Nacional

El diván: El gato

Por domingo 3 de octubre de 2010 Sin Comentarios

Por Miguel Ángel Avilés Castro*

Era blanco con los ojos azules. Él tenía algunos meses viviendo en el barrio y yo tenía algunas horas que no lo veía dormitar junto a la jardinera del andador que da a la calle.

–Ahí esta un gato muerto, -dijo alguien y no fue necesario ir a dar fe del cadáver porque la peste ya me calaba la nariz. De lejos vi un bulto maltrecho pero la náusea me ganó, como a muchos, y de ese modo resultaba imposible que alguien se aventara el boleto de enterrarlo.

El olor es el espíritu de la muerte y, en esta, no tardó mucho para que se expandiera; anduvo pululando toda una mañana, toda una tarde, la noche entera y otro día más. Un hedor agrio se propagó por los jardines, por las aceras, por los porches, por los árboles, por los postes de la luz, por la chueca nomenclatura del andador, por el atrio de la iglesia que esta frente a mi casa, por la piel de los fieles que estaban por entrar a misa.

Era inaguantable, la peste no daba tregua y había que ponerle fin; como alguien le puso al gato. Aunque nadie sabía a ciencia cierta las causas reales de su muerte, todo indicaba que había muerto de muerte natural. Eso sin embargo, pasaba a segundo plano, lo que urgía era darle cristiana o islámica sepultura (esta disyuntiva la tuvimos porque en los estudios que hasta ahora se han hecho sobre los gatos, aún no se sabe con exactitud que religión profesan).

No hubo voluntarios. Las horas transcurrían y la fetidez picante le jugaba a ellas, las horas, una inmunda carrera parejera. A distancia, la más posible, veíamos cómo la muerte poco a poco iba trazando desfiguros. Aquello era para entonces, si la vista a lo lejos no traiciona, un cuero ahuecado y peludo, una atractiva pista para el descenso festivo de un batallón de moscas inmisericordes y voraces.

Sin duda, esas moscas eran la contracara de nuestra repugnancia. Degustaban los restos con alborozo como nosotros degustaríamos un salmón a la pimienta, una carne pampera, un fettuccini con pollo.

¿Quién para ser hombre-mosca en ese instante y trasladar la carroña a su última morada, donde fuera pero bien lejos? ¿Quién para haber nacido sin olfato, y ahí, en lugar de la nariz, tan sólo tuviéramos una tuerca, una flor, una huella cicatrizada de lo que antes fue el asombro frente a cualquier olor extraño?

Pero no éramos y seguíamos ahí haciendo lo de a diario y la peste se metía por las rejas, por las bardas, por las ventanas, por el cerrojo de la puerta, por el espacio que dejaron los últimos ladrones que se llevaron el aire acondicionado.
Ni a dónde meterse, acaso nomás confiar en la apuesta segura de que en unas horas, no pocas, la naturaleza haría lo suyo y del gato que fue ya no quedaría nada.

Ustedes disculparán pero eso no se pudo. Habrían de estar en nuestras narices para recibir su comprensión.
Primero se intentó a través del servicio público. Como pudimos llegamos hasta el teléfono y de prisa marcamos el 066. Dos timbrazos y una voz de mujer se oyeron del otro lado del alambre. Presta con cinco patrullas con las sirenas encendidas estaba ya la dama para mandarlas, cuando interrumpió su atropellado interrogatorio y estimó que, de acuerdo a no se qué manual de organización gubernamental y sabe qué tratadistas de la administración pública mundial, su fuente de trabajo no era la indicada para venir a recoger los harapos de lo que días antes, aún era nuestro fiel compañero de soledades, de conversadas, de lluvias ligeras contempladas desde la amplia ventana que tiene esa terraza.

–No, no señor, aquí no atendemos esas cosas, aquí atendemos reportes de balaceras, de ejecutados, de asaltos bancarios, de suicidios, de violencia intrafamiliar, de casas apedreadas, de robos de carros, de denuncias anónimas sobre narcotienditas, de incendios, de amenazas de secuestros, de estallidos sociales, de todas esas cosas, pero sobre gatos muertos, no.
–¿no..?
–¡No!, marque al 072.
–Pero cree que contesten ahorita? … ¿No harían también puente?
–No, claro que no…atienden hasta las ocho.
Le di las gracias y colgué de inmediato: el olor lo sentía pegado en mi nariz como un lunar. Agarré todo el aire que pude, marqué el 072 y entró una grabadora. Colgué.
El teléfono no iba a pagar las consecuencias de mi asco, así que me alejé de ahí y me fui a un lugar estratégico (el estómago, lo sabemos todos, no se sujeta a ningún contrato).
Me armé de valor, aspiré con fuerza y fui de nuevo a la bocina, 072 (las instrucciones dadas por el 066 no podían fallar).
De esa bocina salía una voz parecida a la de Lucerito:
–Gracias por llamar a línea ciudadana, por el momento no lo podemos atender, si desea hacer una petición deje su nombre completo, así como una dirección y lo más importante, su teléfono, ya que estamos muy interesados en atenderlo y le regresaremos su llamada.
Aguanté tres intentos, culpé al megapuente y corrí a cualquier refugio. Desde ahí, por una rendija, pude ver que llegaba, lo que en ese momento fue para nosotros, un enviado de dios, el carro de la basura.
Ana Gabriela Guevara hubiera sido una tortuga a nuestro lado. En seis segundos ya estábamos suplicándole al chofer que se llevara al gato. Diríamos que casi fue un hablar a señas, digamos como si lo hiciera Chaplin en su mejor película, con una mano nos tapábamos la nariz y con la otra apuntábamos hacia las sobras que habían dejado las moscas.
El chofer y sus ayudantes miraron en dirección al animal. Lo que quedaba.
–No podemos llevárnoslo, sentenció el chofer. No, no podemos repitieron los otros dos, respirando libremente ese olor sin inmutarse.
–No la frieguen, échenlo al carro y se lo llevan. La peste esta insoportable (el argumento de que en la colonia había mujeres y niños chiquitos que se podían enfermar lo estábamos guardando para lo último pero el chofer ya no dio oportunidad).
–No, en serio no podemos señor, porque vamos a llevar la peste por todo el camino, replicó, quizá olvidándose de su diario lidiar con la basura.
–Por favor…, ándele, por favor!
– No, deberas no podemos, se nos va a apestar todo el carro y la gente nos va a pegar de gritos… mejor llámenle a la perrera….
Casi todo ese día el barrio permaneció encuartelado. La desintegración completa llegaría en cualquier momento. Que las moscas vayan a saciar su hambre a otra parte, carajo.
Se escucha que alguien habla afuera. Una voz conversa con otra voz más gallarda que la mía. Están decididos. De prisa van por dos caguamas pa´agarrar valor y amortiguar la peste. Envuelven su cara con hilachas. Semejan dos apicultores o dos mujeres musulmanas, o esos dos cabrones que pisaron por primera vez la luna, ya no sé. Apenas si lo veía desde una rendija.
En sus manos parecen llevar todos los aditamentos. Repasan el plan, según puedo escuchar, o ya no sé. Apenas si paraba oído desde una rendija.
–Échale, Échale!, arenga uno de ellos, temeroso de que lo subyugue el vómito y abone la tierra con su almuerzo del día. El otro repite algunos espasmos repulsivos.
–Échale, échale, lo incita con voz alzada, hasta que aquel derrama sobre el pedazo de cuero un extraño carburante, brotó la llamarada y el fuego hizo su parte, convertidos en cenizas, todos los gatos son pardos.
Se ha ido el embrujo del ambiente y ha vuelto la ceremonia, el incienso que es la vida.
No siete, sino una, la vida, nada más la vida.
Era blanco con los ojos azules.
Era.

*Lic. en Derecho, escritor y Premio del Libro Sonorense.

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