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René Magritte:Discursos del lenguaje

Por domingo 10 de julio de 2011 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

Los acervos que conjuntan los complejos museísticos nombrados “Tate”, en el Reino Unido, son muestra de las más diversas expresiones artísticas, sus galerías recorren siglos de creación.

El primero de los museos fue fundado en 1897, originalmente conocido como “Tate Gallery” y actualmente como el “Tate Bri­tain”, en honor a Henry Tate, céle­bre empresario que donó el edificio que alberga el patrimonio artístico de la institución. Luego fue funda­do el “Tate Liverpool” en 1988, el “Tate St. Ives” en 1998 y el “Tate Modern” en el año 2000.

Habiendo iniciado como una ga­lería de arte británico, al paso de las décadas, el “Tate” se ha ido transformando hasta convertirse en escaparate de vanguardias y expresiones artísticas de las más diversas corrientes. En sus salones ha expuesto el abecedario de crea­dores que marcaron el siglo XX con sus obras. Bacon, Burgeois, Dalí, Duchamp, Modigliani, Picasso, Po­llock, Warhol, son sólo algunos nombres de largas listas que po­drían citarse. Con obras itinerantes o residentes, los salones de los mu­seos “Tate” dan cuenta de la me­moria artística de la humanidad.

Del 19 de julio al 19 de agosto de este año, la galería “Tate Li­verpool” exhibirá piezas relevan­tes del pintor belga René Magritte (1898-1967).

Cercano a Bretón y Dalí, la obra de Magritte resulta distinta aún dentro del surrealismo en que se inscribe. En buena medida, el artista belga se ocupa de uno de sus grandes temas filosóficos, la relación “lenguaje-objeto- significado”, dilema que nos lleva a pensar que del mundo es sólo un puño de sombras y sus objetos, o lo que percibimos de ellos, simples aproximaciones, construcciones que nos dicen cómo son las cosas ante nuestros sentidos pero no lo que son en realidad.

La obra de Magritte visitó nuestro país el año pasado. El Palacio de Bellas Artes recibió la muestra titulada “El invisible mudo de René Magritte”. Al ver sus piezas, no pude evitar pen­sar en las implicaciones filosóficas del discurso pictórico del artista.

En el cuadro titulado “Los orígenes del lenguaje” se presenta una estructura monolíti­ca, pétrea, frente a la inmensa claridad del mar. Nada se muestra a la vista, sólo el mar, las nu­bes en el relumbrante cielo y un prisma rocoso.

Decir que el lenguaje es el límite del mundo, es decir que el lenguaje construye la posibi­lidad de representarlo. Fuera del lenguaje no hay mundo representable ni comprensible. En el óleo de Magritte, parece adquirir sentido el aforismo bíblico que reza: “En el principio fue el verbo”. Con la palabra en acción, surge el pensamiento en todas sus formas y potencias. Sin la palabra, nada, sólo silencios.

En otro cuadro, como en muchos, el artista vuelve sobre el tema. En “Mundo invisible”, Magritte pone en crisis el concepto de “percepción” y define la “razón” como posibilidad pero también como límite, porque únicamente permite comprender hasta que llega a un punto ciego, entonces, la “razón perceptiva” se transforma en un callejón cerrado. El hombre, y más concretamente el “yo”, es límite del mundo en tanto que el mundo es la representación de ese “yo”. Así, el cuerpo se vuelve el límite del lenguaje, del mundo, de la representación.

Estar en el mundo da sentido a la representación, los hombres damos sentido al mundo a través de nuestro cuerpo, de nuestra perspectiva. Cuando Magritte se refiere a su cuadro “Firma en blanco”, señala que, en el mundo, las cosas y los casos aparecen y desaparecen, es la percepción la que da sentido, dirección, orden al “aparecer” de las cosas frente a la percepción.

Magritte señala: “Mi pintura tiene por objeto revelar el pensa­miento”. Nosotros podríamos in­ferir que, en general, el lenguaje tiene por objeto revelar las figuras del pensamiento.

El lenguaje en situación, en uso dentro del mundo, da sentido a la existencia, al darse efectivo, al acontecer. Por ello resultan perturbadoras las imágenes de Magritte intituladas “Violación” y “El aniversario”. En ellas el artista destruye la dimensión del sentido, la imposibilidad de entender hace asfixiante la escena.

El hombre quiere entender el mundo, por eso crea límites racionales para explicarlo. En los límites garantiza su seguridad. La tranquilidad de lo predecible conforta, aunque sea sólo una ilusión.

El arte da sentido al existir cotidiano que no puede ser retratado sino desde sus indefinibles sinsen­tidos. Quizá los surrealistas tenían razón, un mundo hecho nudos, únicamente es comprensible como “el encuentro casual entre un paraguas y una máquina de coser”. Tal vez sea inútil tratar de entender algo en un mundo donde, en esencia, no existen sentidos ni significados reales. Tal vez la única opción es vivir surrealistamente.

*Abogado y filósofo/UNAM

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