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RAMBO

Por jueves 15 de octubre de 2020 Sin Comentarios

ARTURO CASTAÑEDA DUEÑAS

En Badiraguato vivió un personaje llamado José Antonio Hinojosa Vélez, al que se le conoció con el apodo de Rambo por su apariencia física y forma de vestir al estilo del actor Sylvester Stallone. Era de estatura baja y complexión regular, pero con un cuerpo de atleta ateniense.

Había llegado en 1977 al municipio como miembro del Ejército Mexicano en la llamada y muy temida Fuerza de Tarea Cóndor. Después, en 1987, a esa operación se le llamó Fuerza de Tarea Marte. Fueron estrategias del gobierno de México para combatir al narcotráfico en el llamado Triángulo Dorado. La sola mención de esos nombres recuerda para muchos habitantes de la sierra el dolor que significó para ellos esas operaciones.

Rambo, después de haber cumplido con el ejército, se dio de baja, allá por los años ochenta, y al quedar sin empleo empezó a buscar en qué ocuparse.

En Badiraguato los empleos escasean, a no ser como trabajador en el jornal de campo, la ganadería o el comercio; y los que existen en las administraciones municipales son otorgados generalmente a aquellos que son allegados a la autoridad municipal en turno, siempre que hayan contribuido en sus respectivas campañas electorales.

Los puestos son muy contados, excepto los que tienen que ver con la Seguridad Pública, por obvias razones.

Rambo se acercó a la presidencia a probar fortuna, y la encontró.

Este personaje era educado, atento y pulcro en el vestir; usaba botas de campaña tipo militar, pantalones de colores oscuros y playera de manga corta ajustada al cuerpo.

Solicitó empleo en lo que hubiera; en su carta de presentación verbal decía saber muchas cosas, desde escribir a máquina, hacer labores de plomería, jardinería y hasta de electricidad; y, por supuesto, remataba, el manejo de armas de todo calibre.

Una vez cumplidos los requisitos, se dio de alta en la Dirección de Seguridad Pública Municipal como subdirector

Desde el primer día de trabajo, Rambo se empezó a distinguir de todos sus compañeros: siempre estaba quince minutos antes de su turno, impecablemente vestido, botas lustrosas, bañado, y se ponía a la orden para lo que se requiriera. Eso no pasó inadvertido para nadie. En pueblo chico no hay mucho que se pueda ocultar.

Por alguna razón el director de la policía municipal fue removido, y en su lugar fue nombrado Rambo. Él no tenía vínculos ni compromisos con nadie en el municipio, así que su actuar prometía no generar conflicto alguno.

Se notó la diferencia en el mismo día que Rambo asumió la dirección. A diferencia del anterior director, que todos los días patrullaba la cabecera municipal y algunas sindicaturas, para lo que se hacía acompañar por lo menos de cinco agentes y un chofer, Rambo, en cambio, solo traía a un agente de copiloto, pues él mismo conducía.

Era costumbre que, de pronto, por las calles principales de la cabecera municipal de Badiraguato pasarán vehículos a velocidad inmoderada cuando sus ocupantes andaban de parranda; igual era común que se estacionaran en la vía pública a consumir bebidas embriagantes, una mala costumbre en muchas poblaciones que se encuentran ausentes de cuerpos de seguridad pública.

Rambo aplicó el Bando de Policía y Buen Gobierno, haciendo él mismo las llamadas de atención primero, y en aquellos casos en que el llamado no surtía efecto, él mismo, acompañado de su agente en turno, hacía las detenciones correspondientes. Después de subir y esposar en la banca de la patrulla al infractor, continuaba con sus recorridos por las calles con el detenido a la vista de todos. No lo decía, pero era un claro llamado de advertencia a mantener el orden.

A Rambo se le reconocía como un hombre inquebrantable ante la ley, cual mitológico Zeus.

Terminada la administración, Rambo quedó sin empleo, pero su actuar y valía como excelente elemento era ya conocido y fue invitado a colaborar con la policía estatal.

Se cuenta que por esos días fue asignado al municipio de Mazatlán donde se habían dado a la fuga dos reos de alta peligrosidad. Se procedió a su busca y Rambo fue el primero en solicitar encabezar la encomienda de capturar a los fugados, que se decía habían sido vistos por sus lugares de origen en el municipio de Escuinapa. Allá fue Rambo por los evadidos, allá mismo los detuvo y, fiel a su costumbre, los esposó y montó en la banca de la patrulla a su cargo, realizó un recorrido por el centro de Escuinapa, y emprendió el regreso para la entrega de los detenidos.

De los puentes que atraviesan los once ríos de Sinaloa, el Baluarte es el más largo. En el mes de agosto, el río generalmente es muy caudaloso. Justo ahí, al ir a medio puente, uno de los evadidos logró de alguna forma destrabar el grillete, y saltó al río. Al darse cuenta de esta acción, Rambo detuvo el vehículo y, cual águila sobre su presa, saltó él también.

Al día siguiente, el cuerpo del reo fugado y Rambo fueron encontrados flotando en el remanso de un recodo del río Baluarte, unidos por unos grilletes, como robles arrastrados por la caudalosa corriente.

Rambo, en su orgullo y sentido de responsabilidad, no podía permitirse el lujo de que se dijera que había fallado en su deber.

Diplomado en Literatura Mexicana del siglo XX. Promotor y
gestor cultural. Miembro del Seminario de Cultura Mexicana,
capítulo Culiacán. Pertenece a la Crónica de Sinaloa

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