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Margarita Michelena La muerte en su poesía

Por domingo 31 de julio de 2011 Sin Comentarios

Por Juan Cervera Sanchís*

Nacida el 21 de julio de 1917 en Pachuca. Muerta el 27 de marzo de 1998 en la ciudad de México. Margarita Michelena. Poeta y periodista. Su legado, empero, fue la poesía. Nada mejor hizo en su paso por este mundo. Dentro de su poesía, la presencia de la muerte fue una constante anticipada.

En “La casa sin sueño”, de su libro “La tristeza terrestre”, 1954, dejó dicho: “Miro pasar la sombra. Ya estoy muerta./ He muerto viva. Mi cadá­ver yace/ entre espejos de llanto y de ceniza.” Sus cenizas dispersas ya en el mar son parte del ustorio cósmico.

Margarita Michelena vivió esperando su muerte. ¿No es esto, queramos o no, lo que todos estamos esperando inevitablemente? En los poemas de “Paraíso y nostalgia”, que datan de 1945, ya escribía: “Yo vivo en este día que no cierra los ojos,/ esperando la muerte de esta amarga dulzura,/ la caída de mi alegría bárbara.”

Vivió, dicho con sus propias palabras, Margarita Michelena, así: “Yo, ex­tranjera en mi carne/ y en mis propios sentidos,/ la visible y ausencia.”

Mujer de extraordinaria inteligencia, poeta de lúcidas visiones y guerra interna con su propia vida, que siempre fue más de una vida. Escuchemos su canto: “Yo puedo ser dos vidas./ A las dos puedo amarlas./ A veces las sorprendo, con su canción,/ A una, jugando con mis cabellos./ Y a la otra matándome/ con su fuego de estrella/ elegida para morir ardien­do.” Mujer de fuegos subterráneos y, como dijera José Gorostiza -“oh, inteligencia, soledad en llamas!”- en combate perpetuo y sin tregua con la inevitable soledad humana, por más que nos vistamos de toda clase de compañías.

Margarita Michelena murió, como todos, mucho antes de morir propia­mente.

Continuemos prestando oídos a su canto, que fue la más sincera mani­festación de su esencia: “Ajena ya a la vida siempre en joven presente,/ abstraída a la gracia/ de esperar el divino renacer de la muerte,/ yo, cancelada y sola sin huella de espe­ranza.”

La voz de Margarita Michelena jamás se alza para complacencia de las galerías. Su pureza poética es ab­soluta. Su canto un clamor integral de contenidos silencios y de una profundidad estre­mecedora. Canta siempre en duelo de vida y júbilo de muerte redentora. Confiesa: “Yo no he llegado nunca al final de la noche./ Y el mar existe./ Y yo deseo co­rrer/ hacia mi entrega y a mi muerte.” ¿No es la vida, vayamos despacio o con prisa, una carrera hacia la muerte? Si lo es. La vida, finalmente, no nos aclara la última cuestión. En tanto vivimos no es posible rasgar el velo del misterio. Hay que morir para ver, aunque sea ello un ver sin ver donde la luz lo ciegue todo. Hay que morir para escuchar y descifrar la palabra final o el expresivo y absoluto silencio.

Margarita Michelena, gran poeta, sin embargo, lle­ga a decir: “Sólo he sido un impulso por huir de la muerte”, pero, ¿se puede huir de la muerte? Nadie puede huir de la muerte, no ya de la propia, sino tam­poco de la ajena. Vivimos con la muerte al hombro y frente a los ojos. La vida, en realidad, no es más que el esqueleto de la muerte. Inútil querer engañarnos. Y Margarita Mi­chelena lo sabía muy bien, digamos que perfectamente. Es por eso que en “Gris” escribe: “Hay una espesa muerte/ que divide las cosas.”

Es cierto, muy cierto, pero la muerte para Margarita, en “Laurel del Ángel”, 1948, es también “amo­rosa”. Recordemos: “Sí la amoro­sa./ La más plena hermosura./ La llama de tiniebla/ y de frescura”. Muerte deseada y soñada: “Y yo era sólo un sueño y el deseo/ de morir.” Vivir es en parte un secreto deseo de morir. En la poesía de Margarita Michelena nos vamos encontrando con harta frecuencia con la muer­te: “Algo ya de mi muerte está aquí ahora”. Y continúa: “Ya no me per­tenece/ la voz que está cantando a mis espaldas/ y mi puro planeta está llegando/ a ponerse debajo de mi planta/ porque ande mi memo­ria entre nieve.”

Memorias y olvidos. Vida y muer­te. Canto. Únicamente el canto per­manece. Margarita Michelena per­manece en su canto, en su poesía, donde la muerte, a toda vida, nos habla de esta manera: “Deja que en este punto mi ceniza/ se caiga des­de mí, que me desnude/ y me deje a tu orilla, consumada./ Que con brazos de amor –no los tuve-/ lle­gue por fin a la sortija de oro/ con que el misterio ciñe tus murallas.” Margarita Michelena, periodista te­mida, fue por sobretodo poeta, una gran poeta, aún todavía no del todo descifrada y menos admirada y que­rida, la verdad suele ser antipática. Voz la suya que nos seguirá hablando en sus poemas ra­diantes de vida y muerte hasta el fondo del ser: “Vivo a veces mi muerte. Me recuerdo./ Adivino mi rostro y sé mi nombre./ Y la puerta se abre. Y yo penetro/ en mi primera identidad y salgo/ de la casa fugaz de mi esqueleto.” Libre ya de su esqueleto, Margarita Mi­chelena, a toda muerte, es decir en plenitud de vida, por aquel “país más allá de la niebla”, entrevisto por ella y, hoy, ya, por ella habitado, en fulgor y clamor de poesía ajena a la cárcel de las palabras, las rimas, los preocupados acentos y otras rejas, vive su muerte en reunión y celebración de vida con lo seres que amó y se le adelantaron en el camino, como fueron Efrén Hernández, María del Refugio, Eunice Odio…

La muerte, en suma, es el verdadero y real encuen­tro con nosotros mismos y con nuestra sagrada tribu espiritual.

*Poeta y periodista andaluz

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