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EL CULIACÁN FESTIVO ARRABALERO Y POPULAR 1905-1910 2da. Parte

Por miércoles 31 de enero de 2018 Sin Comentarios

GILBERTO LÓPEZ ALANÍS

Los promotores desdeñaron a los cultos y la apacheria siguió saliendo a las calles recordándoles a los gachupines culichis los cruentos sucesos del siglo XVII en Culiacán. Como llovió mucho aparecieron unas hojas volantes con “las mañanitas de los inundados” y otra para una moza coqueta llamada “Guillermina Vega” estas hojitas tuvieron mucha demanda y merecieron ambas una segunda edición.
Rivalizó esta inspiración popular con la de algún bate local, que hurtó versos de poesía sudamericana que quiso presentarlos como de luz propia, cosa que sigue sucedió hace algunos años cuando algunos noveles poetastros culichis fueron descubiertos por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, regresándoles sus “producciones” y sacándolos a balcón. Es tanto el desespero por parecer que a veces se olvidan de ser.
Hoy las corridas de toros conservan algún trapío y una formalidad debido al profesionalismo de la fiesta, pero en 1905, extraña, rara y chusca fue la corrida de toros que organizó la Colonia China de Culiacán, en plaza “Coloso”, con el picador Oyama que se portó muy valiente y los banderilleros Oko y Kamimura; Farjao fungió como director de brega y Togo como capitán de cuadrilla.

Los chinos con tal de vender son capaces de todo; como nos hubiera gustado ver a Juan Manuel Ley de primer espada recibiendo la alternativa del Doctor José Ley Domínguez de Mocorito y entrando al quite por chicuelinas al profesor Juan José Ley Campos, venido ex profeso de la preparatoria Heraclio Bernal de Cosalá, todos ellos con su nombre relucientes en los carteles que les imprimiría Mario Ley Montijo de la Rocha y como promotor a Quintin Ley, con tal de que éste último cubriera sus adeudos pendientes. Seguro que tendríamos lleno completo, lástima que algunos ya pasaron a mejor vida. Las cantinas y los billares se llenaban de vagos que no querían trabajar, y sin aludir a ninguno de los presentes, dentro de los cuales me incluyo, los vagos siguen honrando a los templos de Baco con su preferencia. Nada más dense una vuelta por el triangulo de las Bermudas del Guayabo, El Baldo y El Cactus. El gobernador Francisco Cañedo, como el primer vago del Estado de Sinaloa, en su onomástico organizaba recorridos distritales para libar con sus compadres.
Tales giras aparecían en la prensa como jornadas de trabajo, y se efectuaban visitando lo más intrincados de la geografía sinaloense, con tal de huir de doña Francisca Bátiz y Bátiz, su esposa, que lo traía a raya. Hace poco tiempo el gobernador revolucionario y obrerista Alfonso G. Calderón hizo lo mismo, a pesar de las exoneraciones que le hizo doña Aidé años después.
Ya desde entonces algunos cronistas y periodistas padres putativos de una generación de bagazos como Agustín de Valdez que llegó al Salón de la Fama del Beisbol Organizado de México, que tuvo de contemporáneos al matusalén maleconero Toñico Pineda y José María Figueroa, le hubiera gustado realizar la crónica del partido entre los ingenieros del Ferrocarril Occidental que el pueblo bautizó como “El Tacuarinero” y varios jóvenes mazatlecos, que por cierto ganaron estos últimos al son de once puntos contra cinco, en lo que puede ser uno de los inicios del beisbol en Culiacán.
En el Colegio Civil “Rosales”, impartían cátedra lo más granado de la intelectualidad sinaloense y uno de ellos el profesor Julio G. Arce boticario, editor, diputado y empresario de minas y futuro enemigo de Rafael Buelna el “Granito de Oro” después de 1909; impartía clases este boticario sobre la historia de las drogas especialmente las de origen indígena; hoy los buchones deberían tomar algún diplomado al respecto para que sepan a ciencia cierta de donde les viene su prosperidad.

Este profesor que editó una excelente revista cultural a finales del siglo XIX denominada La Bohemia Sinaloense, es uno de los precursores de la literatura chicana, ya que el emigrar de Sinaloa en 1911 al triunfo de los maderistas sobre las fuerzas Diego Redo, llegó hasta Los Ángeles, California (USA) donde publicó sus Crónicas diabólicas en la década de los veinte. Arce fue uno de los vagos de más prosapia de Culiacán, junto con el bibliófilo, insigne literato e internacionalista el gordito Genaro Estrada Félix, que por cierto lo reprobaron en literatura en el Colegio Rosalino, por juntarse con los chismosos de las boticas de la ciudad, que se la pasaba haciendo carne machaca del prójimo.
El reconstructor del viejo Culiacán, el Ing. Luis F. Molina, el que dio el braguetazo con una De la Vega, cinco años después de que lo trajeron para construir el Teatro Apolo en 1890, celebró en 1905 sus diez años de agandalle matrimonial, con la inauguración del Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, que regenteó hasta hace muy poco el no menos largo el padre Manuelito, el de los famosos sorteos que se sacaba el Espíritu Santo, cuyos premios el disfrutaban como depositario “ad perpetum”.
Los raterazos conocidos como Natividad Jiménez, Alfredo Plasencia y Fernando Curiel concurrían a los cinco billares de la ciudad, sin olvidar las cantinas llamadas “Ojo de agua”, “Las olas altas”, “Las nuevas olas altas”, para planear y buscar socios en sus lucrativas actividades; donde los cantineros se le llevaban con la baraja en la mano desplumando a incautos parroquianos. También existieron tahúres que operaban a cielo abierto,  como los que sorprendidos en los terrenos de la fábrica de azúcar “La Aurora” jugando conquián a altas horas de la noche con la lumbrada de un tizón; al ruido de los cascos de los caballos se escondieron en los cañaverales ante la presencia de la policía montada.
Cinco años después en el luminoso y aciago 1910, Culiacán contaba con 13,000 habitantes y una definición urbanística impuesta por el ingeniero de la ciudad el arquitecto Luis F. Molina y al empezar el año llegaron a presentarse en el Teatro Apolo, una compañía de plebes de Mazatlán, con una pastorela que fue calificada por la prensa “como una broma pesada”.
En el desarrollo de la obra la virgen enronqueció delante del público, el diablo desesperado buscaba una paleta de dulce para la atribulada actriz, mientras los borregos instalados en el pesebre balaban de manera despavorida y los gallos y gallinas introducidos comenzaron a correr por todos lados, el público comenzó a chotear a los mazatlecos por tan desafortunada representación, pidiendo la devolución de las entradas, ante el desespero de unos policías que reclamaban orden y nadie les hacía el menor caso, aquello no llegó a buen fin y se le tomó como una broma carnavalesca de inicio de año.

En las afueras del teatro fueron vistos Juan Lizárraga, Gregorio Beltrán y Manuel Guerrero, prófugos de la Escuela Correccional que confundidos con los mazatlecos huyeron hacia el puerto donde fueron apresados. Mientras tanto en Mazatlán, el chismorreo caló entre los padres de los chamacos de la citada pastorela, por lo cual se dirigieron al prefecto local suplicándole les devolvieran a sus hijos, ya que temieron por sus vidas ante la ira del público anta tan mal representación.
Los representantes de la comitiva mazatleca no le importó el desaguisado del Teatro Apolo, por que las peleas de gallos les trajo consumido el seso, entre el mano a mano de los partidos de Mazatlán y Culiacán donde se cruzaron apuestas sustanciosas. Apenas se habían terminado las fiestas de verbena del 22 de diciembre en la Plazuela Rosales, dedicada a la victoria del coronel más liberal que ha tenido Sinaloa, cuando los tahúres ya tenían encampanada a la gente en nuevas aventuras del azar y el consabido desfalque de incautos.

* Director del archivo Histórico del Estado de Sinaloa

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