Nacional

Nada de esto pasó, lo juro

Por domingo 4 de diciembre de 2011 Un comentario

Por Miguel Ángel Avilés*

Isabel vive sola, quiero decir sin ningún pariente. En esa casa enorme con un patio lleno de árboles frutales habita con cinco gatos y dos pájaros del amor de color azul añil.

Pero no sé por qué les estoy contando esto.

La casa de color terroso es de principios del siglo pasado. Su techo es de losetas de barro y sus paredes son altas con un emplaste pulido. Al centro de la sala un candelabro tintinea sin ritmo al primer acoso del viento.

Esa casa nada más la conoce Isabel, sus antepasados, sus animalitos y yo. Isabel ya rebasa los cincuenta. Al levantarse diariamente, luce siempre una trenza larga y entrecana cuya punta ajustada a un broche pendula a cada paso y le rosa con cadencia el talle de su espalda.

Pero yo la he visto sin esa trenza: su cabello blanquecino es como una cascada en penumbras la cual alisa cada noche antes de acostarse.

No sé por qué les estoy contando esto. Quedamos en que todo se guardaría en secreto.

Los gatos vienen a su cuarto y ronronean casi a la vez. Se trepan en la orilla de su cama y les extiende una mano. Ellos acercan su nariz como para identificarla y la relamen con su lengua roñosa. Luego se quedan quietos, enrollan su pelaje y miran quién sabe a dónde con sus ojos dormilones.

Isabel no aparenta tener más de cincuenta años. Antes de que pasara lo que pasó, era la envidia de todas y el deseo de todos.

La plaza del pueblo, era nada sin ella. El resplandor de los faroles no se debía a una razón científica. Todos sabíamos que lo que aluzaba a cada noche, a cada kermés, a casa salida de misa, a cada desfile, a cada aglomeración se debía a ella, a su presencia, que a mi edad, la sentía remota, lejana.

Eso no lo podía negar nadie; ni yo que apenas rebasaba los catorce años acaso, en mis últimos días de adolescente, siempre a lado de eternos amigos: Pit, Brayan, Pepe y Marlon, ese cuarteto que conoció los golpes de la vida a edad temprana y quedó trunco aquella amanecida cuando, yo incluido, nos estampamos con esa pipa que dejó a Marlon y a Pit inertes en la carretera y a nosotros con la mas impactante manera de abandonar la juventud.

En sus velorios todos me vieron llorar. Sabían que éramos uña y carne desde pequeños. Mi dolor fue agudizándose conforme pasaban los días. Eso de la resignación es un engaño, una buena manera de jugar a las escondidas con el dolor para que después, tarde que temprano, salga y reviente como una úlcera maloliente llena de sanguaza.

Así me brotó a mí. Yo supuse que todo había pasado. Me tragué el cuento y llegué a creer que Marlon y Pit descansarían en paz si yo alcanzaba la calma y el sosiego.

Al tiempo me repuse, mejor dicho: pensé que me había repuesto y otra vez me dediqué a lo mío que son las ventas a domicilio: “mi pasión” como decía Brayan cuando me veía pasar con la mercancía de papá vendiéndola de casa en casa.

Isabel abre la puerta cuando escucha que tocan. Parece que quisiera cerrarla de golpe cuando me ve ahí parado. Me echa toda su mirada encima, yo también la observo y luego me voy en busca de un refugio.

Antes de irme, me compra con desdén tres empanadas de calabaza que quizás vayan a parar al estómago de esos gatos. Recibo el pago y me retiro antes de que azote la puerta.

He vuelto a su casa entre semana o cada vez que algo aquí en mi pecho me dice que llame a la puerta. Escucho cuando Isabel viene para abrirla. Casi me parece ver su trenza golpear con ritmo el filo de su espalda.

Cuántos días habrán pasado desde que me pidió que limpiara con cuidado la jaula de sus pájaros. Cuantos desde que volví y volví y volví para que me contara, a iniciativa de ella, lo que en realidad había pasado con su esposo; cuantos desde que le conté los de Pit y Marlon y lloré y lloré y lloré. Cuántos desde…

He llegado en sigilo cada noche cuando las calles del pueblo se ven solas y ella está ya esperándome con su cabello suelto como una cascada en penumbras.

Me sirve un té y me lo empiezo a tomar con lentitud, sorbo a sorbo, como tratando de que no transcurra el tiempo.

Ella me observa, no me quita la mirada. Yo parpadeo nervioso y revuelvo el té con la cuchara. Me quita la taza, la pone en una pequeña mesa que hay al centro de la sala y tomándome de la mano, me lleva a lo que ahora es mi refugio.

Los gatos nos ven llegar y, cual encubridores, saltan desde la cama amplia para irse a trepar a la ventana.

Nunca he visto a otra mujer así. Ella me ve en silencio con sus ojos luminosos. Yo no puedo controlar este temblor. La veo sentarse en la cama y me estira la mano como lo hace con los gatos. Me acerco a ella y me dejo acariciar mi cara, mi pecho. Se para de repente y empieza a quitarse con inquietud ese vestido que le ajusta la cintura. Me da la espalda y se me acerca más y más. Tembloroso, suelto los botones y la abrazo. Me pide que la bese, que le tome sus pechos, que la acaricie toda como desde hace tiempo nadie lo hace. Mi temblor aumenta pero no quiero soltarla. Caemos en la cama y los gatos saltan hacia no se donde…

Pero ya es demasiado. La verdad no sé por qué les estoy contando esto si bien quedamos en que todo quedaría en un secreto.

Mejor olvídenlo, al fin de cuentas nada de esto pasó. Lo juro.

*Abogado y escritor. La Paz Baja California Sur/Hermosillo.

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Un Comentario

  • Mado dice:

    Miguel Angel, en este momento historico lleno de incoherencias, en donde casi todo es una atentado principalmente contra nuestra inteligencia, encontrar un ser como tu, con esa sensibilidad, con esa profundidad y esa nitidez…ha sido un regalo, gracias!

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