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Los franceses en San Pedro: El 5 de mayo sinaloense

Por domingo 10 de junio de 2012 Sin Comentarios

Por Carlos Francisco Tavizón López*

A principio de diciembre los franceses tomaron Mazatlán, con la intención de dominar el sur de Sinaloa, y para dominar el Norte, el jefe de la armada del Pacífico G. Maui ordenó al Comandante Gazielle, que tenía a cargo el buque de guerra a vapor “Lucifer”, llevar tropas terrestres y marítimas franco-mexicanas para tomar la Ciudad de Culiacán, y de ahí dominar el centro y norte del estado. En la expedición imperial iba el General José Domingo Cortés, aventurero español, con la misión de asegurar la sumisión de los sinaloenses a través de la persuasión, la compra y la corrupción de algunos políticos y ricos de Culiacán. La fuerza traidora iba a mando de Jorge “Caramocha” Carmona, futuro marqués de San Basilio, que había trocado la indumentaria de la guardia nacional, por el uniforme del ejército imperial.

Los expedicionarios franceses llegaron al puerto de Altata en la fragata Lucifer, moderno buque de guerra que desplazaba poco más de 5,000 toneladas el 19 de diciembre, y el 20 iniciaron su desembarco, componiéndose las fuerzas franco traidoras de 200 franceses y argelinos y 300 traidores mexicanos. Enviaron al gobernador Antonio Rosales, guerrero y poeta, unas cartas suscritas por Carmona y Cortés, en las que le pedían su adhesión a la causa imperialista, contestando Rosales cortésmente pero en forma negativa. El coronel Antonio Rosales, Gobernador, y Comandante General del Estado de Sinaloa inmediatamente se puso al frente de unos 400 hombres, conformados por 264 soldados de la guardia nacional que habían llegado con Rosales desde Mazatlán y el resto reclutados entre los aguadores, jornaleros y muchachos de Culiacán.

Rosales inició su marcha rumbo a la costa, haciendo avanzar en plan de observación a la mayor parte del escuadrón “Guías de Jalisco”, al mando de su jefe C. Francisco Tolentino, quien había venido batiéndose en retirada hostigando a los franco-mexicanos. Rosales formó a su gente en batalla, pero los invasores esquivaron el combate, a pesar de que fue provocado por las guerrillas mexicanas durante unas seis horas. Como un bosque cubría a los franco-mexicanos impidiendo al general en jefe un completo reconocimiento a fin de atraerlo, Rosales ordenó retirarse hasta San Pedro, donde tomó posiciones a satisfacción. En virtud a los hábiles movimientos del escuadrón mencionado, se movieron al fin las fuerzas francesas y traidoras “atraídos por el vivo y sostenido fuego de los valientes nacionales, que en su retirada lenta a San Pedro, se mantuvieron siempre a tiro de pistola, llegando a 200 mts de nuestro campo, formando su fuerza acto continuo en batalla”. Colocando en su izquierda traidores, en su derecha franceses con dos obuses de montaña, calibre 12 cm de retrocarga, de alma rayada, y de bronce comprimido, que disparaba 4 veces más rápido, y era más preciso que los cañones que traían los nacionales, colocaron en el centro argelinos (zuavos) y mexicanos. Los franceses y traidores estaban equipados con la carabina de cañón rayado, modelo 1859, desarrollado por el capitán Minié, llamado carabina de la guardia imperial, que tenía un alcance de 800 mts, siendo efectivo hasta 450 mts, en cambio los nacionales, la mayor parte de sus armas eran de cañón liso con un alcance máximo de 300 mts y alcance efectivo a 200 mts.

El coronel Rosales colocó en su centro cuatro piezas de artillería de montaña, de alma lisa y avancarga, dirigidas por el teniente Evaristo González y un trozo de infantería, cerca del camino. En la izquierda situó el batallón Mixto, mandado por su comandante C. Jorge García Granados y dos piezas ligeras, de las mismas características de las anteriores. A la derecha desplegó el batallón “Hidalgo”, a las órdenes del coronel Correa. La caballería quedó de reserva. Tales eran las posiciones de los dos ejércitos al dar comienzo verdaderamente la batalla. Más de media hora duró el fuego de fusil y de cañón.

Los franceses intentaron enseguida apoderarse de las dos piezas de artillería de nuestra izquierda por medio de un poderoso empuje, que contuvo el intrépido capitán Granados haciéndolos retroceder en desorden. Desafortunadamente en esos momentos fue herido en el vientre a quemarropa por una bala de pistola. Una carga de la reserva hizo volver a sus posiciones a los franceses. Continuó la acción más reñida que nunca, sobresaliendo en tan críticos instantes el memorable hecho del capitán Martín Ibarra, que con una gran audacia y valentía llegó intrépido hasta una pieza de artillería del enemigo y la laza. Ya no siendo posible para unos y para otros cargar los fusiles, el coronel Rosales ordenó que toda la brigada cargara a la bayoneta. Este ataque general se ejecutó con precisión y brío y en él murió gloriosamente el capitán Fernando Ramírez, al frente de su compañía, mientras un gran número de nuestros soldados, muchachos de Culiacán, tiraron el fusil por no saberle manejar con bayoneta, empuñaron el machete, y se empeñaron en tremendas luchas cuerpo a cuerpo con los fieros argelinos.

El comandante Miranda y Castro, mayor de la brigada que fue a apoyar a Ramírez, lo hizo con tal bizarría y brillantez, que mereció los elogios de todos. Conmovida la línea enemiga por el vigoroso ataque, empezó a perder terreno, y tres horas después, retrocedieron media legua con tenaz resistencia. Las cargas dadas en repetidos ataques por el escuadrón de lanceros, pasmaron al enemigo por el valor y arrojo con que fueron realizadas. Desalentados los galos, por haber sufrido grandes pérdidas y ya fragmentadas sus fuerzas, clavaron sus bayonetas en las arenas del río Culiacán y cruzaron los brazos en señal de derrota total, esperando la muerte. Quedaron a favor de los nuestros los dos modernos obuses de montaña, todo el material de guerra, ochenta y cinco prisioneros franceses y argelinos, diez y seis heridos, y veintitantos muertos de los mismos.

En cuanto a los traidores comandados por Carmona, dejaron ciento y tantos prisioneros, y no hubo número detallado de los muertos. Los oficiales franceses que cayeron prisioneros, fueron los siguientes: el comandante Gazielle; teniente De Saint Julien; subteniente Marquiset; subteniente zuavo Bel Kassem ben Mohamed; Mansol, cirujano del “Lucifer”; Licutard, aspirante de marina, y Maseler, voluntario de marina. El comandante Carmona y el general Cortés huyeron a las primeras de cambio yendo a parar hasta Altata, reembarcándose en el buque francés. Por su parte, los republicanos sufrieron la pérdida de treinta y tantos hombres, entre ellos el capitán Fernando Ramírez y dos subtenientes, y un gran número de heridos entre los que se contaron el coronel Calixto Peña y el comandante Jorge García Granados.

La victoria de Rosales conmocionó a los republicanos del país, pues los franceses, pese a la derrota, aunque no total, que les propinó Zaragoza, seguían reputados como invencibles y habían iniciado un rápido avance por el territorio nacional. La batalla de San Pedro fue llamada por sus contemporáneos el “5 de Mayo de occidente”. Por el triunfo en ella conseguido, Juárez le otorga a Rosales la banda de general de brigada, ya que él se puso a la cabeza de algunas de las brillantes cargas contra el enemigo, en una palabra fue director y actor de la batalla cuyo plan concibió y ejecutó con gran habilidad y valentía.

Desde la ciudad de Chihuahua, el presidente don Benito Juárez, en carta que escribió al general José María Patoni el 9 de enero de 1865, le decía entre otras cosas: “… deseo que este hecho de armas sea el principio de la resurrección de la República y de la marcha triunfal de nuestras tropas hasta las playas del Atlántico”. Y este deseo del prócer se convirtió en realidad, pues la batalla de San Pedro fue la piedra miliar del triunfo de la República.

Nakayama Antonio, Juárez Rumbo y Señal de Sinaloa, Culiacán, Sinaloa, 1973, pág. 100.

*Cronista de Guamúchil.

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