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CÍBOLA Y QUIVIRA: QUIMERAS DE LOS CONQUISTADORES

Por sábado 15 de agosto de 2020 Sin Comentarios

FRANCISCO PADILLA BELTRÁN

Los conquistadores europeos eran hombres del Renacimiento, por lo tanto América reavivó en ellos las visiones utópicas que acompañarán sus exploraciones. Esta motivación era un elíxir poderoso. El escritor Carlos Fuentes dice que estos en América aún llevaban en la cabeza las quimeras de la edad media. Se convencían de ver ballenas con tetas femeninas, y tiburones con dobles penes, bellas amazonas, etc.

Pero a su vez este continente no sólo era el paraíso terrenal sino fuentes de riqueza inagotables. Cortés lo reafirma cuando expresa: “Nosotros, los españoles, padecemos de una enfermedad del corazón, para la cual el remedio específico es el oro, vine en busca de oro y no para trabajar la tierra como peón”.

Pero también en la narrativa indígena abundan los lugares fantásticos o imaginados. Elisa Ramírez nos narra que los europeos al preguntar a los nativos por las riquezas oían descripciones que correspondían a un concepto diferente de riqueza, belleza o magia, entreveían tras estos relatos sus propias ciudades perdidas.

Esta interpolación entre realidad, ambición y ficción sirve como eje de la investigación en las expediciones que realizaron en busca de las siete ciudades de Cíbola y Quivira Fray Marcos de Niza en 1539, Melchor Díaz 1539 – 1540, Francisco Vázquez de Coronado 1540 – 1541. También las buscaron Hernán Cortés en 1540, Hernando de Alarcón 1540 y Hernando de Soto (Florida) 1539 – 15 41.

Desde 1524 las exploraciones que realizó Hernán Cortés por la costa occidental del pacífico de la Nueva España se supo que el continente americano se extendía hacia el noroeste, pero nadie sabía hasta donde, Carl Sauer, citado por Alex Dony Kriegel, narra que se corrían rumores, desde el tiempo de la conquista, que en el norte había fértiles y maravillosas ciudades; en 1524 Nuño Beltrán de Guzmán ya sabia de las “Siete Ciudades de Cíbola”. Este mismo fundó en septiembre de 1531 la Villa de San Miguel de Culiacán que sirvió como bastión a la conquista del norte.

Los primeros conquistadores que llegaron a Culiacán trataron de avanzar más hacia el norte, pero lo más lejos fue hasta las orillas del río Sinaloa, fue el caso de Diego Hurtado de Mendoza en 1532, y de Diego de Guzmán que en 1933 conoció un río llamado Yaquemí.

Fueron otros españoles, que venían en sentido contrario, los primeros que conocieron las vastas tierras del norte nunca antes vista por los españoles: Ellos fueron Alvar Núñez Cabeza de vaca, Andrés de Dorantes, Alonso del Castillo y Estebanico un esclavo negro de Dorantes. Eran los sobrevivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez. Habían naufragado en la Florida y atravesaron desde la costa central de Texas hasta la del pacífico, fue un recorrido que les llevó 8 años. En febrero de 1536 llegaron en pésimas condiciones a San Miguel de Culiacán y fueron recibidos por el alcalde mayor Melchor Díaz.

Melchor Díaz en San Miguel, Nuño Beltrán de Guzmán en Compostela, y el Virrey de la Nueva España Don Antonio de Mendoza interesados en abrir nuevas rutas a la conquista hacia el norte interrogaron a los sobrevivientes del naufragio y estos informaron de las extensas y maravillosas tierras, pero hicieron escasa mención del oro que les obsesionaba, dieron mejor crédito al negro Estebanico que decía haber visto tales ciudades. Alvar Núñez y sus acompañantes habían trazado por primera vez una ruta hacia el norte.

El virrey fue el más interesado y le propuso a Alvar Núñez y a Dorantes realizar la expedición, pero estos no aceptaron. A lo único que accedió Dorantes fue venderle a Estevanico para que les sirviera de guía. Pasaron dos años y en 1538 Francisco Vázquez de Coronado por orden del Virrey comisionó al italiano franciscano Fray Marcos de Niza para realizar la expedición a tan ricas y extraordinarias tierras.

Este se avitualló en Culiacán y salió hacia el norte de la mano de Estevanico el 7 de marzo de 1539, lo acompañaba Fray Honorato, una gran cantidad de indios que traían del sur y algunos locales, iniciando así la búsqueda de las siete ciudades de Cíbola y Quivira. Durante todo el camino la información de los indios sobre las míticas ciudades fue alimentando la fantasía y la imaginación del fraile y en su mente construyó pueblos con una riqueza inagotable.

De regreso, en la capital de la Nueva España, en su informe (relación) entregado al Virrey asegura haber estado en Cíbola, pero sólo a la entrada, pues los indígenas adelantados le informaron que los habitantes de Cíbola habían matado a Estebanico y algunos acompañantes. Sin embargo en nombre del Virrey había tomado posesión de esa tierra poniendo una cruz de madera. Su informe se desbordó y describió a Cíbola como una ciudad comparada a la gran Tenochtitlán y a Cuzco en el Perú y esto motivó las ambiciones de los personajes más notables del momento.

Laura Verdugo Montoya señala que “la leyenda originada en base a lo relatado por el fraile, es una especie sui generis de ficción sobre ficción. Una invención, una mentira desproporcionada, que parece verdadera debido al contexto particular dentro del cual fue urdida y dio ocasión a hechos históricos donde se involucraron los personajes más destacados de la Nueva España, EL Virrey, Hernán Cortés, Nuño Beltrán de Guzmán y otros”.

El relato también despertó la ambición y la sed de grandeza de Melchor Díaz alcalde mayor de Culiacán y un día decidió emprender la ruta descrita por el fraile. En el informe entregado al virrey señala que llegaron a un lugar cercano a Cíbola. La misma Laura Verdugo dice que en esta relación el sueño comienza diluirse ya que el alcalde señala que lo asegurado por Fray Marcos de haber visto un reino mayor que México, se reducía a pequeños y pobres poblados.

Pero el desengaño mayor lo asumió Francisco Vázquez de Coronado, gobernador de la Nueva Galicia. Fue el nuevo comisionado por el Virrey para buscar las fabulosas siete ciudades de Cíbola. Su expedición duró dos años y fue dramática y desencantada. Pasaron por Culiacán en 1540 y siguieron la misma ruta que habían abierto Alvar Núñez, Fray Marcos de Niza y Melchor Díaz. A falta de Estevanico tomaron de guía a un indígena apodado “El Turco” que les prometió llevarlos no sólo a Cíbola, sino a Quivira. Terminó engañándolos y se perdieron en las grandes planicies, en las montañas frías y desiertos de Norte América, pero no obtuvieron ni oro ni plata.

Laura Verdugo, citando Beatriz Pastor, dice que la relación que entregó Coronado al virrey es “un discurso del desengaño, de frustración, de impotencia, de desilusión” Aunque dijo haber contemplado algunas de las supuestas ciudades “no había ninguna cosa de las que Fray Marcos Dijo”, el esfuerzo y la pérdida de hombres (muchos murieron o se extraviaron) no compensaba los hallazgos.

Estaban equivocados, si bien no encontraron las ciudades mágicas de oro, si ensancharon la geografía de la Nueva España, abrieron nuevas rutas hacia el norte, habían llegado por primera vez a los territorios de lo que hoy es Arizona, Texas, Nuevo México y Kansas. Como dice Carlos Fuentes “las distancias eran enormes, las riquezas gigantescas, pero nada detuvo a los hombres de España en su empuje hacia el norte, pero a fin de dominar eso era preciso fundar ciudades, cientos de ciudades que reflejaran la decisión española de instalarse en el Nuevo Mundo para la eternidad”.

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes, Carlos, El espejo enterrado, F.C.E, México, 1992.

León – Portilla, Miguel, De Tamoanchan a las siete
ciudades, en Arqueología mexicana, Vol. XII, Núm. 67.

Kriegel, Alex Dony, Un nuevo estudio de la ruta seguida
por cabeza de vaca través de Norteamérica, BIBLIOFILIA
MEXICANA, 1993.

Verdugo Montoya, Laura Beatriz, El país del más allá; las
siete ciudades de Cíbola y Quivira, COBAES, México 1995.

Presidente de la crónica de Sinaloa
Cronista oficial de la Cd. de Culiacán, Sinaloa

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