Nacional

¿TE PUEDO OFRECER ALGO?

Por viernes 15 de marzo de 2019 Sin Comentarios

JAZMÍN LOZADA ÁNGEL

Cada sábado mi madre me lleva de visita a casa de Emi, ella vive a la salida de la ciudad, en un cerro. A mí me encanta ir, porque el aire es más fresco y porque me gusta jugar entre las rocas y escalar. Emi tiene una hija con la que juego. Continuamente jugamos a que somos colonizadoras y llegamos a poblar el Nuevo Mundo, a veces llamado Juanalandia, y otras, Analandia, mi favorita es la segunda opción. O bien, otras veces jugamos a ser astronautas, y buscamos en Marte, en La Luna o en cualquier desconocido planeta un lugar para habitar.

Todos los días ahí parecían los mismos y parecía que nunca iban a terminar, sentí que éramos un dibujo arrugado y tirado a la basura. ¿Qué podía pasar en un lugar así? Siempre estaban los mismos borrachos en las esquinas, las mismas mujeres lavando ropa que parecía nunca terminarían de limpiar, a veces me pregunto ¿seguirán lavando la misma ropa?

Afuera llovía, era imposible caminar en el lodo, los zapatos quedaban pegados. Juana y yo no tuvimos más remedio que quedarnos a ver televisión, por aquel entonces acababa de salir en VHS la película de Los Picapiedras. De fondo se escuchaba la voz de mi mamá y de Emi, ellas no querían que nosotras escucháramos

—¿Cómo sigues? —desde la cocina, mientras ponía el agua para
los frijoles.
—Ya bien, no me queda de otra, tengo que estar bien por Ana —
respondió mientras buscaba entre los frijoles una piedra perdida.
—También por ti, no lo olvides —se sentó a un lado de mi mamá
—Claro, y por mí.
—¿Te sigue buscando?
—Sí, me marca, me espera fuera del trabajo, pero yo no quiero
saber nada de él.
—Es lo mejor.
—Sí, una vez se le perdona, pero dos, ya sería por pendeja, y
no, no me conviene. Además me han dicho que lo vieron con
una mujer muy agarraditos de la mano caminando por la plaza,
parecían novios.

Mi padre era un cínico, mi madre nunca me lo decía pero yo también lo pensaba, lo supe cuando la maestra nos explicó el significado por primera vez, al pedirnos ejemplos, yo pensé en mi papá, él, quien finge descaradamente que nos quiere para luego abandonarnos.

Una tarde alguien tocó la puerta de mi casa, abrí y me encontré con un niñito de aproximadamente 5 años y me preguntó “¿Está mi papá?”. En la banqueta, escondida en las sombras permanecía parada una mujer. Sentí coraje, odio, vergüenza, porque era lo suficiente perspicaz para saber qué se refería a mi padre.. Yo le contesté “Sí, llévatelo a casa”. Le dije a mi papá que alguien venía por él. Miró por la ventana, tomó sus llaves y le dijo a mi mamá “Ahorita regreso”. Mi mamá no dijo nada, se pusó a sacar las cosas de él a la calle, al mirarla la imité.

Él ya no pudo volver a entrar. Desde afuera nos gritó que lo íbamos a lamentar, que ahora sí estaríamos solas.

—Mantente firme, las cosas son mejor así.
Dejaron de susurrar y hablaron de trivialidades, hasta que llegó
la hora de irnos.
—Antes de que se vayan, ¿les puedo ofrecer algo? ¿un vaso con
agua? ¿un paragüas para la lluvia? ¿un hongo de la buena fortuna?

Emi sacó de la alacena un enorme frasco de cristal con un contenido caldoso y oscuro. Lo pusó sobre la mesa. Antes de que preguntáramos qué era eso, nos explicó: Este es un hongo mágico. Ha existido por miles de años, sigue existiendo porque miles de personas se han encargado de cuidarlo, se pasa de persona a persona. Si cuidas del hongo él te recompensará con buena fortuna. Hay personas que han pasado de la pobreza extrema a ser multimillonarios, gente que le iba mal en el amor ahora tiene una familia feliz, y así podría decir muchos ejemplos, pero lo único que necesitas saber es que se cumplirá aquello que desees.

Escuché hipnotizada, imaginando a esas personas que han conseguido lo que querían, me llené de felicidad al pensar que mi vida estaría solucionada, yo me encargaría de cuidar aquel ser mágico, daría todo por mantenerlo vivo pues a mis 7 años no tendría que preocuparme más por nada.

Emi nos miraba con una sonrisa en la cara, casi como si todo aquello fuera una broma y en cualquier momento soltaría la carcajada, mi madre la miraba incrédula, y luego me miró a mí, estoy segura que la cara me brillaba.

Mi madre dijo:
—Si Ana promete que lo va a cuidar, nos lo llevamos a casa.
—¡Sí, sí, sí! —dije entre brincos.

A Emi le dió alegría y le pidió a Juana un tupper para darnos un pedazo. Al tenerlo en mi mano lo admiré: era una bola gelatinosa en un caldo oscuro y con aroma a fermentado. Y si me lo preguntan ahora, sí, su apariencia era grotesca, pero en aquel momento para mí fue hermoso.

Emi me dijo los detalles de cómo debía cuidarlo. —Para que funcione tienes que cuidarlo bien y compartirlo. Come una vez al día un pedazo de piloncillo rallado. Debes hablar con él todos los días, contarle tus deseos y a su tiempo el hongo te los concederá.

Todavía llovía cuando dejamos la casa, mientras trataba de no resbalar con el lodo abrazaba muy fuerte a mi hongo. Todo parecía igual, las mujeres seguían tallando la ropa en sus lavaderos de cemento, se protegían de la lluvia con un paraguas que apenas les cubría la cabeza, los borrachos nos miraban desde su esquina, los perros parecían muertos y los niños se tiraban al lodo. Al llegar a la carretera, mi madre me preguntó:

—¿Cuál será tu primer deseo? Miré la carretera, la luz del día ya casi se acababa.
—Que la calafia roja llegué pronto para no tener que caminar tanto.

Mi madre y yo mirabamos a lo lejos, teníamos que estar atentas porque si se nos pasaba el transporte tendríamos que esperar el doble de tiempo. Me emocionaba cada vez que salían de la oscuridad del camino las luces azules y rojas que traen en el frente las calafias, pero la emoción me duraba muy poco porque al tenerlas cercas me daba cuenta que eran verdes, y bajaba mi brazo con desilusión.

Se oscureció y nos fuimos quedando solas.
—Lo siento, Ana, pero nos iremos en la próxima calafia, sea verde o roja.
Eso significaba que tendríamos que caminar una enorme colina para llegar a casa. Miré a mi hongo con la luz de un carro que pasó y pensé en lo que dijo Emi “con el tiempo” suspiré y dije:
—Está bien, mamá.
Sala de lectura “Libro a Libro” y diseño editorial de Lapicero Rojo.

* Autora

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