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México y el olivo

Por domingo 15 de julio de 2012 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

En la antigüedad el olivo fue el símbolo de la sabiduría. De su fruto, la oliva, se extraía el óleo, o aceite de oliva, que mantenía viva y llameante la lámpara votiva en el templo, a la vez que servía de alimento y ungüento a los creyentes. Lo espiritual y lo material se unían en su verdor espeso y rutilante.

El olivo es originario de Oriente. Desde tiempos inmemoriales se cultivó en Grecia, Italia y España. Por siglos, los pastores griegos y los labriegos mediterráneos, lo hicieron parte fundamental de su alimentación; tanto la aceituna, el fruto, como el aceite derivado de la misma, con una hogaza de pan y un trozo de queso, aplacaron sus hambres. Los quesos, curados en aceite, y las aceitunas aliñadas con yerbas serranas, solían estar presentes en su dieta durante todo el año.

El olivo jugó un rol protagónico en el desarrollo de la cultura Occidental. El notable escritor español Ramón Pérez Ayala escribió motivado por el olivo lo siguiente:

“El olivo es un árbol que nace con la cabeza plateada, como aquellos hombres de la plenitud de los tiempos, pronosticados por Hesíodo, que serán viejos prematuros desde el vientre maternal”. Y añadía:

“La torturada contracción del olivo es también nostalgia de dinamismo, energía potencial. Los púgiles helénicos olifricaban sus cuerpos antes de la lucha.”

El olivo representa toda una gran cultura. La poesía en lengua castellana está llena de versos y cantos al olivo, desde los poetas clásicos a Antonio Machado y el mexicano Joaquín Arcadio Pagaza.

Llegó el olivo al Nuevo Mundo el año de 1524. Su introductor fue fray Martín de Valencia. Esto sucedió exactamente el mismo año en que don Hernando Cortés realizaba su histórica expedición a las Hibueras, por tierras de Honduras.

Los primeros olivos se plantaron en Tulyehualco. Todavía, algunos de ellos, permanecen dando fruto. Posteriormente, los activos franciscanos, plantarían otros en la Hacienda de los Morales, donde hoy se alberga uno de los más espléndidos restaurantes de la ciudad de México.

El cultivo del olivo se extendería hasta Chapultepec y Chalco, para continuar en Celaya, Tzintzuantzán (Michoacán) y Sonora. Y así hasta llegar a las misiones de Baja California.

Desgraciadamente, el olivo, en aquellos días virreinales tuvo un doloroso destino para los cultivadores de la Nueva España. Fueron tan excelentes sus frutos y aceites que esto enceló y afectó a quienes en la Península Ibérica también cultivaban el olivar y vieron en los cultivadores del Nuevo Mundo una competencia que podía ser destructora para sus intereses. Temerosos, movieron sus influencias y lograron que el rey Carlos III, en Cédula Real, expedida en 1777, prohibiera su cultivo en América.

La maniobra comercial de los peninsulares dio un buen resultado para sus intereses y la decadencia del cultivo del olivo en tierras mexicanas fue evidente a partir de entonces.

Fue en verdad una siniestra jugada, y como siempre, ganaron los más influyentes. Se ordenó de manera brutal y salvaje arrasar los campos sembrados de olivos. La mayoría de ellos se perdieron por completo. No obstante, gracias a algunos laboriosos frailes, se pudieron salvar unos pocos olivos aislados en los huertos de los conventos con el pretexto de que su aceite sólo sería utilizado en los actos litúrgicos.

Curiosamente quedó también en pie un hermosísimo olivo que había en el jardín del Arzobispado, en Tacubaya.

De este espléndido olivo se cuenta que producía cerca de doscientas arrobas de aceite cada año.

El barón de Humboldt, en su visita a México, en 1804, tuvo la alegría y la suerte de verlo y nos dejó testimonio de ello en sus escritos.

A Dios gracias, como terminaban años ha las cartas de los soldados, no todos los olivos fueron arrasados por aquella inmisericorde Cédula Real de Carlos III. Algunos se salvaron. Digamos que los suficientes. Con éstos, más tarde, a partir de la Independencia, se inicia la reproducción y el renacimiento del olivar en México.

Los primeros estados en hacerlo fueron Aguascalientes y Baja California. Seguirían Coahuila, Chihuahua, Durango, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Querétaro, Sonora y Morelos. En ese órden. Hubo, empero, de pasar mucho tiempo antes de que su cultivo fuera impulsado con mayor fuerza y dedicación. Esto sucedió durante el período presidencial del licenciado Miguel Alemán Valdés al crear en 1950 la Comisión Nacional del Olivo que, desde entonces, ha contribuido en México notablemente al cultivo del mismo.

Hay que decir que tanto la aceituna como el aceite mexicanos son de envidiable calidad, aunque todavía entre nosotros el aceite de oliva no sea lo popular que lo es entre los pueblos de Grecia, Italia y España.

*Poeta y periodista andaluz.

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