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Confesiones de un Viejo Egoista

Por domingo 21 de octubre de 2012 Sin Comentarios

Por Jaime Irizar Lopez*

El ejercicio de la medicina además de brindarte frecuentes y variadas razones para realizarte en el plano profesional e irte tranquilo a dormir con un dejo de satisfacción personal pleno, en lo esencialmente humano, te regala también experiencias de vida que te obligan a reflexionar con profundidad sobre los valores, las virtudes, los vicios y los defectos de las personas.

Hoy quiero compartir con ustedes una de las vivencias que tuve con un paciente que sufría una enfermedad en su fase terminal, quien olvidando por un momento sus graves síntomas y asumiendo una pose doctoral me dijo lo siguiente:

Mira Jaime, me expreso con un tono de dolor en sus palabras que contagiaba en automático su estado anímico: sin pretender polemizar, sino más bien como un último ejercicio catártico, reconozco ya de salida, que la furia, el odio, la envidia, el rencor y los resentimientos que hicieron de mi, su morada casi permanente, me obligaron a realizar acciones no del todo razonadas o correctas, mismas que han sido una pesada carga que me duele sobremanera recordar, porque estos sentimientos estériles me impidieron llegar a los sitios de la fe, el perdón y la comprensión con mayor oportunidad como fue mi deseo inicial allá en mis años tempranos.

Tarde entiendo que si hubiera sido más comprensivo con los demás como me aconsejó hasta el cansancio mi madre, hubiera evitado muchas veces el dolor de sufrir tantas veces las penas y los rubores a que obliga el perdón. Y sé bien que hubiera ganado a pulso (al ser más comprensivo), el respeto y la admiración de mi esposa, hijos, familiares y amigos.

Fui como muchos otros hombres de mi generación, con una formación tal, que confundimos el matrimonio con una compra de conciencias y voluntades, casi equiparable a la compra de esclavos, te lo digo así, exagerando un poco la nota, para dimensionar mi visión reducida de las cosas.

Con la condición de asumir la manutención de esposa e hijos, trate de despojarlos de ideas, planes y sentimientos propios; a mis hijos los creí como una extensión de mi propia vida, algo así como una segunda oportunidad vital para realizar lo que yo no pude ser. En ese entonces, yo era de la idea fija de que el que paga manda, y di ese sentido comercial a casi todas mis relaciones de afecto.

Nunca intenté ponerme en los zapatos de nadie. Siempre reclamé comprensión de los otros pero a nadie se la di. Ofender para mí era fácil, pedir perdón no tanto. Hoy sé tardíamente que perdonar es bueno, pero que comprender es mucho mejor.

En mi días de juventud, para estar a tono con las ideas de mi tiempo, cuestioné con arrogancia la existencia de Dios, ofendiendo a muchos con esta postura hipócrita, entre ellos a mi devota madre que adjudicaba siempre a Dios las cosas buenas que le sucedieron y aceptó como prueba a su fe, los malos ratos que vivió.

Decía que Dios no la había hecho diferente a nadie y que el hecho de ser su hija, no la exentó de tener momentos tristes en su vida. Eso es, lo entiendo hoy a la perfección, la franca resignación del que tiene fe. La fe, lo digo honestamente, ha sido y es mi mayor carencia.

También pregoné tontamente a los cuatro vientos, tratando de acabar con las creencias de otros, que si el Papa, máximo representante de Dios en la tierra, conociendo de fondo el dolor de la humanidad creía realmente en el Ser Supremo y en su bondad. Que si Dios mismo creía en la humanidad viendo las cosas como están ahorita.

Decía y repetía muy ufano que si Dios con su omnipotencia y sabiduría extrema me había hecho imperfecto y dado a la comisión de errores, por tal condición, reiteraba con gran seguridad, estaba obligado a perdonarme si es que realmente Él existía, en caso contrario, yo no tenía razón alguna para preocuparme pues no habría a quien rendirle cuentas, argumentaba finalmente con una lógica más que convenenciera para justificar todas mis acciones.

Estos y otros tontos pensamientos eran excusa suficiente para apartarme de los caminos de la fe, y bañarme presuntuoso con ideas de ateo como si ello fuera la gran virtud. Hoy ya no me interesa disertar filosóficamente para cuestionar la existencia o no de un ser supremo. Ya no me interesa tratar de ganar discusiones teológicas que sólo servían para exaltar mi ego. Para mi es una necesidad el creer en un Dios. Ya no tengo más opciones, ni más tiempos para dudas.

Es una gran verdad que todo es imposible si no se tiene fe. Por eso mi vida me pareció en ocasiones más que imposible. Estoy tan cerca del final, que cobra en mí una fuerza inusitada la fe y la esperanza. Cuánta energía contenida existe en lo necesario y cuánto nos motiva a la acción los grandes sentimientos.

Entiendo que es muy tarde, sé muy bien que mi triste despertar será la muerte y el olvido temprano por haber escrito el libro de mi vida tan lleno de páginas que sólo hablan de mí, de mis gustos y mis deseos.

Nunca olvides mi estimado doctor, que sin fe nada es posible, mucho menos algo tan grande como lo es el amor y sin amor, no vale la pena vivir.

*Doctor y escritor.

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