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Semana Santa en San Javier, San Ignacio, Sinaloa.

Por domingo 31 de marzo de 2013 Sin Comentarios

Por Salvador Echeagaray Picos*

San-JavierAl teléfono, el poeta de la cantera queretana, Mario Arturo Ramos, me saluda desde la civilización que generó acontecimientos históricos que irradiaron a todas las regiones del país, el marco constitucional y de cultura que aún hoy nos ilumina y nos hermana en el valor de la identidad entre los mexicanos como nación. Nos pide nuestra colaboración con el tema Sobre la Semana Santa en mi pueblo de San Javier, San Ignacio, Sinaloa. Sobre mi tierra he comentado que “La espada de la conquista, seguida de la cruz Jesuita hizo posible la civilización de lo que precisamente se conoce como la ruta de las misiones, la cual se extiende, de Sinaloa, a Sonora, Arizona y California”. San Javier, futuro pueblo señorial, esta enclavado en el sur del Estado en la referida ruta misional, como un referente histórico por una serie de hechos ciertos y otros no tanto, que forman ya, parte de las leyendas locales que los escritores san ignacenses, han contado en sus obras. San Javier tiene en la Semana Santa, la festividad religiosa más importante; su tradición y celebración que data del sigo XIX, genera el reencuentro de los san javiereños que en la diáspora hacia los Estados Unido en búsqueda de mejores oportunidades y de un destino promisorio, regresan al terruño con el propósito firme de convivir y disfrutar de la familia y amigos entrañables y desde luego, de la fiesta religiosa-pagana que ofrece: Música de banda, concurso de canto, concurso de bikinis en el rio, juegos deportivos, carreras de caballos, el famoso “palo encebado” y el popular “cochi”, pelado y “embarrado” con manteca que sueltan sobre la calle y se lo lleva a su casa el que logra agarrarlo. En lo que respecta al aspecto religioso, el Viacrucis alrededor de la iglesia jesuita, se escenifica en San Javier, con el “Cristo”, “Magdalena” y los “fariseos” así como la asistencia en número importante de los vecinos y visitantes, desde el siglo XVIII, según la crónica oral. En cuanto a la celebración de la Semana Santa en mi pueblo, he de señalar que en el recuerdo de las gentes de nuestra edad, tiene dos etapas muy definidas. El primer espacio en el tiempo de aquellos ayeres, es preciso destacar que nuestros viejos de varias generaciones atrás, así como los abuelos y padres, nos hicieron respetar la tradición religiosa que implicaba para todos, la observación rigurosa de las reglas morales y rituales eclesiásticos, especialmente durante los días jueves y viernes, llamados “los días santos” que obligaba a hombre y mujeres adultos, jóvenes y niños a observar las formas de carácter religioso que tenían que ver con la vestimenta personal, con el consumo de alimentos y el recogimiento espiritual en lo individual y colectivo. Recuerdo que la tradición religiosa exigía absoluto respeto a los aspectos que venimos comentando; hasta que los relojes marcaban las cero horas del “sábado de Gloria”, se autorizaba y permitía el “jolgorio” y el disfrute de los placeres mundanos, lo que actualiza la segunda etapa de la Semana Santa San Javiereña. En los tiempos actuales, aunque la “Semana Santa” se sigue considerando como festividad religiosa, de esto no tiene nada, lo que afirmo, lo fundamento, en lo siguiente: La “Semana Santa”, es decir, la organización de la misma, “se vende” a la firma cervecera que ofrezca el mejor precio. La marca ganadora instala enorme carpa en la calle principal del centro del pueblo, a unos pasos de la iglesia, disponiéndose a la venta de cerveza sin límite alguno y amenizando la fiesta cervecera con música de viento y conjuntos musicales que ofrecen a los parroquianos sus servicios. Huelga decir que la venta de cerveza no es interrumpida durante los días jueves y viernes, días mencionados en los que disfrutan jóvenes y viejos, que han olvidado para siempre la tradición de sus mayores. Por lo que respecta a los otrora famosos “Testamentos”, que dan a conocer la última voluntad de “Judas Iscariote”, antes, el pueblo que escuchaba el evento disfrutaba de contenidos referentes a herederos y legatarios que eran señalados como beneficiarios de la disposición testamentaria, que expresaban ingenio y un sorprendente manejo del lenguaje, que en el uso de la métrica y el ritmo de imágenes y metáforas, en una afortunada relación ágil, chispeante y de sana comicidad, hacían aflorar la espontánea carcajada de los propios aludidos y de la asamblea pueblerina reunida. Es de sugerirse que las personas que heredaron esta relatoría testamentaría, en la redacción del documento, consideren usar un lenguaje que sea menos ofensivo y que en los referentes, ya sean personales o de hechos o sucedidos atribuidos a los “protegidos” de “Judas”, reales o inventados, se expresen con el ingenio, la gracia y la sana picardía que la tradición forjada por nuestros mayores, dieron proyección y merecida fama al contenido y lectura del testamento San Javiereño. Por último, al mencionar el antecedente de los testamentos San Javiereños, no es posible dejar de citar al señor licenciado Jesús Arnoldo Millán, inolvidable amigo, compadre y compañero de generación en la Facultad de Derecho de la entonces Universidad de Sinaloa, hijo del célebre, llamado cariñosamente, Ramón “El pollo” Millán, ya que al leerlo lo hacía con potente e intencionada voz, con los matices e inflexiones que requería el delicado encargo de dar a conocer “la herencia” y los “legados” instituidos por “Judas Iscariote”.

*Notario Público.

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