Nacional

Recordando los setentas

Por domingo 26 de septiembre de 2010 Sin Comentarios

Por Miguel Ángel Avilés Castro*

Cuando no había gel ni nada de eso, se usaba la mante­cosa brillantina Jockey Club, cuya botella tenía pintado a un cabrón montado en un caballo; luego llegaría la Wildroot, en botella blanca con negro, de mejor presentación, para que te vieras más de acá, bien relamido. En los cuartos de todas las casas quedaba un olor, cuando te echabas primero en la palma de la mano; la restregabas tantito con ambas y te la pasabas por toda la cabeza. Cómo lo recuerdo: has de cuenta que tienes el espejo enfrente y traes el pelo como si trajeras mermelada, pues había que agarrar un peine, para que más te guste, de color negro, de ésos que también usaban para bus­carte los piojos. Ya que estabas en pose, empezaba la peinada, tratando de que no quedara ni atrás ni adelante ningún pelito suelto; no fueran a pensar que uno era ordinario y que no se peinaba. Eso no lo podías permitir; menos si al rato te ibas a ir al baile o a dar la vuelta con los amigos o a la escuela, porque ahí sí que te pedían que fueras con el pelo corto y bien peina­d o , como los ro­canroleros de enton­ces, que de seguro se ponían vaselina o brillantina, de las que les digo, porque era la moda. Ni quien te hiciera burla, aunque valía más que te hicieran burla, a traer todos los pelos parados como un puercoespín; ahí sí que me parecería a los muchachos de ahora, que casi ninguno se pone nada. Ni saben que antes no te parabas en la calle si no queda­bas bien relamido, después de estarte pasando una y otra vez el peine piojento. Es que se trataba de estar bien presentable, como un artista del momento, con un peinado insuperable, las mangas de la camisa casi subidas hasta los hombros musculo­sos y un pantalón bombacho; que no desentonaran los colores ni los zapatos fueran a estar llenos de tierra, porque si no, de nada serviría ir muy oloroso a la conquista.

Cuando a los taxis los identificabas por el sitio: del Salva­tierra, del California, del Flecha Roja, del Triángulo Verde. Los taxis antes cobraban bien barato y dejaban subir a todos los pa­sajeros que quisieras. Te llevaban del centro comercial a tu casa y les pagabas bien poquito. Te llevaban de tu casa al hospital y era menos. Pero al hospital a mí casi no me llevaron porque no querían que lo viera; pero yo ya sabía lo que iba a pasar, me lo dijo Diosito un día que me encontró solo y lo invité a desayunar. Platicamos mucho rato antes que llegara alguien para que no nos descubrieran. Con el pie cruzado y fumándose un cigarro me soltó la noticia; es hora que todavía no le creo. Por eso sigo yendo a buscar un taxi, el número 50 del sitio Salvatierra, para que su conductor me lleve a la playa, al circo, a los juegos me­cánicos, al cine, a comprarme ropa, a ver un partido de futbol, a nadar porque es hora que todavía no sé nadar, a las maquinitas, a las carreras de carros donde él y yo fuéramos unos bodrios: yo de piloto y él de copiloto. Él me diría cómo hacerle para triunfar para llegar primero a la meta. Pero busco el taxi y no está, lo busco a Él y no está; entonces camino a pie; empiezo a creer­me, resignado, la noticia que me dio mi amigo el fumador; pero de pronto siento un vientecito que pasa por mi lado: es un carro que se para más adelante. El chofer se baja, me dice que vaya, que viajemos juntos y, cuando ya estoy por subirme de co­piloto, me hace una seña, me ordena con el dedo que me ponga frente al volante. Conduce tú, me indica, yo te enseño. Aplas­tó el acelerador bien fuer­te, como cual­q u i e r princi­piante. Él me pide calma, me dice que el camino de la vida hay que andarlo paso a paso. Cuando volteo no hay nadie; entonces sigo caminando por esa calle oscura, donde seguramente al final otra vez estará Dios, el mentiroso, fumándose un cigarro.

Cuando tu mamá te mandaba a la tienda de don este o don aquel a comprar tractolina o pan o cigarros Fiesta o Capri o piloncillo o frijol o jabón Camay o una enterovioformo y una sulfaguanidina para quitar el dolor de estómago o una Colmer para el dolor de muelas que te atormentaba sin piedad toda la noche. Eso si el enfermo no eras tú, porque si eras, te tenías que quedar en casa sin salir para nada; pobre de ti que hicie­ras desarreglos. Si te dolía el estómago había que comer a fuerzas el caldo de pollo sin sal y la gelatina, a regañadientes, peor si era de limón. Si era la muela, nada de salir al sol ni mo­jarte porque se te ponía un cachete, lo hubieras visto, gran­dotote, como si trajeras metida una bola de algodón; mejor ni le buscabas, para qué, si dolía reteharto, que te hacía llorar aunque te aguantaras; para apaciguarte la dolencia te ponían un trapo caliente, previamente puesto un rato en el foco en­cendido, o si no, te retacaban unos clavos de olor en la muela picada, que no tenía consideración con nadie, hasta que no te la sacara un dentista indolente, que tiraba de ella como si unos caballos tiraran de un carreta; así de fuerte se sentía, no les miento. Para qué les voy a mentir, si ustedes saben bien de qué les hablo: santo remedio. Luego que te aliviabas podías comer de todo; te dejaban bañarte si querías, claro, porque no faltaba el gato para el agua, que con tal lograr su propósito inventaba dolores, y se acostaba en la cama, quejándose para que ya no le insistieran. Nomás no fueran a descubrir tu false­dad, porque te pedían ir al baño a fuerzas, con todo y ropa, Si te daba la gripa por mentiroso, era peor, porque en la receta claramente le ponían cinco inyecciones. Eso sí era una herejía; por eso prefería uno quedarse callado, aguantarse hasta don­de se pudiera, como hombrecito que era, que soy, que sigo siendo, aunque siga habiendo dolor y uno que otro llanto.

Cuando a los publicistas o vendetodo les dio por apostarle a las alturas, desde una avioneta bimotor nos dejaban caer miles de papelitos que anunciaban un nuevo expectorante, un detergente milagroso, un cancionero Picot y hasta la venidera de un político a la ciudad. Escuchábamos el ruido destartalado y volteábamos al cielo limpio, de nubes blancas, que parecían una tierna familia de borregos. Como de la nada aparecía la avioneta ruidosa y les gritábamos que ya los tiraran, como si nos fueran a oír. Yo creo que sí nos oían, porque de pronto, como una lluvia, empezaban a precipitarse muchos, pero muchos papeles. Nosotros corríamos como pendejos tras de ellos, para saber de qué eran, o por el puro gusto de tenerlos para sí, como un tesoro o como un botín que no tenía precio, sino, a lo mucho, la alegría de haber atrapado la ilusión y el gozo por un rato; un rato que volvería a la semana, al mes o quién sabe: ya lo sabríamos cuando volviéramos a escuchar ese ruido descompuesto que nos arrojaba la plenitud efímera, envuelta en trozos de papel, como si de pronto el Todopoderoso se hubiera vuelto loco, y desde su escondrijo lanzara, a guisa de bolo de bautizo, los capítulos de su última novela por entregas, donde nos contaba la historia de un mundo extraviado, cuya paternidad, ahora, está muy lejos de asumir; al menos que un día de éstos le demos la oportunidad de descolgarse y, ya en tierra, correr junto a nosotros tras esos papiros, para descubrir la sorpresa que nos avienta el cielo por mandato expreso de alguien que, subido en esa aeronave, se hace pasar por el Todopoderoso, pero de seguro ha de ser un impostor; no le hace, si al fin y al cabo seguirá tirando papeles, y los niños abriremos los brazos henchidos de gusto, en espera de agarrar la dicha, y empuñarla como si atrapáramos un pájaro frágil y alicaído que atesoraremos hasta que vuelva esa avioneta de los ensueños y las quimeras.

Cuando en el estómago revoloteaba un santuario de mari­posas como seña del primer amor y la punzada. Adriana en mi camino, Adriana ausente, Adriana en mis sueños. De mi casa a la suya, solamente un par de cuadras. Deseoso estaba este pro­yecto de hombre de encontrársela a su paso, qué eternidad y qué impaciencia, sea afuera de su casa cuando caminaba, toda­vía somnoliento, hacia la doctrina. Su piel de niña era blanca y sus ojos eran claros y serenos como el agua de la bahía. Me dedicaba una mira­da huidiza y enseguida se metía de nuevo, probablemente para seguir jugando a las muñecas. Éramos los dos unas criaturas colmadas por la desesperación y, oh santo cielo, qué terrible no vernos en el trayecto de la casa a la iglesia o de la iglesia a la casa, aunque fuera para enmu­decer cuando estuviéramos frente a frente, con la voz atragantada y ese extraño regodeo corporal que se acentuaba en el corazón y en el pecho; y estirar el tiempo para que se quedara ahí, iluminada, que no se marchara nunca ni le gritara su mamá que se metiera; para qué, si era mía: un hechicero la había traí­do para mí como intrépida ofrenda, que disfrutaría en silencio, ya que nadie tenía que saber lo nuestro, salvo la calle y esa bu­ganbilia que sombreaba su escuálida figura cada vez que se pa­raba en la banqueta, cual si fuera un balconcillo encubridor de este pacto de atisbos infantiles que nacían, es lo más seguro, de la imaginación; aunque ese detalle no importaba, si al día siguiente, oh las horas de no verla, ahí estaba de nuevo hacién­dose la tonta, cortando una ramita, tratando de atrapar a su mascota, volteando hacía donde brotaba el espejismo, des­esperada, eso creo, hasta que me dejaba ver erguido con mi marcha de gallardo, un hombre hecho y derecho de diez años, al que le bastaba encontrársela, verla, contemplarla y seguir de paso, convencido de que por esa niña-mujer valía la pena vivir.

Cuando todavía se acostumbraba velar a los muertos en las casas. El domicilio dispuesto para tal propósito sufría una transformación en un ratito. Casi siempre la sala era la elegida para instalar el velatorio. En cuanto se tomaba esa dolorosa decisión sacaban al patio cuanto mueble hubiera en esa pie­za. Mientras allá, en otra parte, elegantizaban la fachada del muertito y decidían qué vestimenta iba a llevar a su última morada. En esta otra parte se instalaba todo el escenario pro­picio para el fúnebre momento. Poco a poco se iba llenando el espacio de flores frescas y santas imágenes para la ocasión. La gente se acercaba a la vivienda cuando ya su­ponían que no tardaban en traer el ataúd. Cuando éste llegaba, los llantos iban aflorando conforme lo iban poniendo ahí en la sala. Valía mejor hacerse el fuerte si no eras muy allegado a ese muertito, porque en cuanto abrían el cajón, los dolientes se aferraban a él y manaban con más exaltación las lágrimas. Luego el sufrimiento aparentaba sosegarse y, prevaleciendo la cor­tesía, empezaban los acuerdos para saber qué se brindaría a los concurrentes. Las ollas de café no se dejaban de poner, para servirlo con leche Clavel y galletitas, cuando menos. Si la ceremonia iba para largo, no había de otra más que atizarle al caldo de pollo o a un menudo. En el patio o en la orilla de la calle se juntaban los señores de sombrero, de figurada fortaleza, y empezaban a correr las bebidas como si aquello fuera el comienzo de un jolgorio. Estos velorios case­ros eran notables: no faltaban los desmayos, los algodones con alco­hol en la nariz y la resistencia por­que no se fuera el ser querido. Un día después llegaba la carroza; de vuelta se agudizaba el llanterío y se apagaba un rato y volvía a subir de tono en el camino o en el panteón escogido como destino. Todavía faltaba el novenario y las tremen­das comilonas; hasta que un día lle­garon las aguafiestas funerarias.

*Lic. en Derecho, escritor y Premio del Libro Sonorense

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