Nacional

Del romanticismo a la locura: la hipertrofia de Estado

Por domingo 25 de julio de 2010 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

El romanticismo, y sobre todo el romanticismo alemán, como corriente estética imperante a finales del siglo XVIII y principios del XIX, constituyó una crítica al estructuralismo racional clásico, privilegiando la imperfección natural sobre las formas, la desregulación, la ruptura del cálculo, el quebranto del límite, la invitación a sentir, a ser, a vivir.

De éstas nuevas concepciones surgieron nombres de la talla de Goethe, quien señala en su libro Werther:

“Mucho puede decirse a favor de las reglas y preceptos del arte, y más o menos lo mismo que puede decirse para alabar las leyes sociales. Un hombre que se conforma y atiende a ellas con rigor no produce nunca nada carente de sentido o positivamente malo, lo mismo que aquel que se conduce con arreglo a las leyes y a lo que exigen las conveniencias sociales no será nunca un mal vecino ni un insigne malvado; pero tampoco producirá nada notable, porque sin importar lo que se diga, toda regla, todo precepto, es una especie de traba que sofocará el sentido real de la naturaleza, hará estéril el verdadero genio y le quitará su verdadera expresión”.1

Como crítica de la ilustración, el romanticismo sirve de pretexto para hablar de una característica de la modernidad estatal: la hipertrofia normativa.

En la contemporaneidad los gobiernos han decidido emprender una carrera legalista que pretende regularlo todo, abarcarlo todo, anticipar cada supuesto, advertir los contratiempos, controlar. Pero qué grado de eficacia detentan semejantes anhelos, la respuesta en muchos casos resulta, cuando más, escasa.

La ilustración se reviste en nuestros días de edificios kilométricos, sistemas tecnológicos, órganos políticos que adornan sus balcones con banderas de civilidad: libertad, legalidad, fraternidad.

En recintos de lujos desbordados, funcionarios con sueldos principescos dictan leyes, reglamentos, códigos que crecen por los cielos: quién los lee, quién los sigue, a quién sirven.

Nuestro país observa como ley suprema la Constitución General de la República, en su artículo primero se garantiza el derecho a la igualdad. Contundentes los representantes del pueblo han consignado en sonoras frases: “Queda prohibida la esclavitud… Queda prohibida toda discriminación”.

Parece no tener sentido tanta vanidad, tanto bombo y platillo, tantas leyes, tantos carros y choferes, altos funcionarios conduciendo raudos a sus ranchos, cenas de gala, conferencias mundiales, tanto cacareo libertario que al final no es nada. En cada esquina se cruza la miseria, el campo en abandono, generaciones de niños nacidos en las calles; por donde se mire, racimos de orfandad.

En el papel la libertad es garantía, también en las cumbres mundiales y en las revistas de moda. En el día normal, en el jornal explotado, en la vida del hombre cotidiano, para el joven sin escuela, el viejo sin trabajo, para la mujer sin hospital: ni libertad ni dignidad. Para el pueblo latigazos en cascada, taconazos en la espalda que obligan a la reflexión: ¿por qué alimentar parásitos?, ¿qué razón justifica su existencia? Vuelvo a Goethe: “¿estará escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener razón o después de perderla?”2. Los gobiernos de papel son una locura, sostenerlos, un extravío.

1 GOETHE. Werther. Ed. Tomo. México 2002. Pág. 34 y 35

2 Ibídem. Pág. 127.

*Lic. en derecho, Lic. en filosofìa UNAM.

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