Nacional

La zapatilla de Josefa

Por domingo 20 de marzo de 2011 Sin Comentarios

Por Juan Diego González*

Sábado a mitad de febrero. Una noche deliciosa y un po­quito fría. Claudia y yo estábamos ansiosos por salir. Se presentaba el performance “La zapatilla de Josefa” con la poetisa Mara Romero, en el restorán “La Komunilla” (comunidad en yaqui) de Cócortit, Sonora. El viejo edificio de más de 120 años lucía, como decirlo, alegre e imponente. Entramos y casi por milagro encontramos mesa. El patio estaba lleno y en el fondo el escenario esperaba el inicio de la presentación.

Mara Romero, orgullo de las letras de Ciudad Obregón, tuvo la extraordinaria idea de hacer una representación sobre el pasaje histórico de la Independencia, cuando detienen a doña Josefa Ortiz de Domínguez y el marido la encierra en sus aposentos, para cortar los vínculos con el grupo de criollos di­sidentes. La ahora actriz dice que no es una puesta en escena, “es un performance, un presentación”.

Para lograr su propósito, consiguió apoyos del Instituto Municipal de Cultura de Ciudad Obregón, de un fondo de Conaculta y de Escritores de Cajeme A.C. (cofundadora de esta asociación por cierto), todo en medio de las celebraciones del Bicentenario. Luego, cuando terminó de escribir el texto base, le dio más forma teatral gracias a la dirección de Rafael Martínez e invitó a los actores Armando Galván (como Allen­de) y Yaret Calleros (la voz de las mujeres de la época). Lo más difícil fue el vestuario, pero una vez hechos los vestidos y el traje de capitán, la casona de La Komunilla resultó el lugar perfecto. Una casa con patio interior, un centenario árbol cu­yos brazos cobijan a una diversidad de pájaros. Fundada alre­dedor de 1890 por la familia Navarro, además de casa fue es­cuela, caballeriza y ahora restorán de corte cultural, ubicado en el centro de Cócorit por la calle Juárez, a una cuadra de la plaza. El escenario fue realizado por Jaime Romero.

Compartimos la mesa con Gilberto Corral, a quien me une la amistad de más de 20 años, y ahora es mi jefe porque es el director de la secundaria Instituto Regional de Guaymas, Uni­dad Obregón, en la cual imparto clases. Después de ordenar unas bebidas espirituosas (café para mí), una panela asada, guacamole y quesadillas, fuimos sorprendidos por la campa­na de un pregonero. Anunciaba la tercera llamada y la luz de la antorcha nos trasportó inmediatamente a los ca­llejones de un pueblo decimonónico. Las notas de un guitarra marcaron el inicio de una proyección de imá­genes. Los dedos del joven maestro Manuel Castillo, al acariciar las cuerdas de la guitarra, lograron el silencio de los comensales y todas las miradas se concentraron en la presentación.

La voz de Mara Romero relató brevemente la vida de aquella heroína, al leer una carta con los recuerdos de doña Josefa, su orfandad, la convivencia con la her­mana, su matrimonio con Miguel Domínguez y su en­cierro, a causa de un soplón que informó al virrey de la Nueva España de la actividades del grupo de criollos disidentes. Enclaustrada en su propia habitación, el personaje nos explica los motivos que llevaron a una mujer casada, con posición social y prestigio, con todo por perder, a involucrarse con un grupo de intelectua­les, quienes buscaban un cambio en la sociedad colo­nial de principios del siglo XIX:

“Las voces moran en mi cuerpo/ estas voces son el martillo de mi pueblo,/ las voces de justicia que no se podrán diluir nunca más/ voces amontonadas por si­glos/ y ahora nos gritan: ¿Cómo has podido soportar el silencio de siglos”.

Mara Romero se mueve en el escenario con vita­lidad y majestuosidad, su pecho se inflama con ve­hemencia y cada palabra de su boca sale cargada de años viejos, de otros tiempos y Mara se vuelve Josefa. El auditorio es llevado de la mano para ser testigo del nacimiento de una nación.

El capitán y la mujer empiezan a repetir las palabras de Mara, como un coro, y al mismo tiempo reparte papeles, propaganda incendiaria en contra del virrey. Relatan como se or­ganizaban en grupos y reuniones caseras, en tertulias literarias donde siembran la semilla de la libertad y la igualdad, siguiendo el modelo de los enciclopedistas franceses. La guitarra mágica es vehículo catalizador para nosotros, que de espectadores nos volvemos testigos y compartimos aquel momento:

“Nuestro país tendrá un nombre propio,/ ha llegado el mo­mento de gritar;/ ha llegado el momento de despertar…” La piel se eriza por la emoción.

Doña Josefa sufre y se encomienda a Dios en los momen­tos cruciales previos al levantamiento:

“Dios nos dará el valor para llegar a la Independencia, Igualdad y Libertad…

Es imposible detener la luz, debemos dejar un patrimonio a nuestros hijos.

Si me encierran, sólo encierran a la bestia…

Pero el grito saldrá. (Aquí Mara baja la voz, haciendo cóm­plice al auditorio)

Estoy de acuerdo con el presidente municipal Igna­cio Pérez y sólo él conoce la señal, un taconazo en el suelo.

Cuando mi zapatilla retumbe en el piso, un mensajero será enviado a San Miguel para avisar a Allende y Aldama…

Este taconazo es el eco de la libertad…

Golpea el suelo, luego silencio… la guitarra calla también. Nadie se mueve ni las hojas del árbol y si las estrellas canta­ran, su voz llegaría a escucharse en esos momentos… un su­surro nace de los labios de Mara y su voz se vuelve primero espuma, luego pluma y por fin piedra:

“Benditas la mujeres que ha perdido un hijo… (los actores contestan la letanía con un benditas sean y la guitarra surge melodiosa).

Benditas las mujeres que no leen, que no escriben

Benditas las que juegan al mercado para llevar pan a la boca de sus hijos…

Benditas las mujeres que se enamoran de los amores mal­ditos…

Bendito el pueblo que arrastra una cruz de lágrimas, de ausencia (En este momento, los actores colocan velas en el escenario, velas por todos los hombres y mujeres que han muerto por tener un país libre, mientras siguen con el coro).

Y el culmen flotaba en el aire, la respiración era forzada, todo se detuvo por un instante para explotar en el grito:

“¡Viva México…!”

Unos segundos y los aplausos se elevaron al cielo, como hace 200 años se elevó ese mismo grito en Dolores. El espíritu de los héroes, los conocidos y los anónimos, aparecieron para recibir las palmas junto con aquellos artistas que hicieron vi­brar a un populoso auditorio.

Mara Romero agradeció, emocionadísima su presencia y los aplausos. Luego vinieron las fotos, los abrazos, las felicita­ciones. La luna pareció guiñarnos el ojo. Y la tertulia siguió al abrigo de una noche deliciosa.

*Escritor y docente sonorense.

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