Nacional

In Cuetlaxochitl símbolo universal nacido en México

Por domingo 16 de enero de 2011 Sin Comentarios

Por Alberto Ángel El Cuervo*

Regreso a la cotidianeidad… La ciudad de México, des­pierta de nueva cuenta entre la prisa… Las afamadas “Guajolotas”, solucionan los problemas nutricionales del estresado habitante de la ciudad más grande del mun­do… La espera por el típico desayuno chilango, se alarga con el frío que enero ofrece a los madrugadores en el Valle… “¿De qué quiere su guajolota me dijo, joven?” “verde, güera, y un champurrado de fresa…” “¿Qué pasó güera? Ya me brincó dos veces… Ándele, que ya se me va el camión…” “Sí, mi señor, ahorititita se la doy… Me dijo de dulce y de mole ¿verdad?” “¡Qué pasó, güerita… ¡Ya deme mi guajolota… Y póngale do­ble tamal por favor!” “Ahí voy, joven, ahí voy… Ahoritita se las doy a todos… Nomás téngame un poquitito de paciencia porque ya ven…!”

Y ahí, junto al puesto, donde todo mundo reclama su gua­jolota, que no es otra cosa que una torta de tamal, una mace­ta con una flor de Nochebuena que comenzaba a marchitarse, hablaba de la manera tan rápida en que los festejos navide­ños se escurrieron en las rendijas del tiempo… “Euphorbia Pulcherrima”, pensé… Popularmente conocida como Flor de Nochebuena, Flor de Pascua, Flor de Fuego, Paño de Holan­da, entre otros, aunque su nombre original es: Cuetlaxochitl,

 que en náhuatl, significa flor de cuero que se marchita. En la actualidad, en cualquier rincón del mundo difícilmente exis­ten adornos, o motivos navideños en general que no incluyan, como un elemento de definitiva importancia, la flor de Nochebuena. Con justicia, podría decirse que esta flor nuestra, en tanto que mexicana de origen, se ha llegado a convertir en el símbolo navideño universal por excelencia. México, desde tiempos inmemoriales, ha sido tierra de grandes trabajadores de jardín… El oficio de jardinero, estuvo desde siempre uni­do a prácticamente toda la existencia tanto cotidiana como en la parte médica, poética, musical y filosófica de la misma en la época de los antiguos mexicanos… Así, el hecho de encontrarnos con poemas y cantos prehispánicos en los que las flores son el eje, es muy común, las propiedades curativas de las flores y su veleidad en sus intensidades como si fueran damas enamoradas, se encuentra en los libros de herbolaria mexicana. Muchos historiadores nos narran la belleza sin par de aquellos jardines que los europeos encontraron a su llega­da. Don Fernando de Alba Ixtlixóchitl dice: “… De los jardines y recreaciones que tenía el rey Nezahualcoyotzin llamados Hueitecpan, y en los palacios de su padre llamados Cillan y en los de su abuelo el emperador Techotlatzin… Estos jardines admirables, en los cuales tenía plantadas diversidad de flores y árboles de todas suertes, peregrinos y traídos de partes re­motas…” Parte de esos jardines que maravillaban a propios y extraños por sus fuentes, sus laberintos y la gran variedad de flores, por fortuna siguen existiendo. Así, por ejemplo, tene­mos el que fuera Jardín Botánico de Moctezuma: Oaxtepec. Y ni que decir de nuestro bosque de Chapultepec que fuera juzgado por los españoles como “…el más hermoso y varia­do jardín nunca visto en ningún otro lugar del mundo”. De esta manera, gracias al exacerbado amor, la dedicación y el buen gusto que los antiguos mexicanos mostraban para con las flores, pudieron sobrevivir algunas especies que continúan adornando no sólo los jardines y campos de México sino los de todo el mundo, viajando a manera de un profundo men­saje de amor pos la naturaleza que desde siempre ha existi­do en nuestro México. Una de estas especies, que deben ser consideradas por derecho propio como una aportación de México al mundo, es Cuetlaxóchitl. Es esta, “la flor de cuero que se marchita”, quizá la más conocida hija de la floricultu­ra mexicana; tanto, que se maneja verdaderamente como un símbolo universal de amor y paz y de todas las bondades que se supone afloran en plenitud durante la época navideña. Cuetlaxóchitl, la flor de noche buena, era considerada por los aztecas como el símbolo de la nueva vida alcanzada por los guerreros muertos en batalla mismos que viajaban de regreso a la tierra para alimentarse del néctar de la flor. Cuetlaxóchitl, fue llamada Flor de Nochebuena, porque florece justamente en esos días cercanos al 24 de diciembre cuando se celebra la llamada noche buena. Hay que señalar, que la flor en sí, es muy pequeña, lo que se da en llamar pétalos por su colorido rojo, no es parte de la flor, son hojas de la misma planta que se tiñen de un color escarlata y resultan así más atractivas para los insectos y así favorecen la polinización. A nivel inter­nacional, nuestra flor, ha sido llamada Poinsettia. Y esto, por la razón de que en el año 1828, Joel R. Poinsett, siendo emba­jador de Estados Unidos en México, envió semillas a su país donde tuvo gran aceptación para ser enviada posteriormente a Europa donde cobró gran popularidad al grado que en el año de 1899, la noche del 24 de diciembre nuestra Cuetlaxóchitl, engalanó la Basílica de San Pedro, en El Vaticano. Desde en­tonces, la flor de Nochebuena, se vio convertida en el símbolo mundial de la Navidad. Pero esta mexicanísima flor, no sólo se cultivaba en México con fines de ornato. Su utilización era muy variada, así por ejemplo, era considerada un magnífico galactógeno, es decir, sustancia que aumenta la leche de las nodrizas. Hirviendo 8 gramos de brácteas de noche buena en medio litro de agua, se deja reposas y se toma la mitad en la mañana y la otra por la tarde. En la belleza femenina ha sido utilizada como depilatorio. También, se preparan con ella, ca­taplasmas y fomentos contra la erisipela y varias enfermeda­des de la piel…. No pude evitar pensar todo esto acerca de esa planta y sentir orgullo de saber a mi México, como la tierra que aportó ese símbolo universal al mundo… Y ahora, pasada la temporada, al igual que un pino de navidad que esperaba al camión de la basura, permanecía arrinconada junto al puesto de tamales… “¿De qué va a ser su guajolota, joven… Joven… ¡Joven, de qué le preparamos su torta de tamal!… Joven!” “¡Ah, caray! es a mí ¿verdad?” “Pues ya es el único que que­da, joven jajajaja” “Pues por eso me descontroló, pero deme una de verdes… Y ¿sabe qué? Véndame también esa macetita de Cuetlaxóchitl… “¿De qué…?” “De Nochebuena, seño… De Flor de Nochebuena…”

*Cantante, compositor y escritor.

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