla vaquera de Maximiliano

También agrega el autor, que le narró Riva Palacio, “Deseo que ustedes conserven en el Museo Nacional, la espada que yo llevaba cuando sitiamos a Querétaro en 1867; esta misma es. Aquí entrego la segunda pieza que es la silla vaquera del caballo que montaba Maximiliano al rendirse a Escobedo, y que el príncipe me regaló cuando fui encargado de conducirlo a su prisión”.

“Aún queda otro objeto; la bandera que quitamos al “Regimiento de la emperatriz” en la batalla de la Magdalena, cerca de Uruapan, el 25 de febrero de 1866, cuando militábamos a las órdenes de Régules en la compañía de Michoacán”.

¿Quiere usted?- agregó para finalizar el general Riva Palacio- ahora que sellemos la donación con una rama del árbol secular que da sombra a la tumba sencilla, y vacía hoy, que contuvo en Santa Elena el cadáver de Napoleón. El general don Vicente Riva Palacio, –comenta sobre esto, el escritor sinaloense Héctor R. Olea– sin duda de buena fe, impresionado por haber visto en Madrid la levita ensangrentada que llevaba el general Juan Prim cuando fue asesinado en la calle del Turco o en un Museo Parisini la exhibición de las medias de María Antonieta, quiso que el Museo Nacional de México conservara también algunas reliquias, unas auténticas y otras de dudosa procedencia como el sillón del Padre Hidalgo… el penacho tricolor de Iturbide.. La silla vaquera de Maximiliano… la rama del árbol que sombreó la tumba napoleónica de Santa Elena.

*Cronista de Badiraguato.

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