Nacional

EXPEDICIÓN A IMALA

Por viernes 31 de marzo de 2017 Sin Comentarios

expedicion a imala

Por: Gilberto J. López Alanís

Atrás la villa de San Miguel de Culiacán, al frente la cercana serranía mostrando sus primicias y verduras diversas, al voltear sólo veíamos las torres rosadas de la iglesia que enmarcaban la serpentina brillante del río, arropada por sauces y sabinos. Las suaves ondulaciones nos llevaron por veredas, caminos, arroyuelos, bosquecillos de guamúchiles, palos blancos, mezquites, nopales morados, choyas, pitahayas a punto de florecer y parvadas de chureas, palomas, gorriones, chanates y otras aves que anidan en forma sorprendente;  suspendidas al arbitrio del viento, aparte de gavilacíos que planeaban en la búsqueda de la presa. Cachoras, huicos, iguanas, culebras y ganado chinampo a la sombra de las higueras, con la impávida mirada de otro tiempo.

Nuestra incursión quiso ser obispal mas se impuso el encanto natural del caserío; el detalle de la tarima con tiras de cuero, los catres de lona o de jarcia, las sillas de baqueta, el pial, los fierros de marcar y aparejos. El zarzo, el jardín, la pequeña vega de hortalizas o maíz, cercana a la morada mestiza con los portales frescos que anuncian los espléndidos zaguanes incitando al descanso junto a la imalapila de piedra que destila en la olla rojiza de barro el agua fresca, junto al jumate. Al fondo presidiendo el cuidado patio con tierra apisonada, el horno ripiado de barro en color blanco, donde se enhornan las semitas, el pan de mujer, los coricos, tacuarines y las biscotelas. Los cacahuates justamente tostados crujieron ante el asombro de las florecillas amarillentas pegadas a los cercos. La tierra rojiza de la escasa resequedad contrasta con los troncos viejos del palo de brasil.

Las choyas con sus mañosas espinas ansiaban nuestras carnes y sólo el leve rozón nos alertó de aquellas sencillas trampas. Soberbios, erectos, llenos de sí como esperando vaciarse en el azuloso firmamento; algunos delgados cactus mostraron sus nervaduras de contratada belleza; otros con sus largos vellosidades nos remitieron a los púbiles tiempos de la búsqueda erótica. Los vados en su frescura arenosa nos ofrecieron otros rumbos de exploración; diversa y original forma de recorrer la campiña rocosa con sus techumbres de enredaderas silvestres orilladas de verdores siempre nuevos. Luz plena, sol atemperado por la buenaventura del clima invernal incitaba al disfrute del ámbar helado. Expedición abstracta que se hizo sincrónica a los siglos XVI y XVII, que sólo admitió el siglo XIX en la edificación que le da remate. La iglesia, joya de perfectas proporciones, bella y sensiblemente austera, se impone por sí misma logrando desafíos permanentes.

Mientras la ruta nos va dando la pauta para el diálogo y la especulación de aquellos florecientes apetitos. Las esencias de los futuros tributos, los diezmos y primicias, hechos carne oreada, miel, mantas y tiernas crías nos proporcionan su presencia excedentaria en un recorrido lleno de frutillas dulzonas y ácidas. Calabazas cehualcas, veranitos de sandías, estropajos, escondidos los ayales y papachis. Un piélago de naturaleza estacional. De repente el rostro, el talle y los huaraches polveados por la finura de la terracota acompañan el trotar de las bestias con sus conductas, trayendo por cordilleras noticias de tiempos largos que han viajado por la agrestidad café de los minerales y los barros. No existimos, nos ha tragado el paisaje; sólo al llegar a Imala y verla completa en su iglesia de ladrillo rojiza; armónica nos engaña con su imagen. Es tan austera y tan perfecta en su forma que su áurica material desborda encanto.

Se nos presentó deteriorada, con sus imágenes cargadas de pobreza y ese Cristo que muestra sus cuencas vacías, ha sido tanto su llanto que ya no tiene con que mirarnos y nos incita a compartir su terrible soledad soportada en unos pies agrietados; unas manos fuertes nervudas con amarras que esperan la ejecución, con sangre manando por la comisura de una boca de amarguras permanentes.El eterno dolor aparece al final del viaje, nos hemos encontrado con la representación simbólica del redentor que no tiene sitial de honor, pero sí la más sustantiva presencia de ese drama antiguo de la sierra. (Crónica de una expedición del año 2000).

* Director del Archivo Històrico del Estado de Sinaloa

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