Estatal

Un coloquio de perros sin hueso a la luz de la Luna

Por domingo 4 de marzo de 2012 Sin Comentarios

Por Joel Isaías Barraza Verduzco*

Los que vencen, cualesquiera que sean los medios empleados, nunca se avergüenzan. Nicolás Maquiavelo.

En un lugar del malecón de cuyo nombre no quiero acordarme, en torno de una mesa de cantina con sus sillas de Concordia, acaloradamente conversan cuatro servidores públicos.

-Bien nos dice Maquiavelo, que cuando el animal político se trepa al trono del poder, tiene que seguir golpeando a sus enemigos, porque el poder no es nada seguro ni estable.

Habla Sigfrido, con saliva en la comisura de los labios. Se limpia la boca con la manga de la camisa, coge la botella de cerveza apurando el contenido y levantando el envase vacío le pide a la mesera de falda casi inexistente, que traiga otras cuatro.

Mientras tanto, el mar golpea con furia líquida las piedras de la escollera, recoge granos de sal y arena que deposita en su cama de agua, lamiendo con insistencia mineral el malecón que puso el hombre como límite de sus dominios.

Cuatro sudorosas ambarinas son depositadas sobre la mesa. Cada quien coge la suya, le limpia el gollete con una servilleta y apura una tercera parte del fresco fermento de cereal.

La plática, vuelve a zumbar en torno de la mesa de politólogos sinaloenses. Ataca Ronaldo:

-Ya que hablas de Nicolás Maquiavelo, ¿sabes quién fue, conoces su obra y su importancia?, o nada más lo mencionas para bajarnos la borrachera.

-Lo menciono, -responde Sigfrido- porque nuestra conversación ha girado alrededor del poder, y nadie mejor que Maquiavelo para hacernos comprender su significado.

Ronaldo coge un trozo de queso, lo moja en salsa de chile y lo come. Remoja la boca con cerveza y habla.

–Tienes razón. Hasta ahora, la mejor reflexión que se ha hecho sobre el poder está contenida en El Príncipe, él es el padre de la política moderna, por decirlo así. En el siglo XVI –para ser más exactos, en los meses de agosto a diciembre de 1531- Nicolás Maquiavelo se dedicó a escribir un tratado sobre el poder, sobre cómo toda la razón de ser de la política es mantener el poder, guardarlo, protegerlo, sostenerlo, conservarlo. Y en cuanto a lo que decías al principio –del hombre como animal político-, Maquiavelo explica que el hombre llega a comportarse como una bestia (como un zorro, como un león) para conservar el poder, pero aquí entramos ya en el terreno de las estrategias.

– Si por eso me gusta juntarme con ustedes- tercia César,- cómo saben cosas. Y ya que hablan del poder, por ahí leí que sólo se habla bien de lo que no se posee; si no se viviría y no se hablaría. A mí se me hace que tienen hambre de poder. ¿A poco ya los invitaron los candidatos a participar en sus campañas?

-Sin tratar de ofender a los compañeros-, interviene “el Profundo”, cuarto miembro de la mesa cuadrada,- pero tengo entendido que el poder no es una propiedad, sino una estrategia; por lo tanto no se posee, se ejerce. Antes de continuar, viendo que la cebada se terminó, quiero pedir las otras. ¡Señorita –llamando a la mesera que platica en la barra con el joven cantinero-, cuatro medias bien frías y unos cigarros sin filtro por favor! Retomando tanto la conversación como la cerveza, prosigo; el poder es un efecto de conjunto, no es una mera superestructura, ya que toda economía presupone unos mecanismos de poder inmiscuidos en ella. Pero sobre todo, el poder lo detenta la clase dominante.

César coge un cigarrillo, lo enciende, inhala con profundidad de buzo y exhala un grupo de palabras envueltas en humo.- Parece que hablar del poder está de moda. No lo digo por ustedes que siempre tratan de lanzar el último grito. Lo digo porque en los últimos años tanto los antropólogos como los filósofos han estado nadando en las aguas turbias del poder, sin dejar fuera de la discusión a psicólogos, sociólogos, juristas, sacerdotes y militares. Sin embargo, parecen no ponerse de acuerdo en una misma definición de lo que es el poder. Ni siquiera los franceses, que bien sabemos se pasan la vida haciendo teorías, saben todavía lo que es el poder. Pongamos algunos ejemplos: lo que para un filósofo como Nietzsche era “poder”, para un psicólogo como Freud era la “libido”. Lo que para un escritor como Tolstoi era “poder”, para un filósofo como Schopenhauer era “voluntad”. Y hago aquí un pequeño paréntesis, para poder tomarme la cerveza antes de que se caliente más.

-Pues yo todo lo contrario-, opina “el Profundo”,- para que la discusión no se enfríe y tomando en cuenta que hablas de los franceses, quiero agregar que Foucault se ocupó también del poder como objeto de estudio. Además, que Guilles Deleuze opina, que no existe en el hombre un deseo de poder, sino que el poder es deseo. Y en este renglón quiero decir que conozco algunos que sienten el poder como el efecto de la Viagra, el poder los erotiza y les devuelve la potencia sexual. Para otro gran francés, Juan Jacobo Rousseau, el poder es un campo de relaciones y es una intimidación. Si mal no recuerdo, en el Contrato Social nos ofrece este ejemplo: Dos hombres que no se conocen se encuentran en un sitio alejado e inhóspito, uno de ellos tiene una pistola en la mano, el otro no. ¿Quién tiene el poder en esta situación?

En ese momento se acerca la mesera con cuatro cervezas, las entrega y comienza a recoger los envases vacíos mientras informa entre bostezos de aburrimiento y cansancio:

-No es que los corra, pero ya tenemos que cerrar. Si quieren otras, se las sirvo en vaso desechable y se las llevan.

Al mismo tiempo llega Ronaldo, que regresa de la barra acompañado.

–No lo van a creer-, les dice, -pero miren a quien encontré-. Los demás saludan efusivamente. -¿Qué tal mi cronista, y ese milagro? –Pues ya ven-, responde,-aquí haciendo trabajo de campo. Los estuve oyendo dialogar sobre el poder y sus definiciones, ¿qué les parece si pedimos las otras para llevar y seguimos analizando el tema por el malecón, al cobijo de la noche y bajo el embrujo de la luna?

Los animales políticos juntan sus voces en una sola carcajada, recogen las cervezas después de pagar la cuenta, salen del portal y cruzan la doble avenida bajo la luna creciente que cuelga del cielo tropical -junto a una estrella grande y brillante. El malecón los recibe con su aliento de mar nocturno, húmedo, salitroso; con un aleteo de olas crecientes, enjuagando la playa con un sube y baja rítmico, musical. Primero uno, luego todos comienzan a cantar: “Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una las dos y las tres, y festejando por el malecón nos encontró la luna…”

*Antropólogo investigador/AHGES.

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