Nacional

La prevalencia del más fuerte

Por domingo 20 de marzo de 2011 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

http://www.altfg.com/blog/documentary/the-end-of-poverty-us-release/

Amartya Sen

El pasado 3 de marzo estuvo en México Amartya Sen, filósofo y académico de la India, Premio Nobel de Eco­nomía en 1998. Recordó una de las grandes contradic­ciones de la humanidad: la insostenibilidad del desarrollo en unos cuantos polos y la difusión de pobreza en gruesas fran­jas planetarias.

En torno a estos temas surge la gran interrogante: ¿real­mente no hay suficientes recursos para satisfacer las necesidades básicas de la población mundial? La respuesta parece advertirse como una contundente negación para el autor de “Pobreza y hambruna: un ensayo sobre el derecho y la priva­ción”. La problemática más grande en el acontecer humano quizá no es la carencia tanto como la desequilibrada distribu­ción de la riqueza, hoy podríamos precisar: la desequilibrada distribución de la riqueza alimentaria.

¿De dónde viene semejante desigualdad? A lo largo de la historia los relatos de explotación cunden por los continentes de la tierra. América, África, Asia, el lejano y cercano oriente han sido objeto de incesante saqueo. Los países imperiales han dejado a su paso por la historia una estela de miseria gobernada por voraces ciclistas dispuestos a inclinarse ante el poder y patear a los desposeídos, pero: ¿cuánto es capaz de resistir la desespe­ranza antes de incendiarse en ira?


El 17 diciembre de 2010, desesperado por el cúmulo de imposibilidades, harto de la indolencia de su gobier­no, hastiado del dispendio oficial frente a la miseria generalizada, Muham­mad Buasisis, tunecino de 26 años decidió prenderse fuego ante las autoridades que, acostumbradas a la indiferencia, quedaron conmovidas por el enérgico reclamo.

La llama que prendió Buasisis ardió en la dignidad de sus hermanos, de sus vecinos, del pueblo homologado en abandono. La presidencia enquistada de Zine El Abidine Ben Ali fue depuesta y el dictador forzado retirarse.

El hambre y la indignación han sido el combustible que tras la protesta de Buasisis derivó en una lucha generalizada por varios países: Egipto, Yemen, Liberia, Arabia Saudita. Se espera que éste sea sólo el inicio. Ante el hartazgo de una vida postrada en hinojos, el caldero de la represión no podría sino estallar.

De dónde viene esta necesidad de acumulación que justifi­ca en la mente del explotador toda suerte de procesos represivos, cómo defender el lujo estridente dentro un sistema de vida que no hace sino precipitar la muerte.

Desde el materialismo se afirma: “Los cambios de produc­ción importan cambios en la historia”, pero de pronto parecie­ra que toda la historia es siempre igual y los procesos de producción sólo cambian para sofisticar la explotación y volver más eficiente la concentración, más pronunciada la acumulación, más abundante el exterminio.

En el estado esclavista el “pa­ter familias” era dueño de vida y muerte de su prole. En el Estado moderno, los dueños de capitales aprovechan las condiciones de globalidad para asentarse y des­aparecer caprichosamente de un punto a otro de la tierra, sus pasos siembran miseria bajo promesas de prosperidad relumbrante.

Emporios altamente tóxicos se asientan en países donde la ambición vuelve permisivas to­das las prácticas y a cambio del precio de la corrupción se devas­tan poblaciones, se extinguen bienes naturales, se depreda la existencia.

Toneladas de divisas flotan de un lugar a otro en tanto que el hambre se empantana. Los pue­blos se vuelven fantasmas habita­dos sólo por tolvaneras y silencios. La gente muere o huye; el exilio por razones de precariedad se transforma en constante entre las regiones explotadas y explotado­ras. En este juego de servidumbre y desprecio, surge un mecanismo de enriquecimiento sostenido en las espaldas de la marginalidad: se recurre al mercado de extran­jeros en tiempos de necesidad; se les persigue y deporta en tiempos de crisis.

Amartya Sen señaló en su visi­ta a México un hecho que nos re­sulta palpable: Hoy mucha gente comerá menos o dejará de comer, otros en cambio comerán más y mejor. El derecho a la alimentación se ha vuelto un lujo, la hambruna una constante.

La dignidad en la condición humana no puede ser exclu­siva de sultanes y potentados, sino patrimonio común en el ser que exige recobrar su vida. Cuántos hombres con la piel vuelta carbón hacen falta para asumir la existencia como patrimonio común y compromiso colectivo. Hannah Arendt señala en “Los orígenes del totalitarismo” que en la contem­poraneidad: “Parece como si un hombre que no es nada más que un hombre hubiera perdido las verdaderas cualidades que hacen posible a otras personas tratarle como semejan­te”. ¿Será que después de tanta civilización, para tener de­recho a lo fundamental, se debe volver a la barbarie? En el fondo de la historia nada cambia, todo es la prevalencia del más fuerte.

*Lic. en derecho y filósofo/UNAM.

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